La ciudad moderna

Después de la ruina, Cúcuta no volvió simplemente a levantarse: se redibujó.

Parque Santander de Cúcuta en 1892
La ciudad reconstruida mostró pronto un nuevo orden urbano.

La reconstrucción de Cúcuta no fue una repetición de la ciudad caída. El desastre obligó a pensar en calles, plazas, edificios y servicios con otra escala. La ley especial de auxilios y reconstrucción pedía un plano topográfico para una ciudad de 25.000 habitantes y fijaba criterios de comodidad, distribución de edificios públicos y trazado regular.

El artículo 30 de esa ley establecía que las calles fueran rectas, con anchura no menor de dieciséis metros y longitud limitada. También pedía reservar espacios para edificios públicos y conservar copias del plano. Detrás de esos detalles se nota una idea moderna: la ciudad debía poder administrarse, circular, respirar y crecer.

Francisco de Paula Andrade

El libro recuerda a Francisco de Paula Andrade como testigo del terremoto e ingeniero vinculado a la ejecución del trazado de la ciudad moderna. Había estudiado ciencias matemáticas en Caracas y, según Febres-Cordero, no quiso sacrificar la armonía rigurosa del plano.

La figura de Andrade permite unir dos historias: la del sobreviviente y la del técnico. Cúcuta necesitaba memoria, pero también medición; necesitaba duelo, pero también líneas, manzanas y lotes. La reconstrucción urbana nació de esa mezcla de sensibilidad y cálculo.

Casas, escuelas, puentes y acueducto

La ley no pensaba solo en viviendas particulares. Hablaba de escuelas para ambos sexos, cárcel con departamentos separados, mercado, expendio de carnes, hospital, cementerio, acueducto, caños matrices y puentes sobre Pamplonita y Zulia. La ciudad nueva debía recuperar funciones públicas, no solo techos privados.

También se organizaron fondos para huérfanos, inválidos, obras públicas y reconstrucción de habitaciones. Los auxilios se dividían y se administraban con reglas. En medio de una tragedia, aparece un lenguaje de planificación que explica buena parte de la Cúcuta posterior.

Del osario al porvenir

La reconstrucción no borró el dolor. Muchos cucuteños levantaron casas sobre el mismo suelo donde habían perdido familiares. La nueva ciudad creció con ausencias en la mesa, en la escuela, en el templo y en los negocios. Esa conciencia hace más admirable el renacer urbano: no fue optimismo fácil, sino trabajo encima de la pérdida.

Para 1925, cuando se conmemoró el cincuentenario, el libro ya podía hablar de una ciudad moderna, con comercio, rentas, edificios y vida pública. Esa comparación entre ruinas de 1875 y progreso de 1925 es uno de los ejes del volumen. La Cúcuta reconstruida se volvió argumento de carácter: una ciudad capaz de convertir la destrucción en punto de partida.