Cúcuta de otros días · Charles Jackson · anexo · pág. 262

Su Majestad el Miedo

El autor recibe una amenaza de muerte y pasa tres días sin dormir. Lo que ocurrió la noche del encuentro no fue lo que esperaba.

Tres días antes había recibido la carta de «El Becerro». En un papel manchado de grasa, sucio y sin rayas, venía la torpe amenaza: «Aora le arreglare las cuentas, cuando menos piense». Así, con brutal ortografía, parco en vocablos, en letra sinuosa, de grandes y gruesos rasgos, preludiaba el canalla su venganza. Confieso que en esas setenta y dos horas ni comí completo, ni dormí tranquilo. «El Becerro» era un truhan de malignas entrañas, ratero empedernido, jugador, borrachín, ladino y sagaz, de quien se contaban muchas historias en las que se le hacía aparecer como autor de varios asaltos a mano armada.

Cinco años atrás contribuí como fiscal a que un juez nada asustadizo, le colgara al pecho un rosario de ocho años, por hurto y heridas, de los cuales quién sabe qué otra autoridad le rebajó lo suficiente para devolverlo a la circulación anticipadamente y cuando yo, cabresteado hábilmente al matrimonio, no podía encerrarme de noche sin provocar una catástrofe al faltar a la visita de la novia.

Que «El Becerro» era muy capaz de dañarme la plácida sucesión de mis días con algún ataque sorpresivo y sangriento, lo sabía de sobra. Y lo que no me agradaba bien bien era que, en lo de sangriento, tenía yo que suministrar la materia coloreante del adjetivo.

Desde que llegó a mis manos el aviso de aquel malvado rumiante, se me llenó de curvas la vida. Me sentía en capilla. Veía cuadrúpedos mugientes en todas las esquinas. No salía ni entraba a ninguna parte sin inspeccionar con cautela los alrededores. Hasta sucedió 263 que al anunciarme una vez el muchacho portero de mi oficina la visita del doctor Becerra, antiguo y apreciable cliente, el pobre chico se quedó estupefacto al notar la súbita e intensa palidez de mi cara y el temblor irresistible que me acometiera. ¡Una visita como para enflaquecer a razón de mil gramos por hora!

Aquella noche me despedí de mi futura (¿alcanzaría a convertirla en presente? Ya lo dudaba) me despedí, digo, pasaditas las diez. El cielo proyectaba un chaparrón y los transeúntes habituales no hacían acto de presencia. Las calles estaban como en ocasión de un censo. Yo... bueno, yo me consideraba agonizante. Mi miedo no era miedo; era un vergonzoso deshombramiento; era el pánico multiplicado por sí mismo en millón de veces. ¡Aquella noche sí que me pegaba «el Becerro» la puñalada clásica! Caminaba cerca del arroyo, para evitar las sombras traidoras de las ventanas y sentía las piernas como de «anime».

A unos cincuenta metros del portón de mi casa —ya salvado, Dios bendito— el corazón me dió tal salto que si llevo la boca abierta, se me sale; los botines se me atornillaron al piso; la articulación de las rodillas se me descompuso rotundamente: un bulto que avanzaba con sigilo por la acera de enfrente, se botaba al empedrado y —¡Ánimas del Purgatorio!— ¡se dirigía a mí! En una milésima de segundo —cinco minutos normales, creo ahora— estuvo a una vara de distancia. Febrilmente llevé la mano al bolsillo del pantalón, en busca del revólver, pero lo que hallé fue el portamonedas. Y al ver que el forajido extendía la mano, como para agarrarme, instintiva, automáticamente, paré el golpe con el monedero y... ¡apreté a correr, loco, ciego, ahíto de terror!

Cuando luchaba con la llave para abrir, alcancé a oír una voz que me seguía:

—Dios se lo pague, don; la Virgen lo socorra y le dé mucha vida. Dios se lo pague, don...

¡Caramba, caramba, caramba!

Preguntas frecuentes

¿De qué trata este anexo?

Es un relato en primera persona del propio autor: recibe una carta amenazante de «El Becerro», un delincuente al que años atrás había ayudado a condenar como fiscal, y pasa tres días sin comer ni dormir tranquilo, viendo enemigos en cada esquina.

¿Cómo termina?

Una noche, a cincuenta metros de su casa, un bulto se le acerca desde la acera de enfrente. Busca el revólver, encuentra el portamonedas, se lo estrella al desconocido y echa a correr. Mientras abre la puerta oye la voz que lo sigue: «Dios se lo pague, don; la Virgen lo socorra». Era un mendigo.

Sobre la transcripción. En esta edición digital se corrigieron 17 erratas evidentes («En un papel manchado de grasa, sucio, y si…» → «En un papel manchado de grasa, sucio y sin…»; «"Adra le arreglare las cuentas, cuando men…» → «"Aora le arreglare las cuentas, cuando men…»; «ratero empedernido, jugador; borrachín, la…» → «ratero empedernido, jugador, borrachín, la…», entre otras) y se restituyeron las rayas de diálogo y las comillas descuadradas. No se modernizó la ortografía de 1945 ni se tocó el habla popular cucuteña que el autor recoge a propósito.