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CÚCUTA PARA REÍRLA.

Por Gustavo Gómez Ardila. Ilustraciones: Martha Patricia Yanes Ramírez

CAPÍTULO IX
ESTATUA

 

"...Y SI ÉL NOS HIZO GRANDES..."

En 1890, a dos años del centenario del nacimiento del general Francisco de Paula Santander, los mandamases de la ciudad se preguntaban cómo celebrarían el acontecimiento. Imposible permitir que pasara desapercibida la fecha. Con cualquier otro, no importaba. Pero a Pachito, -que así le decían muchos con demasiada confianza- no le podían hacer esa cochinada.

Se habló de cabalgatas, de reinados, de bazares, de concursos...de todo. Una tarde, exactamente el 5 de julio de 1890, Luis Francisco Peralta, Joaquín Estrada y Hermes García Guzmán se reunieron, en torno de una mesa de cantina, para hablar del asunto.

- !Estatua! -dijo, de pronto, García-.

Estrada y Peralta se quedaron rígidos en la posición en que se encontraban, creyendo que García Guzmán había iniciado el juego de "estatua", ese en el que alguien grita la palabreja y los demás deben permanecer estáticos en la posición en que los haya sorprendido el grito.

- ¡No sean toches! -volvió a decirles García. Ya estamos muy viejos para andar con jueguitos pendejos. Lo que quiero decir es que podemos erigirle una estatua a Santander.

Para que la iniciativa no se quedara en puro tilín-tilín y nada de helados, se constituyó una junta pro estatua, de la que, además de los nombrados, formaban parte Marcos Hernández, Carlos Ferrero, Eliseo Suárez, Florentino González, Teófilo Prato, Benigno Parra, Óscar Pérez Ferrero, Miguel Ardila, Francisco de Paula Barroso y Melitón Angulo, los cuales se fueron de casa en casa proponiendo la idea.

Nadie dijo que no. Como el municipio no estaba muy bien de fondos -ya la gente se había acostumbrado a no pagar impuestos- se inició una colecta pública. Hubo teletón, radiotón y mucho peatón que colaboró en la donación de dinero, a la que se sumaron santanderistas de otras ciudades del país y del exterior, como las colonias colombianas en Maracaibo, el Táchira y Nueva York. No encontraron en la vecindad alguien especializado en hacer estatuas que no fueran de barro, de modo que comisionaron al alemán Gilberto Van Diessel, socio de la firma Van Diessel, para que en Alemania consiguiera el artista indicado. Un escultor de apellido Borner, en Hamburgo, -donde además de hamburguesas hacían estatuas fundidas en bronce- se le midió a la tarea.

Pero la necesitamos para inaugurarla el 2 de abril de 1892- le mandaron decir los cucuteños al escultor. El alemán cumplió. El día señalado, a la hora señalada, se erigió la estatua. Con bombos y platillos y discursos inició Francisco de Paula Santander su larga vida en el centro del parque que lleva su nombre.

Ahí les mando la estatua -dijo Borner-. Las palomas las ponen ustedes.

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"...OTRA MUJER TEJIÓ BANDERAS..."

Las mujeres cucuteñas de 1912 se organizaron para rendirle homenaje a Mercedes Ábrego, la heroína de la independencia que tejió banderas para el ejército libertador y casacas para los jefes y remendó calzones para los soldados patriotas. Mercedes Ábrego, o Mercedes Reyes Ábrego, tenía un taller de alta costura (situada en los altos de una calle cucuteña), donde no sólo cosía sino se hacían reuniones para ayudar a los soldados de Bolívar y de Santander.

Bartolomé Lizón, el sanguinario jefe realista y triunfador en los llanos de Carrillo, ordenó decapitarla el 21 de octubre de 1813 (algunos sostienen que fue el 13 de octubre, pero no vamos a formar camorra por una semana más o una semana menos), junto a Juan Agustín Ramírez Arellano, Andrés Colmenares, Francisco y Frutos Joaquín Santander (primos de Francisco de Paula), José Otero, Francisco Sánchez, Mariano Quintero, Emigdio Callejón, Fulano Carvajal (Sutano, Mengano y Perencejo pudieron escapar), Florentina Salas, Carmen Serrano y muchos otros.

Para conmemorar el aniversario, pues, se formaron brigadas femeninas encabezadas por Elena de Serrano, Concepción de Sandoval, Sara de Riascos, Josefa Andrade Berti, Rosa Serrano, Josefita Berti, Emma Ramírez y Josefina Ferrero. A algunos caballeros les dio pena dejar solas a las damas y se pegaron a la mantequilla: Julio Ramírez Berti, Luis Febres Cordero, Manuel Guillermo Cabrera, Francisco A. Blanco, Emiliano Martínez, y otros cuyos nombres se nos escapan, o se les escaparon a los historiadores.

La tarea era conseguir plata para levantar una estatua a la heroína cucuteña. La levantaron por suscripción popular y vendiendo pasteles y masato los domingos en el parque donde iría la estatua. Esta vez, el Congreso, la Asamblea y el Concejo hicieron sus aportes.

Ahora el turno fue para el arte italiano. - Si quieren yo hablo en Génova con el famoso escultor Bessesti para que elabore la estatua en bronce, y hasta les puedo conseguir una rebajita -les dijo Tito Abbo, comerciante italiano, radicado en la ciudad, quien más tarde fue cónsul de Italia en Cúcuta.

No se sabe si les consiguió la rebaja, pero Bessesti hizo la estatua, que fue levantada el 13 de octubre de 1913, en el parque Mercedes Ábrego. Las damas organizadoras le entregaron a la ciudad el monumento, mediante acta leída, aprobada y rubricada. Después se prendió la fiesta

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"...UN CALLO EN CADA NALGA..."

Desde 1940 se venía hablando de que la ciudad estaba en mora de levantarle una estatua al Libertador. Las autoridades destinaron, entonces, para tal fin, la plazuela ubicada frente al Palacio Nacional o Edificio Santander, mejor conocida como el parque de la Bola (por la esfera terrestre que allí subsiste, regalo de la colonia italiana), pero oficialmente llamada Plazuela del Libertador.

El presidente Eduardo Santos vino, ese año (1940), a poner la primera piedra. Pero no hubo segunda piedra, ni tercera, ni cuarta, ni monumento, ni estatua, ni nada. ¡Qué piedra! Parece que los escribanos que allí se sientan, con una mesa, un taburete y una máquina de escribir, a hacer declaraciones de renta, declaraciones extrajuicio y memoriales petitorios, consideraron que una estatua de Bolívar en ese sitio significaría su desalo jo del lugar, ya que con sus trebejos harían estorbo a los continuos desfiles que deben hacerse ante el Libertador, y amenazaron con una acción de tutela para defender su derecho al trabajo.

Alguien di jo que Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, con un nombre tan largo y tanta gloria encima, merecía para su estatua un sitio más amplio, motivo por el cual tampoco pudo construirse en la Loma de Bolívar, que ya resultaba estrecho con columna y cañón y graderías. (En la Batalla de Cúcuta no se usaron cañones, pero en Turbo tenían uno viejo que les hacía estorbo y nos lo regalaron. No habiendo donde más colocarlo, lo monumentarizaron en la Loma).

Por fortuna existía el parque Bolívar, en el barrio Colsag, que llenaba las especificaciones requeridas: amplio, sombreado, con jardines y lejos del centro para que no se llenara de vendedores ambulantes, ni de culebreros, ni de estatuas humanas.

El gobierno de la hermana República de Venezuela -que era bolivariana, pero aún no era Bolivariana-destinó unos cientos de miles de bolos para la estatua ecuestre que allí se erigiría. El trabajo se lo encargaron al escultor Martín Toledo que, en Caracas, hizo jinete y caballo.

Por fin, el 28 de febrero de 1982 Cúcuta tuvo estatua del Padre de la Patria. ¡Más vale tarde que nunca, compadre! A su inauguración asistieron los presidentes de Colombia, Julio César Turbay Ayala, y de Venezuela, Luis Herrera Campins.

La Academia de Historia, la Sociedad Bolivariana, el Consulado de Venezuela en Cúcuta, las autoridades de todo orden, los colegios y las fuerzas vivas de la 'ciudad -con las muertas ya no se cuenta- concurren a este sitio cada vez que se quiere honrar una fecha patria: Nacimiento de Bolívar, sus cumpleaños, sus visitas a la ciudad ("Por aquí pasó Bolívar"), su muerte, las batallas de Cúcuta, de Boyacá y otras, Gritos de independencia, constitución de repúblicas, etcétera. Ha sido tanto el trajín frente a dicho monumento, que el pedestal de la estatua ha comenzado a agrietarse.

Pero todo tiene su arreglo, como cuando se agrietan las relaciones entre Colombia y Venezuela. ¡Gracias a Dios! Los que miran con detenimiento a Bolívar a caballo deben recordar aquel poema de María Mercedes Carranza:

"Allí, sentado, de pie, 
a caballo, en bronce, en mármol, 
llovido por las gracias de las palomas 
y llovido también por la lluvia, 
en cada pueblo, en toda plaza, 
cabildo y alcaldía estás tú. 
Marchas militares con coroneles 
que llevan y traen flores. 
Discursos, poemas, 
y en tus retratos el porte de un general 
que más que charreteras lucías un callo en cada nalga 
de tanto cabalgar por estas tierras, 
y más que un físico a lo galán de Hollywood 
tenías el ademán mestizo de una batalla perdida. 
Centenarios de tu primer diente 
y de tu última sonrisa. 
Cofradías de damas adoradoras.
Y hasta guerras estallan 
por disputarse un gesto tuyo. 
Los niños te imitan 
con el caballo de madera y la espada de mentira. 
Te han llenado la boca de paja, Simón. 
Te han vuelto estatua. 
Medalla, estampilla
y hasta billete de banco.

(María Mercedes Carranza, De Boyacá en los campos)

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¡TAN INDIO!

Como un símbolo de la ciudad y de nuestra raza, se levanta, cerca de la Terminal de Trasportes, la estatua del indio motilón. Con taparrabo -que no le tapa el rabo- y flecha, el indio nos recuerda que hubo una vez una tribu, asentada en los valles de Cúcuta, que defendió, a muerte, lo suyo, cuando los blancos iniciaron el proceso de colonización.

Reducidos al pueblo de Cúcuta (hoy San Luis), los motilones no se resignaban a su suerte. Salían, daban sus golpes y volvían. A su furia se debe -y a las crecidas del río Pamplonita- que los colonos hubieran tomado la decisión de fundar la parroquia de San José de Guasimales.

En las selvas del Catatumbo, otros grupos de motilones se enfrentaron, varios siglos después, a unos cucuteños que buscaban petróleo. Más tarde la pelea fue contra unos tipos caraspálida, ojiazules, que hablaban gringo y que también tenían ganas de crudo. Desde los árboles llovían flechas que daban en el blanco y en el criollo.

Los motilones eran de estatura mediana, color cobrizo, y su nombre se debe a la manera de cortarse el pelo: motilarse. Los historiadores están de acuerdo en que eran una tribu fuerte, belicosa, una de las más aguerridas que se enfrentaron al conquistador.

A los motilones les debemos nuestra baja estatura, el peluqueado de nuestros muchachos (de totuma o de hongo, que llaman los estilistas), nuestro amor a la caza -aunque ya no cazamos ni conejos-, y la afición a los caldos de rampuches y de panches. Los pancheros de San Luis y los rampucheros de El Zulia son buen ejemplo de ello. Y por tener sangre motilona, el cucuteño es muy indio, según dicen. Vivían en ranchos de paja, cuyos techos llegaban hasta el suelo, lo cual les facilitaba tapar las goteras, y se agrupaban por familias. Las suegras eran las únicas que vivían alejadas. ¡Con razón!

Creían en un dios -Maruta- creador del cielo y de la tierra y que les enseñaba el arte de la guerra. Pues bien. A esa brava raza se le rindió homenaje con la estatua del indio. ¿Cuántas veces le habrá provocado coger su pollero, bajarse del pedestal y salir corriendo?, es cosa que aún no la sabemos.

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"TÚ REINARÁS..."

Más de cien gradas hay que subir para llegar al monumento a Cristo Rey. Es decir, que el caminante llega sudando, si es que suda, y si se atreve a subir a pleno sol. Si el peregrino sufre de paludismo, ningún sol y ningún número de gradas lo hacen sudar.

El monumento a Cristo Rey se levanta en el cerro que antiguamente se llamaba Cerro de la Cruz, al sur de la ciudad, donde finaliza la avenida cuarta.

La escultura es obra del artista boyacense Marco León Mariño, escultor y pintor que residió varios años en Cúcuta y quien, además, es el autor de los murales que decoran el interior de la cúpula de la catedral de San José y el que decora la pared interior sobre la puerta que da entrada a ese templo.

Fue el padre Daniel Jordán, párroco de la catedral, el gestor de esta obra, asesorado por una junta de notables católicos cucuteños, que buscaban salvar su alma con limosnas ajenas.

Como las mujeres son más buenas que los hombres para muchas cosas, en especial para pedir contribuciones, el comité quedó integrado por prestantes damas de la sociedad cucuteña, como María de García-Herreros, Julieta de Barco, Isabel de Cabrera, Delina de Gaitán Martín, Liduvina Durán, María de Pérez, Josefa de Jiménez y Rosa Centeno.

Su inauguración tuvo lugar el 7 de agosto de 1946, como una manera de dar gracias a Nos en un aniversario más de la Batalla de Boyará. En 1981, un fuerte temblor le causó serios daños a la estatua: le agrietó el pedestal, le desencajó las mandíbulas y lo dejó mocho. Al párroco y los fieles de San Rafael -sus vecinos- les tocó meterse la mano a la alcancía y al bolsillo, respectivamente, para sanar las heridas del monumento. Como párroco se desempeñaba el padre Eduardo Trujillo Gutiérrez.

A la estatua de Cristo Rey llegan varias clases de personas: Los que suben a pagar una promesa o a rezarle al Señor o a misa cuando allí la celebran. Su motivo es religioso.

Los que van en plan deportivo a subir y bajar al trote las escaleras. Llevan sudadero y ni siquiera se les ocurre dirigir una mirada al Cristo de brazos abiertos.

Los que van con la novia de paseo, con el pretexto de divisar la ciudad, que desde allá se contempla esplendorosa. En realidad lo hacen por lo barato del programa y en busca de un sitio solitario donde puedan jalarle bueno a la besuqueadera y otros menesteres, sin mucho mirón. Su motivo es romántico - turísticoeconómico. Que mi Dios los perdone!

En agosto van otros, a la pata de los mejores vientos para echar al aire sus cometas. Desde Cristo Rey, el cielo se llena de colores y figuras, y entonces, pareciera que, arriba, el Señor se congratulara con la alegría de las cometas.

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VENGA ESA MANO

Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander se miraban feo, se caían gordos el uno al otro y cada vez que podían se echaban pullas y mentalmente se decían groserías. Pero el amor a la patria y a la libertad los hermanaba. "El no habernos compuesto con Santander nos perdió a todos", di jo Bolívar, ya cerca de la muerte. Francisco de Paula, a su vez, moribundo, se declaró inocente de los delitos que muchos (bolivarianos) le achacaban, como la autoría intelectual de la noche septembrina, en que, de no haber sido por Manuelita Sáenz, a Bolívar casi lo despachan para el otro lado.

Pero uno no puede imaginarse la independencia con Bolívar sin Santander, ni la organización de la República con Santander sin Bolívar. Es más. A Bolívar y a Santander les pasó como a aquellas parejas de casados que viven peleando y reconciliándose. Reconciliándose y peleando.

Por eso, muchos académicos e historiadores, como Fernando Vega Pérez, consideran que la historia debe mantener viva la unidad bolivariano-santanderista. Y con esa obsesión, a Vega Pérez -hoy Presidente y en ese entonces Secretario de la Academia de Historia se le metió en la cabeza que Cúcuta debía tener un monumento que honrara, por igual, a los dos próceres. Donde Bolívar y Santander sean vecinos. Donde sus espíritus, de noche, cuando nadie los vea, puedan salir y charlar y comentar las últimas noticias. Un monumento que prolongue en la historia no sus peleas sino sus afinidades. Así nació el monumento a la confraternidad bolivariana, que la Academia de Historia de Norte de Santander erigió, en la Avenida los Libertadores, con el apoyo de la gobernación en cabeza de Álvaro Salgar, y de Ecopetrol, la Cámara de Comercio de Cúcuta, tejares y cerámicas y otras empresas particulares. Era presidenta de la Academia Laura Villalobos de Álvarez, de pluma fina, ojos verdes y rítmico caminar.

Allí, en El Malecón, se codean Bolívar y Santander, en estatuas que fueron donadas, respectivamente, por Tomás Wilches Bonilla y la Gobernación del Departamento . La obra se terminó en la mañana del 17 de diciembre de 1992. Por la tarde ya estaban inaugurándola.

Al frente de las estatuas se enterró una urna que contiene información de la época (1992) sobre la ciudad, sus instituciones, costumbres y proyectos. La urna, destinada a ser abierta en el año 2092, busca que las generaciones futuras se enteren de cómo era la ciudad y su desarrollo en ese año. En la actualidad, la urna reposa en las instalaciones de la Academia de Historia, ya que, parar preservarla de la humedad, de la polilla y de los ladrones, fue necesario desenterrarla a los diez años y someterla a tratamientos de conservación. Y ponerle un policía para que la vigile.

Cuando los cucuteños del 2092 abran la urna se van a reír a carcajadas de nosotros y nuestras cosas. ¡Que se rían! De ellos también se reirán los del 2192, por la sencilla razón de que a cada puerco se le llega su sábado. Estatuas de Bolívar y Santander, juntas, se levantan en otras partes, como en la Corporación Educativa Mayor del Desarrollo Universidad Simón Bolívar, cuyo rector, Tomás Wilches Bonilla, es también abanderado de la confraternidad bolivariana. Juntos, Bolívar y Santander, parecieran decirse: Dejémonos de peleas, que eso nos queda muy mal. ¡Qué irá a decir la gente! ¡Venga esa mano, amigo!

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NO SÓLO DE ESTATUAS VIVEN LOS HÉROES...

 

Hay otras estatuas en Cúcuta, como la de Virgilio Barco Vargas, presidente de Colombia 1986 - 1990, ubicada a la entrada de la ciudad, en la glorieta de Pinar del Río, y una más de Francisco de Paula Santander, en el patio de la Gobernación del departamento. Pero Cúcuta también está llena de bustos. Algunos, muy hermosos, muy bien hechos y majestuosamente levantados. Otros son medias estatuas que les hacen a los próceres. Cuando los dineros escasean, toca sólo recordarlos de la cintura hacia arriba.

Por ejemplo, Juana Rangel de Cuéllar, hasta hace muy pocos años apenas contaba, en el parque que lleva su nombre, con un busto, donación del italiano Gaetano Severini, quien vivió en esta ciudad dedicado al comercio durante varios años, y quien le encargó la elaboración a Pietro Canónica, célebre artista italiano. Para que no se crea que Pietro Canónica es cualquier aparecido, es bueno saber que el Vaticano está lleno de estatuas de pontífices, que llevan su sello. Obra de Pietro es la estatua de Bolívar que se halla en el Templo Histórico de Villa del Rosario, contratada con él por el padre Daniel Jordán. Y en Roma existe una famosa estatua ecuestre de Bolívar, obra de Canónica, cuyas réplicas se han regado por el orbe y la urbe. Una de ellas es la que existe en el parque de Bolívar, en Cúcuta.

Antes de 1950 el busto de la fundadora estaba en la glorieta de San Mateo, al comienzo de la autopista internacional que va hacia San Antonio del Táchira. De allí la trasladaron al parque del barrio La Merced, por razones de seguridad. En efecto, alguien le había destrozado la nariz, de una pedrada. Y la Fundadora no podía continuar expuesta a la maldad pública, en un sitio donde no sólo la habían dejado chata sino que podían volverla tuerta o desmandibulada o con la cabeza llena de cicatrices.

Ahora cambiaron el busto por una estatua imponente de la doña. Y a su alrededor le sembraron jardines. Y le pusieron banderas. !Buena esa!

"Si doña Juana Rangel 
hasta Cúcuta volviera 
con el ánimo de ver 
la ciudad por dentro y fuera, 
qué chasco se llevaría 
y qué gran desilusión! 
porque lo que ella quería 
con todo su corazón
por la que dio media estancia 
medida con patacón 
es hoy una ciudad rancia 
socia, triste, abandonada, 
sin Dios, sin ley, ni ilusiones 
por los extraños violada 
y por los propios tirada, 
llena de hueco a montones 
y tan de ñapa mermada 
por del bolívar bajones. 
Mejor dicho, doña Juana, 
quédese allá en ultratumba. 
Yo no le cuento más daños, 
¡pueda ser que otros cumpleaños 
los celebremos con rumba! 
(CUCHUFLÍ, 1994)

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Al Libertador también le han erigido bustos. En las instalaciones del Palacio Municipal se encuentra uno, obra del escultor italiano Monfrini, erigido cuando era alcalde Rafael Canal Sorzano.

El municipio posee otro busto de Bolívar, obsequiado por el escultor cucuteño Olinto Marcucci. Y hay otros: en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, frente a la Quinta Teresa, homenaje de los estudiantes de ese colegio, en el centenario de la muerte del Libertador. En el Consulado de la República Bolivariana de Venezuela en Cúcuta, y otros. En cuestión de bustos, Bolívar no puede quejarse: le sobraron en vida, y le sobran después de muerto.

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En julio de 1922 la ciudad le rindió homenaje a la heroína colombiana Antonia Santos, quien fue ejecutada en julio de 1819, días antes de la Batalla de Boyacá. Su busto se levanta en el parque que lleva su nombre, frente a la antigua cárcel Modelo de Cúcuta (Avenida 7, entre calles 5 y 6), que hoy es modelo de abandono y desidia oficial. El autor del busto fue el escultor cucuteño Alberto Jurgense.

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Hay esposas que no olvidan a sus esposos, ni siquiera después de muertos. Otras, aún no se han muerto ellos, cuando ya los han olvidado. Al primer grupo perteneció doña Amelia Meoz de Soto, viuda de don Rudesindo Soto, gran benefactor de la ciudad. Doña Amelia debió decirse: "Si mi busto fue de Rudesindo, yo quiero perpetuar su memoria con el suyo". En el jardín del Asilo de Ancianos, por él fundado, está el busto de don Rudesindo Soto, obsequio de su filántropa esposa. Y en el parque empedrado de Telecom, otro busto de Rudesindo es testigo de las colas que allí forman los usuarios. Algunos para pagar y otros para protestar.

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El médico cucuteño Erasmo Meoz tiene busto, obra de Olinto Marcucci, a la entrada del hospital actual, a donde llegó procedente del parque de La Victoria, que muchos no conocen, pero que es el mismo parque Colón. El doctor Meoz es considerado uno de los grandes y más serviciales médicos que ha dado la ciudad. San Juan de Dios y Erasmo Meoz han sido, pues, los encargados de velar por la salud del pueblo cucuteño. Ambos han sido testigos de los ayes de los enfermos, y de los gritos de los empleados cuando no les pagan a tiempo.

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El ingeniero Francisco de Paula Andrade, venezolano, pero radicado en Cúcuta, fue quien hizo el trazado de la nueva ciudad después del terremoto de 1875. Pasado el susto, ayudó a enterrar muertos y a botar escombros. El Concejo le encargó la elaboración de los nuevos planos, que, muy puntual, entregó al ano siguiente. En señal de gratitud porque las calles le quedaron anchas y rectas, como trazadas con el dedo, la ciudad le erigió un busto en la Avenida Los Libertadores, en 1979.

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El aeropuerto de Cúcuta lleva el nombre de Camilo Daza y allí su busto recuerda a los viajeros que a él no le temblaban los pantalones para montarse a su aeroplano y viajar a donde fuera. Se le considera el precursor de la aviación colombiana. Fue el primero en volar sobre los valles de Cúcuta y el primero en organizar una empresa aérea colombiana: La Compartía Nortesantandereana de Aviación, que tenía un solo avión, el Santander.

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El crecimiento de Cúcuta como ciudad se le debe en gran parte al médico Augusto Martínez quien, además de ejercer su profesión con altruismo, fue un hombre cívico de excelentes calidades humanas. Siendo concejal, impulsó la anexión del corregimiento de San Luis a Cúcuta como barrio, la prolongación de la calle 11 hacia el oriente y la construcción del puente sobre el Pamplonita, el traslado del cementerio central al sitio que hoy ocupa, la construcción de la Avenida Libertadores y otras avenidas, así como de otros parques para embellecer la ciudad. En la avenida Libertadores, su busto, medio abandonado, trata de hacer justicia a su nombre.

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El departamento Norte de Santander fue creado en 1910, siendo presidente de Colombia el nortesantandereano Ramón González Valencia, general de finca, casona y familiares ilustres en Chinácota. Como Cúcuta ya no podía llamarse Ragonvalia en su honor, debido a que otro municipio se le había adelantado, el ex presidente tuvo que conformarse con un busto en el patio externo de la Gobernación, inaugurado en 1960, año en que se celebró el cincuentenario de la creación del Departamento.

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En la ciudad también hay columnas, que ayudan a sostener la historia de Cúcuta. Como éstas:

Columna de Bolívar. No era fácil levantarle una estatua a Bolívar en la Loma donde se libró la Batalla de Cúcuta. Eran muy estrechos el sitio y el presupuesto. Los concejales cucuteños Carlos Jácome y Roberto Berti, sabedores de que "algo es algo, peor es nada", propusieron, en 1883, erigir en aquel sitio una columna de piedra, pobre pero decente, para conmemorar el 24 de julio de ese año, el nacimiento del Libertador.

Se cuenta que Bolívar, el día de la batalla contra las fuerzas que comandaba su cuñado de leche, Ramón Correa, se paró sobre una piedra a dirigir y a arengar a sus soldados. Desde allí también Eugenio Sosa repartía agua a los sedientos soldados patriotas. El agua que les llevaba en su burra, cuyo nombre no pasó a la historia.

Nada mejor, pues, que utilizar dicha piedra como base para la columna, hecha de concreto, en forma de espiral y de seis metros de altura. Fue su constructor Pedro Tobías Vega. A la columna se le denominó Columna del Centenario, aunque, en realidad, aún no habían trascurrido los cien años de la batalla, lo que significa que los concejales de entonces miraban hacia el futuro. En cambio, el 28 de febrero de 1913, con motivo del centenario, la columna dejó de llamarse Columna del Centenario, para ser Columna de Bolívar.

Varias remodelaciones se le han hecho al monumento. Como no fue posible que la estatua ecuestre de Bolívar se erigiera en La Loma, al Libertador y a los vecinos les tocó conformarse con columna. Pero el monumento de hoy, al que le han metido el hombro administraciones municipales y la Junta de Acción Comunal del barrio, es hermoso. Y cuando los 28 de febrero, la altura se llena de banderas y de colegialas y de discursos, Cúcuta siente los nuevos aires de patriotismo le llegan desde la loma.

Columna de Padilla. Otro héroe al que le ha tocado sobrevivir en la historia de Cúcuta con una columna es el almirante colombiano José Fulgencio Padilla.

Sin embargo, Padilla debe estar agradecido, pues no era cucuteño sino guajiro. Lo que pasa es que fue él quien dirigió la Marina colombiana en la batalla del Lago de Maracaibo, en 1823, en la que los españoles fueron derrotados, lo que significó que el camino, es decir el río, quedaba despejado desde Cúcuta hasta el mar. Por eso se le rindió homenaje en 1923, en el aniversario de dicha batalla. Una columna, levantada en la parte alta del barrio El Contento, recuerda la acción de los patriotas en aquel la batalla naval.

El sitio se llamaba antes la Piedra del Galembo porque a las piedras del lugar llegaban los chulos, todas las mañanas, a recibir el sol y a contemplar el valle de Cúcuta que, desde allí, presenta un majestuoso espectáculo. De buen gusto los chulos.

Cuando el sitio de Cúcuta, éste fue un punto estratégico que utilizaron los godos para disparar cañones contra la torre de la catedral, -no para darle a san José, sino a los liberales- donde éstos se habían atrincherado, acompañados de palomas y campanas.

Columna de los mártires. En el parque Mercedes Ábrego, frente a la iglesia de San Antonio, se levanta otra columna, que casi nadie observa. Según algunos, es un homenajea Juan Ramírez de Arellano y sus hijos y demás cucuteños sacrificados por Bartolomé Lizón después del desastre de Carrillo, en 1813. Como fueron muchos los muertos en aquella época, esta columna puede servir para homenajearlos, mientras alguien propone construir la estatua del cucuteño desconocido, muerto en la independencia. Pero según la placa que la identifica, se trata de un homenaje al Libertador en el primer centenario de su muerte.

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Fuera de los monumentos que pasan todos los días por las calles de Cúcuta, (hermosas mujeres a quienes también hay que rendirles homenaje), y fuera de los monumentos que las gentes tradicionalmente acostumbran visitar en las iglesias el Jueves Santo todos los arios, Cúcuta tiene muchos otros monumentos, algunos declarados nacionales. Hagamos un breve recorrido:

Al ferrocarril: A pocas cuadras de donde funcionaba la Estación Cúcuta del ferrocarril (Hoy Central de Trasportes), se varó una de aquellas locomotoras. Como no pudieron desvararla, -ni siquiera los agentes de tránsito pudieron subirla a una de sus grúas para llevarla a que se pudriera en los patios de la institución- las autoridades resolvieron dejarla ahí, para que las generaciones posteriores tuvieran el recuerdo de una de las más grandes obras de progreso que ha tenido Cúcuta. El ferrocarril tuvo vida útil desde 1887 hasta 1960. La primera locomotora llegó a la Estación de Cúcuta el 6 de febrero de 1888.

El palacio de la Cúpula Chata: Como nadie sabe para quién trabaja, el gobernador Rafael Valencia inició la construcción del palacio de gobierno de Norte de Santander (Avenida 5, calle 14) en 1914, pero fue el gobernador Luis Febres Cordero quien la inauguró, con corte de cinta y brindis de champaña, en 1918. El nombre de "Cúpula Chata", con el que se le conoce, no es un homenaje a las mujeres de escasa nariz, como puede creerse, dada la abundancia de narices femeninas hermosamente chatas en nuestro medio. Lo que pasa es que al constructor a quien le encargaron la elaboración de la estructura de la cúpula se le acabaron los materiales y resolvió, por su cuenta, modificar los planos que el ingeniero de la obra, Marco Aurelio Gómez Duque, le había remitido.

Una noche de 1989 el edificio fue consumido por las llamas, pero reconstruido y mejorado en los meses siguientes. Es monumento nacional. (¡Y no nos la damos!)

La torre del reloj: Allí funcionaron las oficinas de la Compañía Eléctrica del Norte (después Centrales Eléctricas). Tiene un reloj, según dicen, único en el país, que no sólo da las horas como todos los relojes, sino que las da con música del Himno Nacional, cuando no está dañado. En ocasiones el reloj se enloquece y da las doce a las cuatro y las tres a las diez. Esa es una de sus atracciones. La otra es que, a veces, se confunde de himno -como sucede en muchos actos oficiales- y en lugar de tocar el "¡Oh, gloria inmarcesible!", sale con el "¡Gloria al bravo pueblo!" De todas maneras la gloria no le falta desde cuando fue declarado monumento nacional.

La Quinta Teresa: Uno de los problemas de ser monumento nacional es que nadie le puede meter mano, sino solamente la nación. La Quinta Teresa -que forma parte del Colegio Sagrado Corazón de Jesús-varias veces ha estado a punto de derrumbarse, ante la impotencia y la tristeza de los Hermanos Cristianos, regentes del colegio, y la impasividad de las autoridades.

¿Quién fue esa Teresa, cuyo nombre le fue dado a la hermosa casona? ¿Teresa de Jesús, la santa? ¿"Teresa, en cuya frente el cielo empieza", al decir del poeta? ¿O Teresa, la traviesa? Ninguna de ellas. Se trata de Teresa Briceño Ramírez, esposa del comerciante alemán Cristian Andresen Moller, residenciado en Cúcuta desde 1871. (Una aclaración necesaria: Andresen no es apellido sino el segundo nombre de Cristian. Como decir Cristian Andrés).

Don Andresen Moller no sólo le dedicó a su esposa -hay maridos lambones y querendones- la construcción de la quinta, cuyo nombre figura en el frente, sino que se la escrituró. Muerto Andresen, doña Teresa le vendió la quinta, a muy bajo precio, al departamento, con destino al colegio Sagrado Corazón. Más tarde, Teresa viuda de Moller fundó el Asilo de niños y le puso el nombre de su marido: Asilo Andresen. ¡Agradecida, la señora!

Antiguo hospital San Juan de Dios: Data desde 1788, obra del español Antonio Fernández de Novoa, quien lo llamó Hospital Real. En 1802 pasó a manos de la Comunidad de San Juan de Dios y tuvo cambio de nombre. Su prueba de fuego y de tierra la pasó cuando, en el terremoto de Cúcuta, debió atender numerosos heridos, en medio de escombros. Algunos enfermos, del susto se alentaron. Otros pasaron a mejor vida. La prueba de peste la vivió en 1883, año en que se presentó en la ciudad una epidemia de fiebre amarilla. Fue tan grave la enfermedad, que algunas monjas del hospital murieron. Los enfermos no pudieron atenderlas.

Al crearse el Hospital Erasmo Meoz, murió el San Juan de Dios. Su edificación, hermosamente remodelada, sirvió para albergar la Biblioteca Julio Pérez Ferrero. Es monumento nacional.

Al padre García Herreros: El sacerdote eudista Rafael García-Herreros, cucuteño, fue el creador de dos grandes obras, a nivel nacional: El Minuto de Dios, institución que, a base de caldo y pan (Banquete del millón), servido por reinas de belleza, construyó miles 5 de casas en el país, para la gente pobre. Su otra creación fue aquella famosa frase de "el día que ya pasó y la noche que llega", ofreciéndoselos a Dios. Los borrachos tienen otra frase copiada del eudista: "Señor, en tus manos encomiendo esta borrachera que pasó y el guayabo que llega".

En memoria del padre García-Herreros, que tanto nombre le dio a Cúcuta, el artista cucuteño Gerardo 180 Ramón García Herreros levantó un monumento modernista, en bronce y hojalata, ubicado en la glorieta del Club Tennis.

A Arnulfo Briceño: Había que perpetuar la memoria del compositor cucuteño Arnulfo Briceño, autor de canciones a Cúcuta, a la mujer y al llano. be ello se encargó Ramón García Herreros con el monumento de escultura metálica, situado en la glorieta donde se cruzan las avenidas Gran Colombia y Libertadores. Tocar guitarra también tiene sus ventajas. Sobre todo si el que la toca sabe componer canciones hermosas.

El incunable: No es propiamente un monumento, pero debe conservarse como si lo fuera. Se da el nombre de Incunables a los primeros libros que fueron publicados cuando se inventó la imprenta. No nos han dicho de dónde sacó el presidente Marco Fidel Suárez el Incunable llamado "Crónicas de Nuremberg", pero, agradecido con el Concejo de Cúcuta porque le había manifestado solidaridad cuando sus enemigos le hacían la vida imposible, lo envió de regalo a esta ciudad.

El libro está escrito en latín, tiene 326 hojas, empastado en madera con forro de cuero prensado y guarniciones de metal. Tiene, al final, la siguiente nota:

"Está presente, ahora, estudioso lector, el final del libro Crónicas, compilado a manera de epítome y breviario. Obra indudablemente preclara para ser apreciada por una persona doctísima. Contiene en efecto aquellos acontecimientos que son más dignos de ser registrados desde el comienzo del mundo hasta esta calamidad de nuestro tiempo. Corregido por hombres muy sabios para que pudiera salir a la luz cuidadosamente elaborado. Por el patrocinio y exigencias de los generosos ciudadanos Sebaldi Screjer y Sebaftian Kameemarfter, imprimió este libro el señor Anthonius Koberger, asesorándose de hombres matemáticos y peritísimos en el arte de grabar: Michalle Wolgemut y Wilbelmo Pleydenwurft, por cuya delicada y muy exquisita consagración se han insertado las figuras de ciudades y de varones ilustres. Se terminó el 12 del mes de julio del año del Señor de 1493".

Como se ve, el librito tiene más de 500 años de haberse editado. Celosamente se guarda en las bóvedas del Banco de la República. Es un tesoro, dicen, por su contenido y por lo que vale. De vez en cuando a algún alcalde le entran ganas de venderlo, por aquello denla quiebra. Del municipio. Pero ningún comprador se anima.

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