Documentos y víctimas
La tragedia se recuerda en relatos, pero también en páginas oficiales que intentaron poner nombres al dolor.

Una de las piezas más sensibles del libro es la Lista de las víctimas del terremoto del 18 de mayo de 1875. La página advierte desde el inicio que contiene alrededor de 460 nombres y que es incompleta. Esa advertencia es tan importante como la lista misma, porque evita convertir un documento parcial en una cifra definitiva.
La lista fue hecha bajo impresiones inmediatas, con prisa, cansancio y datos fragmentarios. Muchas víctimas anónimas no quedaron bien identificadas; otras aparecen en registros de defunción posteriores. El libro menciona que en el archivo de la Notaría 1ª había partidas de 1876 cuyos nombres no figuraban en la lista publicada.
Nombres contra el olvido
La lista conserva apellidos, oficios, parentescos y notas breves: niños, sirvientes, comerciantes, vecinos conocidos, familias enteras. No resuelve el número total de muertos, pero devuelve humanidad a la cifra. En una catástrofe, contar nombres es una forma de impedir que el desastre se vuelva solamente estadística.
Las fuentes históricas hablan de miles de víctimas. Algunas elevan el número; otras, como el testimonio de Azuero, piden prudencia porque la ciudad no tenía estadísticas completas. Lo más responsable es decir que hubo una mortalidad enorme, con miles de afectados y una lista nominal incompleta que apenas alcanza a mostrar una parte del daño humano.
Los boletines de Pamplona
Los boletines oficiales publicados en Pamplona dan una mirada inmediata. El boletín del 6 de junio de 1875 describe una región que no había dejado de temblar desde el 16 de mayo. Las casas estaban abandonadas, la lluvia entraba por techos dañados y las familias permanecían en colinas, plazas y solares, expuestas al frío, la humedad y la enfermedad.
El tono de esos boletines no es literario; es urgente. La gente no sabe si volver a sus casas, los establecimientos de educación están vacíos, los negocios se detienen y cada réplica reabre el miedo. Allí se ve el terremoto como proceso, no como instante: una cadena de días en que la tierra, la salud, la autoridad y la economía quedaron inestables.
Documentos que organizan el desastre
Además de la lista y los boletines, el libro reproduce decretos, alocuciones y una ley especial para auxilios y reconstrucción. Esos documentos muestran cómo el Estado intentó convertir la compasión en procedimiento: contribuciones voluntarias, juntas calificadoras, fondos, construcción de obras públicas, apoyo a huérfanos e inválidos, compra o expropiación de terrenos y contratación de ingenieros.
El archivo no elimina el dolor, pero permite entender la respuesta. Sin esos papeles, el terremoto quedaría reducido a memoria oral. Con ellos se ve una sociedad tratando de contar muertos, repartir ayudas, proteger propiedades y planear una ciudad nueva.