Personajes de nuestra historia
Las poetisas Antommarchi
Hortensia, Dorila y Elmira: tres hermanas cucuteñas que escribieron versos en el siglo XIX, hijas de un corso y de una cucuteña, sobrinas del médico que acompañó a Napoleón en su destierro.
Las tres hermanas
- Nombre familiar
- Antommarchi García Herreros
- Hortensia
- Cúcuta, 1850 – Cúcuta, 1915. Casada con José Vásquez Durán; firmaba «Hortensia Antommarchi de Vásquez»
- Dorila
- Cúcuta, década de 1850 – Cúcuta, 1923. Casada con Milcíades Rojas Espaillat; poetisa y pintora; seudónimo «Colombiana»
- Elmira
- Cúcuta, siglo XIX – Cúcuta, siglo XX. Fechas exactas por establecer
- Padres
- José María Antommarchi (Córcega) y Victoria García-Herreros y Santander (Cúcuta)
- Obra conjunta
- Poesías, 1930, 388 páginas
«De ese nido de ruiseñores»
En 1887, cuando Julio Añez publicó en Bogotá el segundo tomo de su Parnaso Colombiano —la primera gran antología de la poesía nacional, que por primera vez destinó una sección entera a las poetisas—, incluyó a una mujer de Cúcuta y explicó, al presentarla, que tenía dos hermanas que escribían igual que ella. A la familia la llamó, con una imagen que se quedó, un nido de ruiseñores.
Eran Hortensia, Dorila y Elmira Antommarchi. Nacieron en Cúcuta a mediados del siglo XIX, publicaron en los periódicos y las revistas de Bogotá y de Venezuela, entraron en las antologías de su tiempo y en 1930 sus poemas se reunieron en un solo volumen. Después, como tantas escritoras del XIX colombiano, se les perdió el rastro: hoy no queda de ellas casi nada en internet, y lo poco que hay son fichas de tres o cuatro líneas.
Esta página reúne lo que ha sido posible documentar. Y hay bastante más de lo que parecía, porque el apellido de estas tres cucuteñas viene de una isla del Mediterráneo y arrastra consigo una de las historias más raras del patrimonio colombiano.
Un apellido corso en el valle de Cúcuta
El padre de las poetisas fue José María Antommarchi, nacido en Córcega, hijo de Juan Antommarchi y de Brígida Mathei. Se casó con la cucuteña Victoria García-Herreros y Santander —de una de las familias troncales de la ciudad, la misma de la que saldrían después Arístides, León y Ramón García Herreros y, en el siglo XX, el padre Rafael García-Herreros— y tuvieron once hijos.
De esa descendencia se conocen, además de las tres poetisas, los nombres de Victoria, Elisa, Emma, Delia, Carlos, Manuel y José María. Tres de las once hijas escribieron versos; una de ellas, Dorila, además pintaba.
El tío que estuvo en Santa Elena
José María Antommarchi tenía un hermano mayor: François Carlo Antommarchi —Francesco, en italiano—, nacido en Morsiglia (Córcega) en 1780, doctor en filosofía y medicina por la Universidad de Pisa, cirujano por la de Florencia y prosector del gran anatomista Paolo Mascagni.
En diciembre de 1818, a instancias de la madre de Napoleón y del cardenal Fesch, recibió el encargo de viajar a la isla de Santa Elena para ser el médico personal del emperador desterrado. Estuvo con él hasta su muerte, en 1821, y en 1825 publicó en París unas memorias sobre los últimos momentos de Napoleón que causaron escándalo en toda Europa.
Después cruzó el Atlántico. Recaló en Brasil, en Colombia, en México, y hacia 1838 se estableció en Santiago de Cuba, donde vivían su primo Antonio Benjamín y su hermano menor José María —el que estaba casado con la cucuteña—. Allí se dedicó a combatir la fiebre amarilla, practicó la primera operación de cataratas que se hizo en la isla y dirigió un hospital oftalmológico. La misma fiebre amarilla lo mató el 3 de abril de 1838.
Tras su muerte, José María se trasladó a Venezuela, donde vivió hasta el final. Y su viuda, Victoria García-Herreros, volvió a San José de Cúcuta con las pertenencias y el legado de su esposo y de su cuñado. Entre ese equipaje venía algo que ella no podía saber que acabaría en el sótano de una universidad.
Las láminas que Victoria trajo en el equipaje
En Santa Elena, Antommarchi había ocupado las horas del emperador en un proyecto insólito: convertir en litografías los dibujos anatómicos inéditos de Mascagni. El resultado se publicó en París en 1826 con el título Planches anatomiques du corps humain: ochenta y tres láminas de tamaño natural, dedicadas a Napoleón, de una precisión y una belleza que todavía asombran.
Esas láminas llegaron a Cúcuta con Victoria. De Victoria pasaron a su hija Hortensia, la poetisa. De Hortensia a su hija Ana Francisca Vásquez Antommarchi, que las entregó a su suegro, el médico Juan de Dios Carrasquilla, apasionado de la anatomía. Y Carrasquilla las donó, antes de morir en 1908, a la Biblioteca de la Universidad Nacional de Colombia.
Allí se perdieron. En algún momento del siglo XX alguien las dobló por la mitad, las cosió y las empastó sin saber lo que eran, y quedaron sepultadas entre miles de libros. Solo a fines de la década de 1980 la historiadora Estella Restrepo Zea reconstruyó su historia, las hizo restaurar y consiguió que se reprodujeran cincuenta réplicas numeradas, repartidas hoy en instituciones de todo el mundo.
Dicho de otro modo: durante tres generaciones, un objeto salido del entorno de Napoleón Bonaparte estuvo guardado en una casa de Cúcuta. Y la primera custodia colombiana fue una poetisa.
* * *
Hortensia Antommarchi de Vásquez (1850-1915)
Nació en Cúcuta en 1850 y murió en su ciudad natal en 1915. Se casó con José Vásquez Durán y firmó siempre como Hortensia Antommarchi de Vásquez, o abreviado, «H. Antommarchi de V.».
Con esa firma aparece en el lugar que más importa de su biografía. Entre el 1º de septiembre de 1878 y el 15 de mayo de 1881 se publicó en Bogotá la revista La Mujer, fundada y dirigida por Soledad Acosta de Samper: la primera publicación colombiana concebida, dirigida y escrita únicamente por mujeres. La directora se quejó en el último número de haber recibido muy poca colaboración de las mujeres educadas del país. Las excepciones —las colaboradoras habituales— fueron un puñado, y Hortensia Antommarchi era una de ellas, junto a Agripina Montes del Valle, Silveria Espinosa de Rendón, Waldina Dávila de Ponce de León, Bertilda Samper («Berenice») y Eva C. Verbel y Marea.
Es decir: cuando en Colombia se hizo el primer intento serio de una prensa escrita por mujeres, una cucuteña estaba entre las media docena de firmas que lo sostuvieron. Vivió además en Bogotá una temporada —su hija Ana Francisca nació allí—, lo que explica su presencia constante en las páginas de la revista.
Dorila Antommarchi de Rojas (c. 1850-1923)
Nació en Cúcuta en la década de 1850 y murió allí en 1923. Se casó con Milcíades Rojas Espaillat. Además de poetisa fue pintora —la única de las tres hermanas con dos oficios artísticos documentados— y firmó parte de su obra con el seudónimo «Colombiana».
Ese seudónimo dice algo. En una época en que muchas escritoras se ocultaban tras nombres de flores o de heroínas —Azucena del Valle, Berenice, Hulda—, Dorila eligió el nombre del país. La nota que el antologista de 1887 escribió sobre las hermanas apunta en la misma dirección: dice que de esa casa habían salido «siempre varoniles» —el elogio de la época— voces para glorificar a Bolívar y a la Libertad.
Elmira Antommarchi
Es la hermana de la que menos se sabe: no hay fecha de nacimiento ni de muerte establecida. Y es, paradójicamente, la única de las tres de la que hoy se puede leer un poema completo, porque fue la que Julio Añez escogió para el Parnaso Colombiano.
Esto es lo que el antologista escribió al presentarla, en 1887:
Como sus hermanas las Sras. de Vásquez y de Rojas, nació en los poéticos y desgraciados valles de Cúcuta, y también como ellas habla el lenguaje de los inspirados: de ese nido de ruiseñores se han alzado, siempre varoniles, voces para glorificar á Bolívar y á la Libertad, cantos á la no olvidada tierra que las vió nacer, notas que expresan la alegría del alma y algo como perfumados gemidos en las horas tristes.
Sentimos no poder dar aquí sino una corta muestra de esta vigorosa poetisa que, en su extrema modestia, considera muy imperfectas las extensas publicadas1 que conocemos y desea un vagar en sus quehaceres domésticos para revisarlas. No nos es lícito desobedecer á quien tan alto ideal ha concebido de la perfección de la obra poética; mas para otra edición esperamos que su deseo y el de nuestros lectores se hayan conciliado.
Merece la pena detenerse en esa nota. Dice que las composiciones largas de Elmira ya estaban publicadas y que él las conocía. Dice que ella las consideraba imperfectas y que le pidió tiempo para corregirlas —tiempo que no tenía, porque se lo llevaban «sus quehaceres domésticos»—. Y dice que el antologista aceptó, y que por respeto a su exigencia publicó apenas una muestra corta. En dieciséis versos, aquí queda retratada la condición de una mujer que escribía en la Cúcuta de 1880: obra abundante, criterio propio, exigencia altísima, y una casa que no le dejaba las horas para revisar.
Y en «los poéticos y desgraciados valles de Cúcuta» está la ciudad de esos años: el terremoto de 1875 había ocurrido apenas doce años antes.
El poema
La muestra que Añez publicó es esta. Y trae un dato que permite fecharla: el tema se lo propuso Cecilio Acosta (1818-1881), escritor, jurista y humanista venezolano, miembro honorario de la Academia Colombiana de la Lengua y académico correspondiente de la Real Academia Española desde 1869 —el mismo a quien José Martí dedicaría una de sus páginas más conocidas—. Acosta murió en Caracas el 8 de julio de 1881, de modo que el poema es anterior a esa fecha. Elmira andaba entonces por los treinta años.
OLVIDAR Y NO OLVIDAR (Tema dado a la autora, para dos estrofas, por el Sr. D. Cecilio Acosta) Más valiera olvidar, amigo mío.
¡Feliz del infeliz, si la memoria
Fuera un cristal que no dejara historia,
Todo desvaneciéndose al pasar! Sí, mejor olvidar, porque un recuerdo
Semeja siempre una ilusión perdida,
Una estrella brillante oscurecida
Por las sombras del tiempo y del pesar. Mas no olvidemos, nó: que para el alma
Templada en el dolor, su dolor mismo
No es de amarguras insondable abismo,
Es de esperanzas refulgente luz. Y siendo aquí de nuestra triste vida
Dolor profundo en realidad la esencia,
No olvidar es tal vez, de la existencia,
El dón más bello, la divina cruz.
Elmira Antommarchi · Parnaso Colombiano, tomo II, Bogotá, 1887
Acosta le había dado el tema «para dos estrofas» y Elmira escribió cuatro, pero no le desobedeció: son dos bloques de dos. Las dos primeras estrofas riman en -ar y defienden el olvido; las dos últimas riman en -uz y lo refutan. Cada mitad cierra con un verso agudo, y el argumento gira sobre el mismo eje: si la memoria es la que hace doler, entonces el dolor recordado es también la única prueba de que hubo algo que valía la pena.
Tiene su ironía que esos versos agudos estén ahí. En el prólogo del mismo Parnaso, José María Rivas Groot dedica un párrafo entero a despreciarlos: los llama la plaga que el romanticismo trajo a la poesía colombiana. Y a la poetisa de Cúcuta que su compañero de antología decidió publicar son justamente los que le sostienen la estructura del poema.
El libro de 1930
En 1930, cuando Hortensia había muerto hacía quince años y Dorila hacía siete, los poemas de las tres hermanas se reunieron en un volumen titulado simplemente Poesías, de 388 páginas, firmado por «Hortensia Antommarchi de Vásquez, Dorila Antommarchi de Rojas y Elmira Antommarchi».
Es el único libro de las Antommarchi y no está digitalizado en ninguna parte. Los catálogos consignan como editorial una «Editorial de Cromoa» que no existe: con casi total seguridad es una mala lectura de Editorial de Cromos, de Bogotá.2 Encontrar un ejemplar —Biblioteca Nacional, Biblioteca Luis Ángel Arango, o alguna casa cucuteña— es la tarea pendiente para completar esta página.
Otras poetisas de Cúcuta
Las Antommarchi abrieron una tradición que siguió. En 1970, al escribir sobre las poetisas del departamento, Guillermo Solano Benítez enumeró la línea así: Adriano Páez, las poetisas Antommarchi, Julio Añez y Josefa Andrade Berti, y luego Ana María Vega Rangel, Francisco Morales Berti y María Teresa Blanco.
Queda por documentar María Teresa Blanco, de quien Solano Benítez prometió ocuparse y de quien no ha sido posible hallar nada.
Preguntas frecuentes
¿Quiénes fueron las poetisas Antommarchi?
Hortensia, Dorila y Elmira Antommarchi García Herreros, tres hermanas nacidas en Cúcuta a mediados del siglo XIX que publicaron poesía en periódicos y antologías de Colombia. Hortensia firmaba «Hortensia Antommarchi de Vásquez»; Dorila, «Dorila Antommarchi de Rojas» y a veces «Colombiana». En 1930 sus poemas se reunieron en un volumen conjunto titulado Poesías.
¿Eran parientes del médico de Napoleón?
Sí. Eran hijas de José María Antommarchi, corso, hermano menor de François Carlo Antommarchi, el médico que atendió a Napoleón Bonaparte en su destierro de Santa Elena entre 1819 y 1821. La madre de las poetisas era la cucuteña Victoria García-Herreros y Santander.
¿Qué relación tiene la familia con las láminas anatómicas de la Universidad Nacional?
El atlas de 83 láminas litográficas que François Carlo Antommarchi editó en París en 1826 y dedicó a Napoleón llegó a Cúcuta con su cuñada, Victoria García-Herreros, cuando esta regresó viuda de Cuba. Hortensia lo conservó; su hija Ana Francisca Vásquez Antommarchi lo entregó al médico Juan de Dios Carrasquilla, que lo donó a la Biblioteca de la Universidad Nacional de Colombia antes de morir en 1908. Allí quedó olvidado hasta que la historiadora Estella Restrepo Zea reconstruyó su historia y lo hizo restaurar.
¿Cuándo escribió Elmira Antommarchi «Olvidar y no olvidar»?
Antes de julio de 1881. El poema se escribió sobre un tema que le propuso el escritor y humanista venezolano Cecilio Acosta, que murió en Caracas el 8 de julio de 1881. Se publicó en el tomo II del Parnaso Colombiano de Julio Añez, en 1887.
¿Dónde se pueden leer los poemas de las hermanas Antommarchi?
En el tomo II del Parnaso Colombiano de Julio Añez (Bogotá, 1887), que dedicó una sección a las poetisas; en la revista La Mujer de Soledad Acosta de Samper (Bogotá, 1878-1881), donde Hortensia firmaba «H. Antommarchi de V.»; y en el volumen Poesías que reunió a las tres hermanas en 1930. Ninguna de las tres fuentes está completamente digitalizada.
Notas
(1) Así, incompleto, en el impreso de 1887: falta el sustantivo. Debía decir «las extensas composiciones publicadas» o «las poesías extensas publicadas». No se reconstruye aquí por no atribuir al antologista palabras que no escribió.
(2) El error se repite en todos los catálogos que consignan el libro, incluido el de Google Libros, de donde lo han copiado después las enciclopedias en línea.
Fuentes
- Añez, Julio (comp.). Parnaso Colombiano. Colección de poesías escogidas, tomo II. Estudio preliminar de José María Rivas Groot. Bogotá: Librería Colombiana, Camacho Roldán & Tamayo, 1887. Sección de poetisas. Digitalización parcial de la Biblioteca Luis Ángel Arango.
- Antommarchi, Hortensia; Antommarchi, Dorila; Antommarchi, Elmira. Poesías. 1930, 388 páginas.
- Gil Medina, Cristina. «La mujer lectora en la prensa femenina del siglo XIX. Estudio comparativo entre Biblioteca de Señoritas (1858-1859) y La Mujer (1878-1881)». Historia y Memoria, núm. 13, 2016. Relación de colaboradoras habituales de La Mujer.
- Villamizar Corso, Amparo, y Arias Mendoza, Carlos Arnulfo. Norte y sur: poetas santandereanas, 2003.
- Rodríguez-Arenas, Flor María. Bibliografía de la literatura colombiana del siglo XIX. Stockcero, 2006.
- García Piment, Ramón, y Romero, Claudia Patricia. «Crónica de una memoria rescatada: la odisea de Antommarchi». El Espectador, marzo de 2026. Historia de las láminas anatómicas y de la familia.
- Solano Benítez, Guillermo. Recordaciones sobre las poetisas de Norte de Santander, Bogotá, octubre de 1970, reproducidas en Cita Histórica de Luis A. Medina S.
- Registros genealógicos de la familia Antommarchi García Herreros.