Los hijos del general Santander
La descendencia del general Francisco de Paula Santander, prócer nacido en Villa del Rosario de Cúcuta.
pendiente
Tomado del libro Cita Histórica, de Luis A. Medina S.
**1. DON JUAN SANTANDER Y PONTON**
Nacido en Bogotá el 20 de diciembre de 1836, quien falleció pocos minutos después de su nacimiento. En carta al doctor Rufino Cuervo le decía el 30 siguiente, Santander: “El 20 fui padre por pocos minutos. Murió el primer fruto de mi amor, y era cabalmente un hermoso niño. He tenido un grande pesar, como debe usted suponerlo”.
El mismo día de su nacimiento fue anotada en el libro correspondiente de la parroquia de la Catedral de Bogotá, la siguiente partida: “El día 20 de diciembre de mil ochocientos treinta y seis nació un párbulo que pocos minutos después murió, habiendo sido bautizado por la señora Francisca Piedrahita y le puso por nombre Juan, hijo legítimo y de legítimo matrimonio del señor General de la División Francisco de Paula Santander, actual Presidente de la Nueva Granada, y de la señora Sixta Pontón y Piedrahita. Abuelos paternos los señores don Juan Agustín Santander, Gobernador que fue de San Faustino de los Ríos en el Virreynato de Santa Fe, y de doña Manuela de Omaña; los maternos los señores Mariano Pontón y doña Francisca Piedrahita. Conste Domingo A. Riaño”.
Con la inhumación del cadáver del niño Juan Santander y Pontón fue inaugurado el Cementerio Central de Bogotá, construido por iniciativa del General Santander y del Gobernador de Cundinamarca. Los bogotanos se mostraban renuentes a sepultar sus deudos allí. Preferían la vieja costumbre de los templos. Santander dio el ejemplo que fue secundado inmediatamente.
**RAMA FREYRE – SANTANDER**
**2. DOÑA CLEMENTINA SANTANDER Y PONTON**
Nació en Bogotá el 30 de noviembre de mil ochocientos treinta y siete, según la siguiente partida de bautizo: En la parroquia de las nieves a treinta de noviembre de mil ochocientos treinta y siete bautizó con mi licencia en la casa del General Santander, el Pbo. Francisco Oberto previo el permiso del señor Arzobispo Sr. Dr. Manuel José Mosquera, una niña a quien se puso por nombre Clementina Mercedes Digna Rosa Francisca Manuela Josefa, hija legítima del Señor General Francisco de Paula Santander y de la Sra. Sixta Pontón. Abuelos paternos el Sr. Dr. Juan Agustín Santander, gobernador por el gobierno de España de San Faustino de los Ríos y de doña Manuela de Omaña. Maternos el Dr. Mariano Pontón, Administrador Principal de Correos de Medellín, y de doña Francisca Piedrahita.
Fueron sus padrinos el General de Brigada José María Obando y por su recomendación especial el Dr. Francisco Soto, Contador Mayor de la Contaduría General de Hacienda, el señor Guillermo Wills, y la señora Josefa Santander de Briceño, quienes saben la obligación que contraen. Conste (Fdo.) Francisco Oberto. Justiniano Gutiérrez”.
Por las fotografías de su juventud se colige que fue una mujer de extraordinaria belleza. Celosa depositaria por varios años del archivo de su padre, ya próxima a salir del país, en 1868, confió el trabajo de su clasificación y organización al doctor Manuel Murillo Toro, pero éste no pudo
adelantar nada. Murillo entregó poco después estos valiosos documentos a don Roberto Suárez. En 1884 doña Clementina y el señor Suárez propusieron a don Santiago Pérez esta misma delicada empresa, pero el rehusó aceptarla.
El 26 de mayo de 1867 doña Clementina se desposó en Bogotá con el diplomático peruano, Coronel Manuel Freyre, quien a la sazón tenía la representación de su patria como Ministro ante el Gobierno de Colombia. La partida correspondiente dice: “En la iglesia de San Carlos, curato de la Catedral de Santa Fe de Bogotá, a veintiséis de mayo de mil ochocientos sesenta y siete practicadas las informaciones, dispensadas las tres canónicas mociones por el Ilmo. Señor Arzobispo y no resultando impedimento, con licencia del infrascrito cura Rector más antiguo de la Catedral y su Sagrario, el Sr. Dr. Manuel José Amaya, Dignidad de Maestro de Escuela de esta Santa Iglesia Metropolitana, presenció y autorizó el matrimonio que infaciae Eclesia contrajeron los señores enviado extraordinario del Perú, don Manuel Freyre con Clementina Santander; les dio las bendiciones nupciales; fueron padrinos los señores Manuel Suárez Fortoul y Tulia Santander; y testigos los señores General Francisco V. Barriga, Manuel Pombo, Teodoro Valenzuela”.
El Coronel Freyre continuó en la carrera diplomática por varios años y países de Europa y América, y finalmente fue ministro del Perú ante el gobierno de los Estados Unidos, en cuya capital falleció en 1878. Está sepultado en el Cementerio Nacional de Arlington. Su esposa doña Clementina murió en Milwaukee, Wisconsin (USA), el 15 de julio de 1915. Está sepultada en el St. Patrick’s Cementerio de Eua Claire, ciudad del mismo Estado norteamericano. Del matrimonio Freyre-Santander proceden los hijos siguientes:
a) DON MANUEL FREYRE SANTANDER, nacido en 1872 en la embajada del Perú en los Estados Unidos. Se desposó con la dama irlandesa doña Elizabeth Na’Honer.
Al igual que su eminente padre, escogió la carrera diplomática, y representó la república del Perú ante los gobiernos del Japón, Argentina y por último los Estados Unidos. Falleció en 1942 en la misma sede de la Embajada de Washington, lugar donde había nacido 70 años atrás. Este nieto del Hombre de las Leyes está también sepultado en el Cementerio Nacional de Arlington, de la capital estadounidense, al lado de su ilustre padre. Su viuda falleció en Inglaterra. Del matrimonio Freyre Santander-Na’Honer nacieron dos hijos, a saber:
Don Francisco Freyre-Na’Honer nacido en 1923 en la Embajada del Perú en la ciudad de Tokio (Japón), quien casó en Lima en 1949 con doña Aurora Jiménez, padres de don Francisco, nacido en la misma ciudad en 1956 y de doña María Luisa Freyre Jiménez, también limeña nacida en 1962.
Doña Margarita Freyre Na’Honer, nacida en la Embajada Peruana de Buenos Aires (República Argentina), casada en 1950 en Nueva York con don Manuel París. De este matrimonio nacieron siete hijos, a saber: Elizabeth nacida en 1952, casada con Enrique Arrastia; las gemelas Marie Ann, Ann Merie, nacidas en 1954; don Joseph, nacido en 1956; Manuel, quien nació en 1957; Malu, cuyo nacimiento ocurrió en 1959 y Margaret Pari Freyre, nacida en 1960.
**3. DOÑA SIXTA TULIA SANTANDER Y PONTON**
Tercera hija del General Santander. Nació esta hija del prócer el día 7 de febrero de 1839, en la capital de la República, según informa la siguiente partida: “En la Parroquia de las Nieves, a veintiséis días de febrero de mil ochocientos treinta y nueve, el doctor Policarpo Jiménez, Capellán Mayor del Monasterio de Ntra. Sra. de la Concepción, con permiso mío y del Señor Arzobispo, bautizó en la casa de sus padres, a una niña que nació el día siete del mismo mes, a quien puso por nombre Sixta Tulia de la Concepción Francisca de Paula Juana Manuela Agustina Valeria,
hija legítima y de legítimo matrimonio del doctor General de División Francisco de Paula Santander y Omaña y de la Señora Sixta Pontón Piedrahita. Nieta por parte paterna y de legítimo matrimonio de Don Juan Agustín Santander y Colmenares, y de doña Manuela Antonia de Omaña y Rodríguez, y por parte materna también de legítimo matrimonio de Don Mariano Pontón, Administrador de Correos que fue de Medellín, Provincia de Antioquia, y de la Señora Francisca Piedrahita. Fueron padrinos el señor Coronel Francisco Valerio Barriga y la Señora Juana Pontón de Villa, quienes quedaron advertidos de su obligación. Justiniano Gutiérrez.
El 28 de septiembre de 1862, a la edad de 23 años, contrajo matrimonio en la Parroquia de Las Nieves de la ciudad de Bogotá con su pariente don Manuel Suarez Fortoul, Don Manuel era también bogotano, según consta en la siguiente partida: “En Las Nieves a veinticuatro de mayo de mil ochocientos treinta y uno, puse óleo y crisma a un niño que nació el catorce de diciembre del año pasado (1830) a quien había bautizado el señor Cura de San Victorino, Doctor Felipe Durán y lo llamó José Manuel Nicasio Aristides, hijo legítimo del señor Doctor Joaquín Suarez y de la Señora Cleofe Fortoul. Abuelos paternos: Esteban Fortoul y María Inés Sánchez. Padrinos el señor José Asunción Silva y Juana Santander; se les advirtió lo necesario. Conste. (Fdo.) Juan José Ramírez”.
**ULTIMAS PALABRAS DEL GENERAL SANTANDER DURANTE SU AGONIA DE VEINTICUATRO HORAS**
La historia nos enseña que las últimas palabras de aquellos hombres que han ocupado un alto puesto en la sociedad, han procurado transmitirlas a la posteridad para que de ellas se aprovechen los que los sucedan. Tal fue el objeto que me propuse copiando en mi libro de memorias lo más notable que dijo el General Santander en los últimos momentos de su vida.
**Página 232**
La época actual me ha parecido la más oportuna para su publicación. Los que las lean preverán los buenos efectos que pueden producir.
A las 12 del día en que murió, los síntomas precursores de la muerte se aumentaron en número de intensidad, y me fue preciso anunciarle que se aproximaba el término fatal. Entonces, elevando los ojos al cielo y dirigiéndose después al Crucifijo y a las imágenes de Nuestra Señora de los Dolores y de las Mercedes, que estaban al frente de su cama, exclamó: “¡Ay! Señor, qué tiempo he perdido, ¡misericordia! ¡misericordia!” Cerró los ojos y permaneció algún tiempo en un profundo letargo, del cual salió levantando las manos al cielo y diciendo: “¡No me abandones, no me precipites!” Esto lo repitió tres veces. Volvió al mismo letargo, y con una voz entrecortada decía: “¡No… quiere. No… quiere!”
Con las manos puestas durante unos cortos instantes de letargo, con la mayor serenidad las enclavijó y dijo con aire de sorpresa: “¡No hay remedio; ¿qué haré? la medida se colmó!”. Después de un profundo suspiro y durante el letargo dijo con voz fuerte: “¡No quiere!”
Al ponerle el doctor Policarpo Jiménez el rosario con un lignum crucis que estaba colocado en la cabecera, le dirigió la vista, y con una cara risueña, le dijo: “¡Yo sé que es esto!”. Volvió al letargo, y poniendo su mano derecha sobre el corazón, dijo: “¡Firme, firme!”.
Después de haber permanecido largo tiempo aletargado, abrió los ojos, y en actitud de admiración extendió los brazos, mirando al cielo, tornándolos al Crucifijo y a los que lo rodeaban, y en un tono muy patético, dijo: “¡Qué bello teatro! ¡pobres de mis hijos!, ¡todo se ha consumado!”. Entonces le dije: “Sus hijos quedan bajo el amparo del Padre General de los hombres”. “¡Así es! —me contestó— esto me consuela!”.
Le sobrevino una cruel fatiga; pidió la imagen de los Dolores, la abrazo diciendo: “¡Protégeme, consuélame, no me abandones, ten misericordia de mí!”.
Pasado algún tiempo, tomó en sus manos el relicario de la Virgen de las Mercedes, y le dijo: “¡Fiel compañera de mis peregrinaciones y trabajos, no me abandones en el mayor de todos ellos!”.
Como apuraba más la agonía, se me hizo preciso hacer retirar la familia mientras él estaba en una cruel fatiga. En medio de ella miró alrededor de su cama y dijo sorprendido: Josefita (su hermana) se retiró; Sixta ya no aparece; ¡qué! ¿ya me quieren abandonar todos?”
A las 2 y media de la tarde se acercó el Ilmo. Sr. Arzobispo a su cama, y después de haberle dicho algunas palabras llenas de unción, preguntó: ¿Cómo está el corazón? Al oirlas tendió sus brazos al cuello del Señor Arzobispo, y le dijo con la mayor ternura: “No me abandone, Sr. Arzobispo; acompáñeme; no se vaya”. Dirigiéndome la vista, me dijo: “Doctor, todavía distingo bien las cosas; todavía estoy fuerte”.
Como él había mandado llamar al Padre Fray Antonio Vargas, religioso de San Agustín, para que lechase la absolución como a hermano cinturado, el padre le puso la correa sobre las cobijas, tomándola en sus manos, dijo: “Este es el cinto de San Agustín, ¡pobres, Padres!, ¡pobres Padres!”. Fueron muchas las ocasiones en que, pasando el cinto de una mano a otra, repitió las mismas palabras.
Pasado algún tiempo, me dijo: “Doctor, quíteme este dolor tan cruel que tengo en el pecho a la espalda”. Le contesté que dependía de la postura supina en que había estado por mucho tiempo, y que si la variaba se le aumentaría mucho más la fatiga. A esto me contestó diciendo: “Hágame cruces sobre el dolor”; y cuando se las hacía, dijo: “sólo la fe basta”.
Le dio una fatiga vehementísima, y en medio de ella exclamó: “¡Dios mio!, ¡Dios mío!”, yo casi me desespero. Entonces el Sr. Arzobispo le hizo reflexiones consolatorias fundadas en las fatigas y tormentos de Jesucristo. Las oyó con la mayor calma, y después de una breve pausa levantó los ojos al cielo, y sonriéndose, exclamó: “¡Oh, Dios!; ¡con que ya no morí!”. En seguida le dijo a la señora Ana Josefa Durán: “Ponme la imagen de las Mercedes en la espalda, para que ella me quite este cruel dolor que me atormenta”. Como las agonías se aumentaban y los signos de la muerte próxima se habían presentado, el Sr. Arzobispo comenzó a encomendarle el alma, y le respondían las preces varios sacerdotes, entre ellos los doctores Saavedra y Obeto. Concluidas, les hizo el Sr. Arzobispo algunas exhortaciones, y como dejó algún tiempo en silencio, el General le dijo: “Repitame lo que me ha estado diciendo, porque me ha consolado mucho”.
Pocos momentos antes de expirar, llamó al Doctor Antonio María Silva para que le tomase el pulso, porque él observó que yo sólo le ponía la mano hacia el corazón, y le dijo: “¿Qué tal voy?” y al oirle que le decía, “no va mal”, le echó los brazos al cuello y con una voz muy tierna le dijo: “Ya no hay remedio, mi Antonio”. Ocho minutos antes de las seis de la tarde en que expiró en medio de horrendas fatigas, repitió sin cesar: “Ahora sí, ¡adiós mis amados amigos!”.
Lo que he expuesto lo oyeron muchas personas de las que actualmente están en la ciudad de Bogotá, en que escribo este y lo suscribo, a quince de febrero de mil ochocientos cuarenta y cinco.
JOSE F. MERIZALDE.
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