El día del terremoto

El 18 de mayo comenzó como una mañana de trabajo y terminó como la fecha más dolorosa de la historia cucuteña.

Julio Pérez Ferrero
Julio Pérez Ferrero dejó uno de los testimonios más recordados.

El desastre no llegó sin avisos. El domingo 16 de mayo, hacia las cinco de la tarde, se sintió un temblor que agrietó paredes. El lunes volvieron los movimientos. En la mañana del martes 18 se oyeron ruidos subterráneos y circularon observaciones inquietantes: aves agitadas, aguas disminuidas por el verano, recuerdos de terremotos anteriores y comentarios de quienes sospechaban que algo grave podía ocurrir.

Pero una ciudad no se detiene por presentimientos. La gente abrió tiendas, atendió oficios, preparó alimentos y siguió la jornada. Cúcuta estaba organizando fiestas patrias para julio; la vida cotidiana tenía más fuerza que el miedo.

La hora terrible

Las fuentes no dan una única hora exacta. En Cucutanuestra y en el registro del Servicio Geológico Colombiano aparece con fuerza la referencia de las 11:15 a. m.; otros textos del libro hablan de las once y media. Esa diferencia no cambia el hecho central: fue a media mañana, cuando muchas personas estaban dentro de casas, boticas, oficinas, comedores y almacenes.

El movimiento principal derribó la ciudad con una violencia que los testigos describen como instantánea. Algunos hablaron de segundos; otros de menos de un minuto. Las manzanas cayeron como si una mano enorme hubiese empujado la ciudad entera. Las calles quedaron cubiertas de escombros, el aire se llenó de polvo y por un momento los sobrevivientes no pudieron reconocerse.

Ruinas, polvo y silencio

Julio Pérez Ferrero recuerda edificios cayendo hacia la calle y hacia los patios, gritos mezclados con el crujir de maderas y una nube espesa que impedía respirar. Francisco Azuero M., alcalde en la fecha, narra su salida desde la botica de Elías Estrada, el alero que cayó a sus espaldas y la sensación de quedar en una ciudad irreconocible.

La primera imagen después del polvo fue brutal: árboles donde antes había casas, solares abiertos donde antes hubo paredes, cuerpos atrapados, personas buscando familiares, caballos sin jinete, heridos pidiendo auxilio y sobrevivientes caminando sin rumbo. La ciudad había perdido sus puntos de orientación.

El peligro después del golpe

El terremoto no terminó con la primera sacudida. Siguieron réplicas, lluvias, miedo nocturno, saqueos y riesgo sanitario. Muchas familias durmieron en patios, colinas, plazas o campamentos improvisados. La gente rezaba, cantaba letanías o simplemente esperaba la noche con temor.

La autoridad tuvo que actuar en varios frentes al mismo tiempo: rescatar vivos, cubrir muertos, proteger bienes, controlar saqueos, conseguir víveres y decidir dónde alojar a los sobrevivientes. La emergencia social fue tan grande como la física. En esas primeras horas empezó a nacer otra Cúcuta, no por voluntad estética, sino por necesidad.