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Cúcuta para reírla

Escenas de su historia. Por Gustavo Gómez Ardila. Ilustraciones de Martha Patricia Yanes Ramírez. Once capítulos para reírse con la historia de Cúcuta.

Ficha de la obra

Título
Cúcuta para reírla (Escenas de su historia)
Autor
Gustavo Gómez Ardila
Ilustraciones
Martha Patricia Yanes Ramírez
Impresión
Diciembre de 2005, Edigráficas Ebenezer, Cúcuta
Extensión
Presentación, biografía del autor y once capítulos
Materia
Historia de Cúcuta contada en clave de humor
Edición digital
Cucutanuestra.com · texto completo, de lectura libre
Nota de permiso. «Cúcuta para reírla» se publica en Cucutanuestra.com con autorización de su autor, Gustavo Gómez Ardila, que conserva todos los derechos sobre la obra. Las ilustraciones son de Martha Patricia Yanes Ramírez. Esta edición digital reproduce el texto íntegro del libro impreso en diciembre de 2005; se corrigieron únicamente erratas evidentes de la transcripción, sin alterar el estilo, el vocabulario ni las expresiones cucuteñas del autor. Queda prohibida la reproducción total o parcial sin permiso escrito.

Aquellas figuras del Cúcuta de antaño

Hay en todas las ciudades ciertos personajes que sobresalen por su agudez mental; por su vocación artística, por sus facultades adquisitivas, en alguna de las distintas actividades humanas, en fin y que representan o retratan, puede decirse, la cultura y las capacidades intelectuales de la sociedad.

Existen también otros seres desgraciados, víctimas sin duda de taras ancestrales, producto inequívoco de una degeneración monstruosa y repugnante, que son como las caricaturas de esa misma sociedad. Del Cúcuta de antaño recordamos varios, cuyos nombres o apodos trataremos de revivir, como que son también eslabones notorios de la recia cadena de recuerdos que se extiende desde el pasado, grato e inolvidable, hasta los días de ahora.

Es «La Barona», la más antigua de tan grotescas figuras de que podemos hacer memoria. Mujer de baja estatura, gruesa, de fofas carnes, despeinada y haraposa, era «la barona» (de su apellido Barón) una criatura despreciable por su aspecto y, aún más, por lo atrevido y grosero de su lenguaje. Los muchachos de aquella época aprendimos nutrido vocabulario de insolencias de labios de tan procaz preceptora.

Con todo y su presencia de bruja arruinada le fue dado a «la barona» —¡oh, la inmanente protección divina!— probar las ricas mieles del amor. Aunque lo parezca, nada tiene de novela el episodio: aquel despojo, aquella piltrafa llegó a ser madre, y su hija una chicuela primorosa, rubia y de parleros ojos azules, le fue arrebatada por el autor del «delito», más por ocultar pronto la prueba de su fenomenal desacato al buen gusto, que por cariño paternal, y enviada a orillas del Rhin, su patria de origen, donde diz que encontró un marido bastante despreocupado en cuanto a las influencias de la raza!

Apareció luego en escena «La Trabuco», vieja mendaz y desvergonzada que constituía la mejor diversión para la truhanesca chiquillería de entonces. Debió el apodo a su ruin y aterradora lengua, cuyas descargas eran la más tremenda perdigonada de términos obscenos y vulgares. Y fue tal su «elocuencia» viperina, que aún hoy sirve de punto de comparación la frase: más sucio que «la trabuco», cuando se trata de medir la densidad de un insulto.

Susana, «la tururura», sucedió a «la trabuco» aunque jamás la igualó en virulencia oral. Tuerta, patizamba, tartamuda y boba de bola a bola, nunca pudo corresponder, por su retardo mental, a las travesuras de los muchachos con la explosiva eficacia de su antecesora. Amaba tiernamente a su amante —un tal «Ñor Pedro»--- de quien hubo algunos descendientes y como la infidelidad no es patrimonio exclusivo de las bonitas, «la tururura» se rindió por debajo de cuerda a los reclamos de un galán apuesto y dio a la posteridad, como fruto de excepción, un garrido retoño en forma de encantadora doncella, la cual fue recogida, criada y educada por una distinguida familia de la localidad, hasta que del cielo le bajó la que viene de allá con la mortaja.

Antes de «La Tururura» —para respetar la hilación cronológica de este relato— subió al tablado popular «La lechuza». Era esta una viejecita menuda y renegrida,

también muy aventajada en cuanto a su verbofilia. Cuando se le perdía la cuenta de las pangudas totumas del «criollo licor» que ingería —y éste suceso le acaecía de cada semana siete días— encontraba un extraño placer masoquista en sentirse mortificada por los chicos de la calle y así al encontrarse con uno o con varios, en cuyas pupilas inquietas brincaba la picardía, se cuadraba la enmisicada abuela y les lanzaba el reto: «A ver», a que no me decís «lechuza»!

Y es claro, como ninguno de los mocosos se hacía del rogar, allá iban en turbulento tropel palabrotas y maldiciones, conjuros y diatribas que se nublaba el barrio de tanta injuria.

Esta infeliz murió repentinamente una noche, en el corredor de la casa contigua a la Iglesia de San José, cuando allí sólo había una sórdida taberna, donde el artículo más solicitado era el preferido por «la lechuza».

«La Mat'e coco» y «La Cucaracha» fueron dignas herederas de estas fugaces reinas de nuestra «Corte de los milagros». Su «actuación pública» no se distinguió sin embargo por los desmanes de su «oratoria» callejera, tal vez porque no hallaron acicate suficiente en los muchachos de su época, no muy lejana todavía, cuando la multiplicación de las escuelas y centros de cultura, principiaban ya a corregir las costumbres de la población menuda y a depilarnos del hosco y rudo pelo de la dehesa que parece haber quedado bien atrás por fortuna y gracia de Dios.

Contenido

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Cúcuta para reírla»?

Es una historia humorística de Cúcuta escrita por Gustavo Gómez Ardila. En once capítulos recorre desde los indios Cúcutas y la donación de doña Juana Rangel de Cuéllar en 1733 hasta los parques, las estatuas y los personajes populares de la ciudad, siempre en clave de humor.

¿Se puede leer el libro completo en internet?

Sí. Cucutanuestra.com publica la obra completa con autorización del autor: presentación, biografía y los once capítulos, cada uno en su propia página y de lectura gratuita.

¿Quién hizo las ilustraciones del libro?

Martha Patricia Yanes Ramírez. El libro se terminó de imprimir en diciembre de 2005 en Edigráficas Ebenezer, de Cúcuta.