
El ciclo que la ciudad suele partir en dos
Al abrir una llave, el ciudadano ve el final de una cadena: captación, conducción, potabilización, almacenamiento y distribución. Después de usar el agua comienza otra cadena menos visible: alcantarillado, colectores, interceptores, tratamiento y devolución al ambiente.
Cúcuta ha prestado más atención pública al primer recorrido que al segundo. En 2024, controles divulgados por la Alcaldía reportaron un Índice de Riesgo de Calidad del Agua de cero en las muestras realizadas, clasificado sin riesgo. Es una buena noticia sobre el agua distribuida, pero no responde qué ocurre después de usarla.
La deuda estructural está en el saneamiento. Durante años, gran parte de las aguas residuales ha llegado sin tratamiento suficiente a las corrientes naturales. Una ciudad no completa su derecho al agua si entrega calidad en la llave y devuelve contaminación al río.
El Pamplonita: fuente y receptor
La planta El Pórtico capta agua del Pamplonita y la procesa para el consumo urbano. Esto convierte la salud de la cuenca en un asunto de seguridad cotidiana: lo que ocurre aguas arriba afecta costos, riesgos y complejidad del tratamiento.
Al mismo tiempo, el río recibe vertimientos urbanos y presiones acumuladas de varios municipios. Corponor ha documentado acciones humanas, residuos y descargas en diferentes puntos. La contradicción es evidente: la ciudad depende de un río al que también contamina.
Proteger la cuenca exige coordinación desde Pamplona hasta el área metropolitana. Ningún municipio puede sanear por sí solo una corriente que cruza jurisdicciones y recoge impactos sucesivos.
Una segunda fuente para reducir vulnerabilidad
El sistema ha dependido históricamente del Pamplonita. El proyecto de acueducto metropolitano y las obras para suministro alternativo buscan reducir el riesgo ante sequía o una eventual contaminación asociada, entre otros factores, al oleoducto Caño Limón-Coveñas.
Diversificar la fuente mejora resiliencia, pero no autoriza a descuidar el río principal. Una nueva captación debe acompañarse de ahorro, reducción de pérdidas y protección de ambas cuencas.
La seguridad hídrica no se mide solo por cuántos años de demanda promete una obra. También depende de energía, mantenimiento, capacidad institucional, tarifas sostenibles y planes de emergencia que funcionen cuando falle un componente.
Redes, fugas y desigualdad territorial
El agua producida puede perderse antes de llegar al usuario por fugas, conexiones irregulares o medición deficiente. Cada metro cúbico perdido representa captación, químicos y energía usados sin beneficio social.
Los daños también tienen escala doméstica: filtraciones y redes internas deterioradas pueden comprometer viviendas, especialmente en laderas o construcciones vulnerables. La frontera entre responsabilidad del operador y del propietario debe explicarse con claridad y atenderse con rutas accesibles.
En asentamientos no formalizados, extender redes se cruza con problemas prediales y de riesgo. Negar soluciones indefinidamente profundiza desigualdad; instalar infraestructura sin ordenar el suelo puede consolidar exposición. La respuesta requiere esquemas transitorios seguros y procesos de regularización.
Las aguas residuales y la gran obra pendiente
La planeación municipal ha contemplado plantas asociadas al Pamplonita, Quebrada Seca y Tonchalá, junto con interceptores y emisarios que conducirían los caudales. La aspiración divulgada fue reducir alrededor de 90% de la carga contaminante que llega a los ríos Pamplonita y Zulia.
El Plan de Desarrollo 2024-2027 señala a El Peñón como planta capaz de cubrir cerca de 80% de la demanda de tratamiento metropolitano. La escala explica su importancia, pero una PTAR no empieza a descontaminar cuando se anuncia ni cuando se consigue el lote: lo hace al entrar en operación estable.
Entre proyecto y resultado deben resolverse diseño, predios, permisos, cierre financiero, construcción, redes de llegada, disposición de lodos, energía y operación por décadas. El seguimiento público necesita mostrar cada etapa y sus retrasos.
No todo se resuelve al final del tubo
Las grandes plantas son necesarias, pero tratar al final no reemplaza reducir contaminación en el origen. Industrias, talleres, hospitales y comercios deben cumplir condiciones de vertimiento para no descargar sustancias que dificulten o encarezcan el tratamiento.
Separar aguas lluvias y residuales también es fundamental. Cuando redes combinadas reciben aguaceros intensos, aumentan reboses, inundaciones y caudales que una planta tendría que manejar. En barrios como Ciudad Jardín, La Laguna o Quinta Bosch, el drenaje urbano se conecta directamente con esta discusión.
Infraestructura verde, suelos permeables, limpieza de sumideros y control de residuos complementan las tuberías. El saneamiento empieza en la cuadra, no solamente en una planta distante.
Reúso: convertir un residuo en recurso
Una vez tratada con estándares adecuados, parte del agua puede utilizarse en riego, procesos industriales, limpieza urbana o actividades agropecuarias compatibles. En una región caliente y con presión sobre fuentes, el reúso merece estar desde el diseño.
No toda agua tratada sirve para todo uso. Se requieren controles, redes diferenciadas y confianza pública. Pero descargar siempre al río y captar nuevamente aguas abajo es menos eficiente que cerrar ciclos donde resulte técnica y sanitariamente viable.
Los lodos también necesitan una gestión segura. Una PTAR no elimina la contaminación; la separa y transforma. Si los residuos del proceso no tienen destino controlado, el problema simplemente cambia de lugar.
Tarifas, transparencia y confianza
Acueducto y saneamiento cuestan: operación, químicos, energía, reposición de redes y nuevas obras. La discusión tarifaria debe reconocer esos costos, pero también la capacidad de pago y los subsidios para hogares vulnerables.
La confianza mejora cuando el usuario puede entender calidad, continuidad, inversiones, pérdidas, cronogramas de obras y atención de reclamos. Publicar datos comparables por año y zona permitiría distinguir avances reales de anuncios.
El agua es un derecho y un servicio técnico complejo. Defender el primero exige administrar bien el segundo, con control público y responsabilidades claras.
Una política metropolitana y de cuenca
Cúcuta, Los Patios, Villa del Rosario y municipios vecinos comparten ríos, acuíferos, crecimiento urbano y descargas. Planear plantas o redes sin visión metropolitana genera duplicidades y deja vacíos en los bordes.
La gobernanza debe incorporar a operadores, municipios, Corponor, Ministerio de Vivienda, comunidades y sectores productivos. También necesita continuidad entre administraciones: una infraestructura de esta escala tarda más que un periodo de gobierno.
El acuerdo esencial es sencillo de enunciar y difícil de ejecutar: quien capta debe proteger, quien usa debe ahorrar y quien contamina debe tratar.
Qué mirar hacia adelante
- Avance físico, financiero y predial de El Peñón y las demás soluciones de tratamiento.
- Porcentaje de aguas residuales efectivamente tratadas, no solo capacidad proyectada.
- Continuidad, calidad, pérdidas de agua y reposición de redes.
- Protección de fuentes y coordinación de la cuenca del Pamplonita.
- Reúso de agua tratada y gestión final de lodos.
Fuentes consultadas
Este análisis contrasta información oficial, ambiental, operativa y de planeación. Las metas anunciadas se presentan como proyectos sujetos a ejecución y seguimiento.
- Aguas Kpital: planta de tratamiento El Pórtico
- Aguas Kpital: proceso de potabilización y fuente alternativa
- Alcaldía de Cúcuta: controles de calidad del agua en 2024
- Alcaldía de Cúcuta: localización y alcance proyectado de las PTAR
- Plan de Desarrollo Municipal 2024-2027
- Corponor: acciones humanas identificadas en el río Pamplonita
- Superservicios: informes sectoriales de acueducto y alcantarillado