Auxilios y comunicaciones

Después del derrumbe vino otra lucha: avisar, socorrer, proteger y sostener a quienes habían quedado sin ciudad.

Página El telégrafo
El telégrafo de Cúcuta había sido instalado apenas en mayo de 1874.

La sección “El telégrafo” del libro cuenta una ironía dolorosa: Cúcuta había entrado a la modernidad telegráfica en mayo de 1874, apenas un año antes del terremoto. La oficina funcionaba en el segundo piso de la cárcel y estaba a cargo de Carlos Delgado G., de Bucaramanga.

El 18 de mayo de 1875, la oficina cayó. Mesas, pilas, rollos de alambre, aparatos y archivo quedaron entre los escombros. La línea hacia Chinácota fue destruida: postes caídos, torcidos o hundidos marcaban el camino junto a grietas abiertas por la sacudida.

Una noticia que viajó tarde

El primer despacho tuvo que transmitirse desde Chinácota en la tarde del 18. Según el libro, llegó al Socorro el día 20 y a Bogotá el día 22. En una época que confiaba cada vez más en el telégrafo, esa demora aumentó la angustia. Familias, comerciantes, autoridades y amigos preguntaban por los suyos mientras las noticias llegaban incompletas.

La comunicación se congestionó con mensajes de condolencia, preguntas y órdenes. La tragedia no solo rompió paredes; rompió la red que debía contar lo ocurrido. Por eso la historia del telégrafo es central: muestra que una emergencia también depende de la velocidad con que una sociedad logra saber, decidir y ayudar.

Aquileo Parra y los primeros decretos

Dos días antes del terremoto, Aquileo Parra había asumido la Presidencia del Estado Soberano de Santander. El 20 de mayo lanzó una alocución llamando a los santandereanos a contribuir con fondos para los damnificados y partió hacia la zona con los primeros socorros. También ordenó levantar fuerzas de protección para asegurar personas, propiedades y auxilios.

Parra no llegó de inmediato a las ruinas; primero pasó por San Gil, Piedecuesta, Bucaramanga, Pamplona y Chinácota, preparando médicos, botiquines, víveres, fondos y comunicaciones. Esa ruta revela que la ayuda no era solo voluntad: requería logística, dinero, autoridad y caminos.

Solidaridad nacional y venezolana

La municipalidad de Bogotá destinó 2.000 pesos el 24 de mayo de 1875. En Bogotá se promovió una Comisión Nacional de Socorros, impulsada por el presidente Santiago Pérez y Salvador Camacho Roldán. Una relación de suscripción pública pro temblor de Cúcuta registró hasta el 20 de junio 19.465 pesos reunidos por particulares, gobierno de Cundinamarca, clero, colegios, sociedades y ciudades.

Del lado venezolano, el Consulado de Colombia en Maracaibo informó el 15 de junio que unas trescientas personas salvadas del terremoto habían llegado a ese puerto. El gobierno del Zulia ofreció albergue y alimentos, envió botiquín y médico, y el gobierno venezolano destinó diez mil venezolanos para distribuir entre San Cristóbal y Cúcuta.

La ayuda cruzó límites políticos porque la tragedia también los había cruzado. Cúcuta no sobrevivió sola: la sostuvieron Santander, Bogotá, otras regiones de Colombia y vecinos de Táchira y Zulia.