General Francisco de Paula Santander

El general Francisco de Paula Santander (Villa del Rosario de Cúcuta, 1792 – Bogotá, 1840), «El Hombre de las Leyes», prócer de la independencia y organizador de la Nueva Granada.

Fotografía
pendiente

Tomado del libro Cita Histórica, de Luis A. Medina S.

Fundador Civil de la República
1792 1840

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER

Francisco de Paula Santander, el hombre hazañoso y legendario de la más pura gloria colombiana, figura descollante e incomparable de nuestra guerra magna, constituye el mejor patrimonio de su raza, de su grandeza y de su historia y perpetúa en la memoria de quienes nos enorgullecemos con su prestigioso gentilicio.

Nació en Villa Rosario el día 2 de abril de 1792, en la casona de la hacienda, hijo de don Juan Agustín Santander y doña Manuela Omaña. Los primeros años de su existencia los pasó Francisco de Paula Santander, en la casa paterna. Hizo sus primeras letras en la escuela de doña Barbara Josefa Chaves, “maestra a la usanza antigua, eternamente ceñuda, severísima con sus discipulos y menos inclinada al estímulo que al castigo de aquellos”.

A los doce años de edad fue llevado a Santa Fe por su tío el presbítero Omaña, y allí, apadrinado por el que luego había de ser su profesor y más tarde su jefe, don Gustavo García Rovira, fue acreedor a una beca seminaria en el afamado y célebre Colegio de San Bartolomé.

Sobresalió como estudiante por su claro talento y su devoción decidida por el estudio de las leyes, y sostuvo con brillo dos actos públicos, con las tradicionales ceremonias: el primero de Derecho romano, el 11 de julio de 1809, y el segundo de Práctica forense, al año siguiente, unos pocos días antes de que estallara la revolución emancipadora que iba a absorberlo definitivamente en su vorágine gloriosa. Santander el Hombre de Las Leyes, abandona las aulas universitarias para ir a enrolarse en las filas libertadoras como simple soldado a quien reservaba el porvenir, la banda tricolor de los Presidentes sobre el corazón agitado por la conquista de los laureles y las charreteras de General en Jefe de las meustas libertarias, sobre los hombros enhiestos, donde centenares de veces, demoraron el vuelo apolíneo las águilas del triunfo.

La República nacida al contacto de sus manos creadoras era tan solo un esbozo que el guerrero y el legislador se habían trazado en su empeño, abierto autenticidad de la palabra y de la pluma, de la espada y de la acción, hasta que con los labios encendidos por el verbo reivindicador, cayó para siempre, bajo las alas de la inmortalidad, al pie del amado estandarte, que tantas veces alzaron sus manos victorioso, sobre el estrépido de las batallas y sobre la agitación de los parlamentos.

El 6 de mayo de 1821 se instaló el Congreso en la sacristía del templo parroquial. El 3 de octubre de ese mismo año tomaron posesión de la Presidencia y de la Vicepresidencia de la República, respectivamente, Bolívar y el General Santander. Fue entonces cuando el Libertador pronunció aquel sobrio y elocuente discurso, en que no se sabe que admirar más, si la elevación de los conceptos, o el desprendimiento patriótico que traducen, o la forma ática a que están ceñidos.

“... Yo siento —dice— la necesidad de dejar el primer puesto de la República al que el pueblo señale como el jefe de su corazón. Yo soy el hijo de la guerra, el hombre que los combates han elevado a la Magistratura; la fortuna me ha sostenido en este rango, y la victoria lo ha confirmado.

“Pero no son estos los títulos consagrados por la justicia, por la voluntad nacional. La espada que ha gobernado a Colombia no es la balanza de Astres, es un azote del genio del mal que algunas veces el cielo deja caer sobre la tierra para castigo de los tiranos y el escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada el día de la paz, y éste debe ser el último de mi poder, porque así lo he jurado para mí, porque lo he prometido a Colombia, y porque no puede haber República donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propias facultades.

“Un hombre como yo es ciudadano peligroso en un gobierno popular, es una amenaza inmediata a la soberanía nacional. Yo quiero ser ciudadano para ser libre y para que todos lo sean. Prefiero el título de ciudadano al de Libertador, porque éste emana de la guerra, aquél emana de las leyes...

“Cambiadme, señor, todos mis dictados, por el de buen ciudadano”.

Cuando correspondió el turno al General Santander, éste, luego de prestado el juramento legal, expresó sus ideales de gobierno en un breve discurso, en el cual aparece su austero espíritu de sumisión a la ley, y de consagración decidida a la defensa de la Constitución.

“Considerad, pues, —decía— mi angustia al verme colocado entre la voluntad nacional, que me prescribe por el órgano de la Constitución el ejercicio universal del bien, y la imposibilidad, por mi parte, de colmar la dicha que todos esperan de ese pendón sagrado y de ese motor único de la prosperidad de Colombia. Pero, señor, siendo la ley el origen de todo bien, y mi obediencia el instrumento de su más estricto cumplimiento, penetrará todo mi ser, y yo ni vivire sino para hacerlo obrar.

“La Constitución hará el bien como lo dicta; pero si en la obediencia se encuentra el mal, el mal será. Dichoso yo si al dar cuenta a la Representación Nacional en el próximo Congreso puedo decirle: he cumplido con la voluntad del del pueblo: La Nación ha sido libre bajo el imperio de la constitución, y tan sólo yo he sido esclavo de Colombia”.

Con la elevación de Santander a la Vicepresidencia de la Gran Colombia, se cerrará en aquella para siempre ilustre Villa del Rosario, el primer ciclo de la vida del eximio gradino, salido de aquel mismo valle, aún niño, a buscar en Santa Fe las fuentes de la sabiduría, errante luego en aventuras guerreras por esa misma comarca, triunfante hoy, aureolado de gloria, en su calidad de Primer Ciudadano y Primer Magistrado de la Nación.

Por ello, el Norte de Santander, tiene una historia mucho más importante de lo que algunos consideran, y es más importante en muchos aspectos tanto económicos, culturales, empresariales y políticos desde la Independencia.

Aquí nació la República, aquí se le dio fisonomía jurídica y constitucional, aquí se me ofició y se levantó el altar a la Patria con el célebre Congreso de 1821, en ese memorable 6 de mayo con la instalación del primer Congreso en la Sacristía del Templo Parroquial a donde se dieron cita varones ilustres y meritorios, animados de un auténtico celo patriótico; y en él se establecieron las bases para una sólida organización pública.

Aquí en este jirón de la patria nació el Hombre de las Leyes, el hombre de la Guerra, el hombre de la Paz, Francisco de Paula Santander; aquí sonaron los clarines de la marcha guerrera para lanzarlos a los vientos como el emblema de un ideal libertario. Aquí nació el talento juvenil del Legislador, la inspiración del guerrero, la dignidad del vencido, tan grande como el orgullo del vencedor.

Santander, todo lo conoció menos el descanso, que ni en la tumba lo ha tenido, porque más allá de su glorioso sepulcro, sus enemigos lo han tratado de conspirador y de traidor.

Más aún, sus restos mortales han de sentirse todavía conmovidos por el amor de la República y por la pasión de la Libertad, que fueron la más alta presea de su vida y son el más puro galardón de su existencia.

Nada borrará los firmes relieves de su heróica silueta sobre los mármoles de la inmortalidad. Nada oscurecerá jamás el dilatado horizonte de grandeza, que se abre en la historia de Colombia para el hijo ilustre de la Villa del Rosario de Colombia, para el hijo ilustre de la Villa del Rosario de Cúcuta en el Norte de Santander, para el más alto y esclarecido intérprete de los ideales gloriosos que agitaron nuestra más grande y fecunda revolución.

Del libro “La Familia de Santander” de Luis Eduardo Pacheco y Leonardo Molina Lemus, tomamos los siguientes datos:

“El General Francisco de Paula Santander se desposó con doña Sixta Tulia Pontón y Piedrahita, distinguida dama oriunda de Antioquia, el día 15 de febrero de 1836 en la población cundinamarquesa de Soacha, según reza la siguiente partida: “En esta parroquia de San Bernardo de Soacha a quince de febrero de mil ochocientos treinta y seis, celebró su matrimonio el Excelentísimo señor Francisco de Paula Santander del orden de Libertadores, General de División y actual Presidente de la República en el Estado de la Nueva Granada, con la Sra. Sixta Pontón; lo presenció previas las licencias necesarias el Ilustrísimo señor Juan de la Cruz Gómez, Obispo de Antioquia; siendo testigos el Ilustrísimo señor Arzobispo de Santa Fe, Dr. Manuel José Mosquera, el Coronel Francisco Barriga y Joaquín Barriga, doy fe, Fr. José Antonio Molano, cura propio”.

“El estadista se casó ya bastante entrado en años, pues iba a cumplir cuarenta y cuatro años. En carta, hasta ahora inédita, enviada a su hermana y confidente, doña Josefa Santander de Briceño, que insertamos en seguida, hace importantes revelaciones sobre las causas para el cambio de estado. Aunque en ella dice que hasta esa fecha —19 de enero de 1836— no se ha comprometido con su novia, lo cierto fue que la boda se celebró veintisiete días después.

El siguiente es el texto de tan extraordinario documento:

“Mi pensada y querida Josefita: Te mando el apunte que me ha dado (ilegible) de lo que hicieron en Casablanca.

“Estoy desesperado de que se vengan; Lozano como que no tiene mucha gana de volver. No sé donde se encuentre un hombre formal que quisiera cuidar, aunque no adelante.

“Atilia, se ha enfermado de mal de corazón. Lombana le está haciendo remedios donde mi señora Juana. Esto se llama tras de cuernos palos. Vino la mica, y me ha acompañado varias veces a comer; está como plátano maduro; ya se le está desinchando la garganta. Mucho deseo ver a las otras. Aquí les tenía una zaraza de moda para trazos, que te la mandaré para todas cuando halle persona segura.

“Es probable, en efecto, que se vuelva de veras lo de Sixta: lo he pensado mucho, y el mismo interés que tengo por las niñitas 5, me decide a no estar más solo. Ella tendrá defectos; no me importa. Lo que yo aprecio en ella es que pertenece a una familia honradísima, que tiene modales, talento y sabe manejar una casa. Yo ya no estoy para buscar bellezas. Su orgullo se le acabará, y espero que me cuide en mis males. Ojalá que tú apruebes mi pensamiento. Hasta ahora no le he comprometido mi palabra, pues nada he decidido porque esperaba que vinieras tú, y la trataras. Estoy acabando la casa de la plazuela, pues quiero regalarle una a mis sombrinas 6. Antes de que se verifique el matrimonio, para que siempre tengas tú y ellas donde vivir, y que estemos todos juntos.

Tu hermano que te ama, Francisco de Paula”.