Cúcuta de otros días · Charles Jackson · pág. 110
Hace lustros
El «cenáculo» de la imprenta de El Trabajo, entre 1905 y 1910: los primeros versos, las primeras burlas y el primer seudónimo del autor.
La imprenta de «El Trabajo» era allá entre el 905 y 910 algo parecido a una incubadora intelectual. Allí nos reuníamos todas las noches los polluelos de la literatura cucuteña y en el abrigado y acogedor recinto de su sala de redacción charlábamos, escribíamos y nos consultábamos mutuamente los frutos de nuestra fecunda aunque no muy jugosa labor de literatos: Pacho Morales Berti, Jesús Ma. González, Hermes Monroy, Carlos Julio Rosas, Carlos L. Jácome y algunos de los tipógrafos y amigos de la empresa, aficionados también al noble e ingrato arte de escribir, como Marcos Hernández, Manuel Vela, Manuel Carrillo y otros cuyos nombres andan por el momento lejos de nuestra memoria.
De noche en noche se acercaba a lo que con tanta irreverencia como inocente vanidad llamábamos «cenáculo de escritores» el pequeño gran Dn. Justo Rosas cuyos consejos y advertencias de mucho nos sirvieron y muy de vez en cuando nos hacían el honor de su compañía, en fugaces y noveleras visitas, Luis Febres Cordero, Saúl Matheus y algunos más de los ya consagrados y dueños del pomposo y envidiado manto de la gloria.
Recordamos como anécdota divertida de aquella deliciosa época, que los pocos sobrevivientes del «cenáculo» quisiéramos sin duda revivir, lo que sucedió a aquél buen muchacho Marcos Hernández, ingenuo y leal amigo que hasta hace poco peleó como bravo en las recias batallas de la vida, al frente de su modesto establecimiento tipográfico «El Avisador».
Diariamente, a mañana y tarde pasaba por la imprenta en dirección al Colegio, una encantadora muchacha quinceañera, dueña de un hechicero rostro virginal y viva fuente de la más seductora simpatía, quien es hoy dignísima y acaudalada matrona, en cuyos rasgos fisonómicos esplende aún la excepcional belleza de su juventud. A Marcos se le salían materialmente los ojos cada vez que la veía y se quedaba un buen rato lelo y extasiado ante aquel primor de colegiala. Un día resolvió por fin hacerle conocer el ímpetu de su avasalladora pasión y aprovechando el reposo del almuerzo clamó por el auxilio de las musas y dió comienzo a una composición poética dirigida a la adorada, cuya primera estrofa, tras mucho sudar y retorcerse el pelo le resultó así:
Te he visto pasar inclinada
hacia el estudio en el colegio,
Siempre blanca, siempre bella,
Expuesto a los cuidados de un egregio
Que te quiere cual ángel a una estrella.
Después del cuarto verso tuvo que descansar, como lo hizo Dios el sexto día de la creación. Desgraciadamente aquel «afortunado» inicio de poemas o de soneto, que no sabemos lo que se propusiera, fué a parar a manos de uno de sus compañeros de trabajo, quien ipso facto lo divulgó entre el personal, lloviendo enseguida sobre el bardo enamorado un aguacero de pullas, cuchufletas y espinosas burlas que hirieron cruel y profundamente su dignidad de intelectual y terminaron en tres o cuatro encuentros a puñetazo limpio, de los cuales salió Marcos en unos con la diestra tinta en sangre de narices ajenas y de otros con su propia nariz transformada en madura berenjena.
Demás está añadir que el incidente arrasó del todo con el amor en el sensible corazón del volcánico tipógrafo. No tardó el que esto escribe en sentirse contagiado de la temible fiebre litero-bacular que hacía estragos entre los «cenaculantes» de «El Trabajo». Los primeros síntomas se presentaron bajo la forma de un irreflexivo deseo de publicar cualquier cosa, y la intoxicación se resolvió en un cuentecillo atrevido y descarado que el buenazo de don Justo acogió con benevolencia cariñosa, no sin echarse antes al coleto media docena de cruces para contrarrestar el gravísimo pecado contra la ética y estética que iba a cometer.
Por aquella edad leíamos los muchachos con desbocada admiración las últimas novelas de Zolá: «Naná» y «Fecundidad» llegadas desde entonces a la ciudad y nos embobábamos de asombro ante el descaro y la deleitosa frescura con que el viejo escritor galo se internaba indemne por los ásperos bejucales de la pornografía. ¿Pornografía dijimos? Quizá nó. Las novelas de Zolá no son en realidad pornográficas.
El valiente literato francés tal vez abusó a ratos de un realismo extremado y sin tapujos; solamente usó con excesiva franqueza de aquello a que el refranero castellano se refiere, cuando dice: «llamar pan al pan y al vino, vino», «entrar por la puerta principal y no por la sacristía», «decirle la verdad al lucero del alba», etc, etc.
Trataba nuestra primera e infortunada concepción de un romántico trovador prendado hasta el apéndice de una preciosa zagaleja tan fatua como linda, y tan esquiva que por nada del mundo, y a pesar de ruegos, súplicas y lágrimas, quería ponerle «bolas» al penado y fervoroso amante. Pudo al fin este con ocasión de un elegante y ponderado baile, aprisionar por breves minutos, entre sus nervudos y temblorosos brazos, el cuerpo huidizo de la amada. Y fueron tan hábiles y oportunas las caricias de sus manos logosas tan experto y efectivo el empleo de sus dedos ardientes, que al cabo de la danza la fría y displicente perseguida habíase convertido en tenaz y urgidísima perseguidora.
Aquel desmedrado engendro de nuestra imaginación calenturienta y descabalada levantó un vendaval de protestas y de aplausos, los que aumentaron, con dolor de muchos, algunos días después, cuando al morir súbitamente Manuel Carrillo le dedicamos una crónica necrológica de original audacia y que se salía de todos los moldes conocidos.
Había entrado en agujas un nuevo escritor y «El Abate Críspulo», nuestro primer nombre de guerra, se colaba de rondón en el templo en fábrica de las letras cucuteñas.
¡Oh noches de amena e imperecedera recordación, cuando la amistad franca e inmutable se abría espléndida, como una de esas bellas rosas nocturnas que pueblan de gracias todo un jardín! ¡Noches lejanas, gratísimas e inolvidables que nunca han de volver, aunque quisiéramos verlas retornar por un instante siquiera, el suficiente para que el espíritu aspirara plenas bocanadas, aromas de brío y juventud que le son precisos, ya que el alma jamás decae ni envejece. Apenas si se repliega o contrae al roce corrosivo de los años, para sumirse a solas y mientras se liberta, en el ensueño generoso de las reminiscencias!
Preguntas frecuentes
¿Qué era el «cenáculo» de El Trabajo?
Una tertulia literaria que se reunía todas las noches, entre 1905 y 1910, en la sala de redacción de la imprenta de El Trabajo. La formaban Pacho Morales Berti, Jesús Ma. González, Hermes Monroy, Carlos Julio Rosas, el propio autor y varios tipógrafos aficionados a escribir.
¿Cuál fue el primer seudónimo de Charles Jackson?
«El Abate Críspulo». Con ese nombre de guerra publicó sus primeros textos en El Trabajo: un cuento atrevido que levantó protestas y aplausos, y una crónica necrológica a la muerte de Manuel Carrillo.