Cúcuta de otros días · Charles Jackson · pág. 219

Siglo Nuevo

La polémica sobre cuándo empezaba el siglo, la misa campal en el atrio de San Antonio y un ángel que bajó de una tramoya a la medianoche de 1900.

Eso de pasar de un siglo a otro no es cosa que se ve todos los días, y hay personas que no la ven nunca. Por ejemplo, los nacidos en los diez primeros años del nuevo siglo, es casi seguro que no puedan presenciar el antedicho cambio, porque de los tiempos del amañado Matusalén a esta parte, las preocupaciones, los afanes, los menús demasiado condimentados y el jugo de uvas en sus variadas formas y grados, han acortado de tal modo el standar de vida, que muy apurado se ha de ver quien quiera anotarse siquiera el 81 cumpleaños.

Cuando iba acercándose el final de la serie de años cuyas primeras cifras distintivas eran 1 y 8 (1895, 1898, etc.) y estaba próximo a morir por consiguiente el siglo 19, para que naciera el XX, se trabó una curiosa y no poco ardiente polémica entre varios de los escritores y periodistas de la época: sostenían unos que el siglo expiraba el 31 de diciembre de 1899 —y aducían como argumento de fondo el cambio de los números 1-8 por 1-9, indicativo, según ellos, de que allí comenzaba una era diferente— y aseguraban los otros que así como el 10 formaba parte de la decena, aunque en nada se pareciese a sus «colegas» los dígitos, pertenecía el 100 a la centena y, lógicamente el 900 al siglo «viejo», no empezando el nuevo sino el 1º de enero de 1901. Triunfaron éstos, como era natural y los que contábamos con la gran fiesta a fines del 99, cuando Cúcuta estaba hecha un «arbolito», con motivo de las recientes y pomposas victorias de la revolución liberal en Peralonso y Terán, hubimos de posponer, afligidos y disgustados, el estreno del lindo «flux» de paño y enfundar los magníficos proyectos, tan selecta y cuidadosamente elaborados, hasta un año más tarde.

La curia y la ciudadanía resolvieron echar la casa por la ventana en la recepción del naciente siglo, y no obstante los rigores de la escasez, las contínuas «alarmas» y los frecuentes sustos y carrerones provocados por los incidentes bélicos, organizaron lo que se dice hoy y entonces se decía: «un fiestonón» muy superior a lo que esperábamos, dadas las amargas circunstancias que nos atropellaban.

Como ya hemos consignado en escritos anteriores, los elementos de diversión honesta y culta no se amontonaban en Cúcuta para brindarle al ciudadano placeres variados y novedosos. Las fiestas se planeaban a base de pólvora, música, globos, misas y tedeums, y tal cual «despejo» ejecutado por los batallones de «línea», durante los cuales los soldados formaban en la plaza principal, estrellas, corazones, cruces y otras movibles figuras, a golpes de bombo o de tambor, sin que se oyera una voz de mando, cosa que entusiasmaba hasta el delirio a la muchedumbre y provocaba clamorosas ovaciones a los «cholitos».

Desgraciadamente aquel año no estaban los militares para filigranas de esta clase, pues las fuerzas liberales andaban aún «dando guerra» en el país, y ni de ese recurso pudieron valerse los directores del festival para apuntalar el programa. La cosa se redujo, en consecuencia, a paseos de música, cohetes y «recámaras» y a la solemnísima misa campal de media noche, la del día de San Silvestre, el año de 1900.

El altar, preparado sencillamente, pero con imponente elegancia, se levantaba en el atrio del pequeño templo de San Antonio, sede de la entonces única parroquia, de espaldas a la puerta central y frente a la plazuela, intensa y brillantemente iluminada con centenares de bombillas de gran potencia y múltiples colores, y libre por aquel tiempo de estatua y jardines, con los meros andenes laterales por adorno y sin más vegetación que unos pocos clemones, tamarindos y mamones, regados al capricho. Una compacta y emocionada multitud ocupaba más de la mitad de la plazuela, mientras que en la calle, cerca al altar, presidían el acto los representantes de la autoridad y se acomodaban las personas de mayor distinción y valer. Oficiaba el padre Domiciano A. Valderrama, de grata memoria por su viril actitud a favor del pueblo, en el conflicto de 1904, con los PP. Agustinos y cantaban en el coro don Elías M. Soto, don Carlos Jácome —quien llevaba la batuta— don Julio Mora y don Juan Merchán, acompañados por galano y joven grupo de prestantes y bellas damas.

Momentos antes de la media noche fueron apagadas todas las luces, para encenderlas de pronto, a la primera campanada de las 12 y en ese instante descendió sobre el altar, desde lo alto y sostenido por invisible tramoya, un primoroso angelito, muy rollizo, muy rosado, de «chapas» y dorados cabellos, el que entre saludos y sonrisas dejó caer una lluvia de frescas y grandes rosas. Aquel alado mensajero fue años después el respetable sacerdote Héctor Guevara, tan robusto de cuerpo como de intelecto y tan simpático de presencia, como de trato.

Entre las marciales notas del Himno Nacional y alegres dianas de las bandas de guerra, corrieron los primeros minutos del siglo XX, que tantas novedades ha introducido en el progreso del mundo y durante el cual se han sucedido los dos más cruentos y dolorosos conflictos armados de que pueda hablarnos la Historia.

Finalizada la memorable ceremonia religiosa la multitud se dispersó en todas las direcciones: unos hacia el amable y abrigado hogar, en pos de la cena tradicional e imprescindible y otros, los más, en solicitud de los numerosos bailes que, no obstante los azares de la situación, se celebraron aquella noche y en muchos de los cuales se danzaba aún, cuando el radiante sol del 1º de enero de 1901 abría el maravilloso abanico de sus candentes rayos, sobre el majestuoso esplendor de este valle eternamente verde y acariciador.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo empezó el siglo XX según los cucuteños?

Hubo polémica en la prensa local: unos sostenían que el siglo XIX moría el 31 de diciembre de 1899 y otros que, así como el 100 pertenece a la centena, el nuevo siglo no empezaba sino el 1º de enero de 1901. Triunfaron estos últimos y la fiesta hubo de posponerse un año.

¿Cómo se celebró la llegada del siglo?

Con misa campal de medianoche en el atrio de San Antonio, oficiada por el padre Valderrama, con don Elías M. Soto, don Carlos Jácome —que llevaba la batuta—, don Julio Mora y don Juan Merchán en el coro. A la primera campanada de las doce descendió de una tramoya un ángel que dejó caer una lluvia de rosas: era el futuro sacerdote Héctor Guevara.

Sobre la transcripción. En esta edición digital se retiraron los 3 números de página que la transcripción había dejado incrustados dentro del texto, y se rehicieron las palabras y los párrafos que ese folio partía en dos y se corrigieron 12 erratas evidentes («no empezando el nuevo sino el lo de enero …» → «no empezando el nuevo sino el 1º de enero …»; «cuando Cúcuta estaba he. cha un "arbolito"» → «cuando Cúcuta estaba hecha un "arbolito"»; «los frecuentes sustos y carrerones provoca…» → «los frecuentes sustos y carrerones provoca…», entre otras) y se restituyeron las rayas de diálogo y las comillas descuadradas. No se modernizó la ortografía de 1945 ni se tocó el habla popular cucuteña que el autor recoge a propósito.