Cúcuta de otros días · Charles Jackson · pág. 99

El Conde de Luxemburgo

Cayetano Hernández García, el vendedor irresistible, su almacén Luxemburgo y el título que le puso la ciudad.

Cayetano Hernández García es, entre los cucuteños, el cucuteño típico. Despreocupado, franco, «abierto», enamoradizo y leal, con todos y con todas. Algunas de estas características no pasan de ser hoy mero adorno espiritual, pero en un tiempo presidió el cortejo de sus actividades.

La tez prieta y tostada de Cayetano Hernández no corresponde a la blancura nítida de su ánimo, dispuesto en todo instante a la bondad que anida en los corazones hidalgos, ni el indumento que la suerte le permite ahora a sus nobles aspiraciones de hombre culto y avanzado, portador del refinado espíritu de un perfecto gentleman de la City o Wall Street. Sin embargo va de brazo con su actualidad, tan campante, tan sereno y tan feliz como cuando de cubilete, sacoleva y zapatos «de patente» a diario, abría, con ademanes de Nabab, las puertas de su edénico almacén «Luxemburgo».

En su mocedad Cayetano se distinguió como el «dependiente» más vivo, más capaz y más inteligente de cuantos se ganaban la vida tras las vidrieras de un mostrador de lujo. Si se proponía vender una hoja de papel de lija a la señora que buscaba media vara de cinta celeste, se la vendía en dos minutos, con la circunstancia de que la dama se despedía agradecidísima y muy satisfecha de la adquisición. Era el espécimen cumbre del vendedor irresistible, dinámico e infatigable.

A esa condición debió su fortuna. En pocos años amontonó un capitalito, que enlazó en sociedad, con el de otro comerciante acaudalado y en seguida brotó, como un fantástico surtidor de novedades, el ya mencionado Almacén «Luxemburgo», con edificio propio, de líneas audaces y originales en aquella época, cuando las edificaciones de «cañón» eran la realización máxima y el más vistoso ornato de la incipiente capital.

La fachada del «Luxemburgo» y la de su copropietario y gerente aparecieron en todos los periódicos de la comarca, en folletos, hojas sueltas, tarjetas postales, en el cine y en cuanta superficie plana ofreciera espacio y brillo para reproducirlas. Fue la más formidable propaganda de la temporada y la más retributiva y eficaz. Cayetano y su escuadrón de empleados no daban abasto a medir telas de seda, empacar polvos y perfumes, envolver abanicos de nácar y de sándalo, entregar mantones y «rebozos», cambiar, en fin, sus mercancías por billetes y monedas de oro, que tanto corrieron entonces que se perdieron de vista para siempre. La fama y prestancia del moderno almacén llegaron a tales alturas que en muchas ocasiones, cuando el sonriente Cayetano llegaba a abrir en la mañana, encontraba grupos de clientes en la acera, esperando el ansiado y venturoso momento de dejar allí sus pesetas.

Éxito tan colosal no podía pasar sin dejar una señal indeleble en el supremo factor de la magna empresa y Cayetano fue agraciado por el público con el flamante título de Conde de Luxemburgo, como el protagonista de la genial opereta, en boga por aquellos días. Era lo que faltaba al afortunado organizador, para escalar el último pico en la peligrosa mole de la popularidad. ¿En qué paró todo aquel dichoso conjunto de andanzas prósperas y de escalonados triunfos? El sismo comercial que conmovió al mundo a raíz de la primera zambra europea, sacudió con zarpazos de fiera histérica al «Luxemburgo», a su príncipe y a todo el condado, iniciado apenas en los azares de la pubertad mercantil. Los duendes de la adversidad se colaron por las rendijas del negocio, lo asaltaron, lo invadieron, y lo desmoronaron. «Luxemburgo» fue obligado a pasar al campo sentimental de las reminiscencias.

Pero vive el Conde. El Conde no ha muerto. Con su pajilla sempiterna, estampado en la faz el dolor de los recuerdos, nublado el semblante por los desengaños, Cayetano Hernández García, el cucuteño integral, le hace una mueca despectiva al infortunio y sonríe.

Es que, a Dios las gracias, logró salvar de la catástrofe una joya inapreciable: la paz en la conciencia, ¡la seguridad absoluta de no haber hecho mal a nadie!

Preguntas frecuentes

¿Por qué le decían «el Conde de Luxemburgo»?

Porque Cayetano Hernández García era copropietario y gerente del almacén Luxemburgo, y el público le puso ese título por el protagonista de la opereta que estaba en boga por aquellos días.

¿Qué pasó con el almacén Luxemburgo?

La crisis comercial que siguió a la Primera Guerra Mundial acabó con el negocio. Charles Jackson escribe que el Conde, sin embargo, salvó lo principal: la conciencia tranquila y la seguridad de no haber hecho mal a nadie.

Sobre la transcripción. En esta edición digital se retiraron los 2 números de página que la transcripción había dejado incrustados dentro del texto, y se rehicieron las palabras y los párrafos que ese folio partía en dos y se corrigieron 7 erratas evidentes («Algunas de estas características no pasa d…» → «Algunas de estas características no pasan …»; «Era el espécimen cumbre del vendedor irres…» → «Era el espécimen cumbre del vendedor irres…»; «entregar mantones y "rebozos", de cambiar,…» → «entregar mantones y "rebozos", cambiar, en…», entre otras) y se restituyeron las rayas de diálogo y las comillas descuadradas. No se modernizó la ortografía de 1945 ni se tocó el habla popular cucuteña que el autor recoge a propósito.