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EL DEPORTE CUCUTEÑO DESDE 1900 HASTA EL 2000.

Por Alfredo Díaz Calderón.

PRÓLOGO

Me comentó don Alfredo Díaz Calderón que su libro El Deporte Cucuteño* desde 1900 hasta el 2000 se publicará sin suprimir los comentarios que, como director de Occidente Universitario, ocasionalmente incluí en alguna u otra entrega a modo de «Nota del Director».

Ello me releva de explicar en esta nota la razón por la cual en el año 2003 El Deporte Cucuteño desde 1900 hasta el 2000 se publicó por entregas en la modesta e informal publicación Occidente Universitario, que editó la Universidad Francisco de Paula Santander, como quiera que sucintamente eso está explicado como preámbulo del primer capítulo, o primera entrega, que describe la actividad deportiva cucuteña entre los años 1900 y 1920.

De modo que, dicho lo anterior, es muy poco o nada lo que puedo agregar para resaltar la importancia de esta obra de don Alfredo Díaz, habida cuenta de que el solo título es elocuentemente indicativo del valor que tiene el libro como componente de nuestra historiografía local y regional. Sobre todo porque, o por lo menos así es como lo percibo, a la historia local y regional que se ha escrito le estaba faltando un capítulo: el del deporte nuestro.

A mediados de mi educación primaria hubo una asignatura sobre Geografía e Historia regional, y al final de aquélla hubo otra sobre Geografía e Historia patria. Una y otra nos hablaron de heroínas

El editor presenta ésta obra con el título «El deporte Cucuteño desde 1900 hasta el 2000». El título «El deporte cucuteño», se mantiene en la totalidad de este prólogo. De la misma forma, el lector encontrará a lo largo del libro unas citas de pie de página. Ellas corresponden a anotaciones que fueron impresas en la publicación «Occidente Universitario» como notas del director. Por ser de un amable contenido y orientador con el texto, el editor de esta obra los presenta para riqueza del lector.

y héroes que un día lo abandonaron todo y se entregaron a la causa independentista, llegando incluso a sacrificar la vida en una prolongada guerra cuyo trofeo era la Libertad soñada.

Pero si como niño uno se emocionaba casi hasta el paroxismo con las victorias de aquellos seres de otro siglo, también comenzó a emocionarse con las de unos seres a quienes se los podía tocar porque vivían con uno el día a día: los integrantes de un equipo de fútbol de la provincia que, con sus triunfos aquí y afuera, cada domingo le pisaba más de cerca los talones a un prepotente equipo capitalino cuyo escudo ostentaba acaso más estrellas que la suma de las de los demás equipos, y que dizque en Europa había derrotado a vacas sagradas del fútbol más arrecho a nivel mundial.

Entonces uno ya no quiso que hubiera otra guerra independentista para irse a emular a Bolívar o a Santander, o a ofrendar su vida como Ricaurte o como Mercedes Ábrego, sino emular a Omar Totogol Verdún, si jugaba en la delantera, o a Heriberto el Virrey Solís, si era el portero en los recreos. Es más: también comenzó a pedirle al Niño Dios una bicicleta para emular a Cochise Rodríguez o al Ñato Suárez. Sólo que el Niño Dios como que estaba más llevado que el papá de uno, porque el subsiguiente 25 de diciembre uno no encontró el «Caballito de Acero» tan anhelado, sino un carrito de madera que, después supo, lo construyeron los presos en «La Modelo» y no San José en el cielo.

Dicho de otro modo: a uno, como niño, se le cambió el libreto. Upo ya no quería saber de héroes que contendían para ver cuál de los dos bandos le mataba más gente al otro, sino de héroes que en una cancha se partían el alma para ganarle al otro equipo en un juego limpio. Uno ya no quería saber de estragos, sino de emociones que lo henchían de orgullo por esta tierra tan lejana y tan olvidada del poder central.

Uno fue creciendo y los héroes deportivos de nuestra infancia le cedieron el espacio a otros héroes, y una a una se fueron sucediendo las promociones de deportistas. La mayoría murió muy pobre, y algunos pasaron sus últimos días dependiendo de la no tan común caridad cristiana. Pero prácticamente todos padecieron el peor dolor: el del olvido, porque los fuimos relegando al sombrío cuarto de san Alejo.

Así, pues, que ese es el mérito que tiene este libro de don Alfredo Díaz, quien fue una de esas glorias deportivas de otros tiempos: el de rescatar del olvido a quienes durante todo el siglo XX hicieron grande el deporte de esta tierra.

Las clases de Historia nos enseñaron que Cúcuta es la única ciudad del mundo fundada por una dama. Que el Fundador Civil de la República es un paisano nuestro. Que el arreglista del Himno Nacional es un vecino nuestro, nacido en Bochalema. Y pare de contar.

Pero El Deporte Cucuteño desde 1900 hasta el 2000 nos recuerda, y le enseñará a las futuras generaciones, que esta ciudad y este departamento son pródigos en héroes deportivos. Que hace exactamente cuarenta años el doblemente glorioso Cúcuta Deportivo fue Subcampeón del torneo profesional de fútbol, y que en su último partido, jugado en un viejo estadio de Manizales, fue el Campeón durante minutos porque le ganaba «tres a uno» al Once Caldas, mientras el Millonarios, a la postre el Campeón, empataba su partido en Bogotá. Que una preciosísima niña cucuteña, Fabiola Zuluaga Amado, ha hecho resonar el nombre de Colombia en los más grandes escenarios del tennis mundial.

Y pare de contar, también, porque el título del libro, El Deporte Cucuteño desde 1900 hasta el 2000, sugiere que don Alfredo sólo se ocupa de eso, del deporte cucuteño, y en realidad se ocupa del local, del regional y del nacional. Desde luego, a modo de un resumen, puesto que la aspiración de don Alfredo Díaz es la de que el mismo mecenas que le editó este libro le edite otro, en el cual narraría in extenso lo que fue el «Deporte Cucuteño» en el siglo XX.

Que sea el lector, entonces, quien dictamine si es valiosa o no la presente obra, toda ella llena de nostalgias porque compila nuestras gestas deportivas del pasado siglo.

Porque si

Cuando Dios hizo el edén pensó en América

como dice el estribillo de una balada cantada por Nino Bravo, entonces a Adán y a Eva debió darles por patria chica al súmmum de ese edén: Cúcuta, la única ciudad del mundo fundada por una dama, cuyas glorias deportivas del pasado siglo nos narra don Alfredo Díaz Calderón en el presente libro.

Jairo Cely Niño 
UFSC - Cúcuta 
11 de Agosto del 2004

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