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CÚCUTA PARA REÍRLA.

Por Gustavo Gómez Ardila. Ilustraciones: Martha Patricia Yanes Ramírez

CAPÍTULO VIII
EN EL PARQUE NOS VEMOS

 

EL PARQUE DE LAS PALOMAS

Por favor, ¿dónde queda el parque? -pregunta el viajero que desconoce la ciudad.

¿Cuál de tantos? -contesta el cucuteño.

Uno que dicen que está lleno de palomas -dice el desconocido.

Se llama parque Santander -regaña el otro, y decidido a mamarle gallo, le señala en dirección contraria mientras le dice: -Suba tres cuadras, cruce una y baje dos.

Lo que no saben el uno ni el otro es que el parque Santander existe desde antes del terremoto. Era un potrero grande, sin árboles, donde pastaban mulas, cabras y gallinas, y donde, los fines de semana algunos campesinos vendían sus productos. Cuando el terremoto, la plaza sirvió para atender heridos y para que los vecinos sacaran allí algunas de sus pertenencias: el pollero de la ropa, el baúl con las morrocotas que aún no habían enterrado y la estera de paja enea.

Los reconstructores de la ciudad dejaron el mismo espacio como plaza, y en 1886 el alcalde, Carlos García Vera, pidió autorización al Concejo para sembrar árboles y embellecer la plaza. El alcalde buscaba, además de darle sombra y fresco al centro de la urbe, un pretexto para desalojar a los vendedores ambulantes que se habían tomado aquel espacio público.

Los vendedores hicieron manifestaciones, echaron discursos y gritaron consignas contra el Alcalde y el Concejo que no los dejaban trabajar: "El pueblo unido jamás será vencido". "Tigre, león y elefante, vendedores siempre adelante". "Ahí están esos son los que venden la nación". Los vendedores decían que todo era obra del imperialismo norteamericano, y el gobierno aseguraba que había extremistas, entrenados en Cuba, infiltrados en el movimiento.

El asunto pasó a mayores -a Mayores de la Policía-cuando una madrugada de diciembre de ese año, 1886, los revoltosos arrancaron los arbolitos que se habían sembrado. Al otro día se inició una exhaustiva investigación que, a pesar de lo exhaustiva, dio resultados: Los culpables fueron a dar a la cárcel, debieron pagar los daños causados y una multa de cinco pesos para quedar en libertad. Pero lograron que la administración construyera un mercado donde ubicar sus ventas. El mercado se llenó de negocios, y la plaza también.

En 1892, con motivo del centenario del nacimiento de Francisco Joseph de Paula Santander, hubo otro desalojo de vendedores y se procedió a embellecer el lugar con ladrillo y rejas y más árboles. Y en el centro se levantó la estatua de Santander, inaugurada con pompa y solemnidad el 7 de agosto de 1893.

Desde entonces el parque ha tenido cantidad de remodelaciones, según el gusto y entender de cada alcalde. Le hacen glorietas y le quitan glorietas. Le ponen rejas y le quitan rejas. Le hacen bancas y le quitan bancas. Le construyen fuentes y le quitan fuentes. Le cuelgan micos -igual que a los acuerdos y leyes- e iguanas, y nadie sabe qué se hacen las iguanas y los micos.

En una de aquellas refacciones el parque de Santander perdió las rejas, traídas de Alemania, que le daban un imponente aspecto. En otra, perdió la glorieta donde la Banda de músicos tocaba retretas los domingos por la noche. Novios, tomados de la mano; parejas de esposos, haciéndose los socos, mirando en otras direcciones; empleadas domésticas, en busca de romances; amigos de la música; intelectuales con un libro bajo el brazo; gentes aburridas, en trance de desaburrirse; poetas, hablando con la luna, todos dando vueltas alrededor del parque, mientras bambucos, valses, pasodobles y pasillos se regaban por el aire. Se acabó la glorieta. Se acabó la Banda. Se acabaron los bambucos. Pero el parque continúa. Así es la vida.

Existen otros componentes sin los cuales el parque no sería parque: Los jubilados, los fotógrafos, las gitanas, los lustrabotas y las palomas. Ellos le dan vida, alegría, juventud y dinamismo a un parque que nos acompaña desde el siglo antepasado.

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¿COLÓN? NO. VICTORIA

El parque Colón no era parque. Era un lote cubierto de malezas y algunos cujíes. Situado frente al Hospital de Caridad servía para que los familiares de los enfermos esperaran allí las horas de visita. Le decían, antes del terremoto, Plazuela de la Caridad.

Cuando al hospital le dieron el nombre de San Juan de Dios, la plazuela pasó a llamarse San Juan de Dios. Y seguía sirviendo de refugio contra el sol a los que esperaban la hora de entrada al hospital.

Después del terremoto la administración municipal le dio el nombre de Plazuela La Pola, como homenaje a Policarpa Salavarrieta, la mártir de la independencia. No duró mucho con ese nombre. En 1882 se le cambió por el de Cristóbal Colón "debido a que se acerca el 12 de octubre, cuarto centenario del descubrimiento de América y en esta ciudad no se le ha dedicado ninguna obra pública al ilustre varón que después de ofrendar sus desvelos a la magna obra del descubrimiento de América, sacó avante su colosal inspiración a costa de grandes sacrificios". ¿Qué tal la carreta del Concejo de entonces?

En 1899, el comandante del Batallón Bomboná, acantonado en Cúcuta, pidió permiso al Concejo para sembrar árboles en el parque. Los soldados lo hicieron tan bien y les dieron tan buen mantenimiento que, en poco tiempo, allí había un frondoso bosque. "Bosque Colón" se llamaba. Hubo, pues, más sombra para los que visitaban a los enfermos del hospital del frente.

El parque Colón se inauguró en 1910, siendo alcalde de Cúcuta Pedro L. Jordán.

Sin embargo, otra vez cambió de nombre. En 1919 la Gobernación decidió llamarlo "Parque La Victoria" para conmemorar el primer centenario de la Batalla de Boyacá. Era gobernador Fructuoso Calderón; alcalde, Pedro Ramón Dávila; presidente de la Asamblea departamental, Rafael Colmenares, y secretario, F. Morales Berti. Como personero de Cúcuta se desempeñaba Virgilio Barco Martínez, abuelo del ex presidente Virgilio Barco Vargas.

La Asamblea ordenó levantar allí un monumento a la Victoria de Boyacá, simbolizada por una columna, obra del maestro Crisanto Ramírez, y la estatua de La Victoria, realizada por el escultor cucuteño Olinto Marcucci.

La gente no le paró muchas bolas al cambio de nombre y aún hoy se le sigue llamando Parque Colón. Cuando el hospital San Juan de Dios desapareció y en su lugar se creó el Erasmo Meoz, enfermos y visitantes y vendedores de manzanas tuvieron que 5irse con su música a la Avenida Guaimaral.

El parque Colón sigue siendo punto de referencia, de manifestaciones y de ferias. Y de citas amorosas: "Nos vemos en el parque Victoria". - No sé dónde queda ese parque, mi amor. Mejor nos vemos en el parque Colón.

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EL DE LA HEROÍNA

La historia del parque Mercedes Ábrego, donde se levanta la estatua de la heroína, no es diferente de la historia de los otros parques.

Desde antes del terremoto existía allí un lote lleno de malezas y de árboles donde los campesinos amarraban sus bestias en las que, los domingos, traían a vender productos agrícolas. Las amarraban para que no echaran a andar por las calles aledañas, pero no por miedo de los ladrones, que no existían o si existían no robaban bestias, y si robaban bestias no les robaban a los campesinos, y si se las robaban no lo hacían delante de la gente.

Los campesinos, pues, se iban a negociar la yuca y el plátano y el cacao, y después cumplían con el precepto de la misa, seguros de que al regresar allí encontrarían sus bestias.

La iglesia de San Antonio, por aquella época, no estaba situada donde hoy existe, sino en la calle 11 entre avenidas 7 y 8. Era apenas una capilla, donde se veneraba la imagen de San Antonio.

Cuando el terremoto, la imagen de San Antonio se perdió, pero meses después alguien resultó con el cuento de que la imagen estaba en una capilla del barrio El Salado. Hechas las averiguaciones, se formó el problema entre los habitantes de El Llano, que reclamaban como suya la imagen, y los de El Salado, que aseguraban tener el santo desde mucho tiempo atrás. Como una cosa se parece a otra cosa, también un santo puede parecerse a otro. El asunto amenazaba con convertirse en un problema de orden público, por lo que hubo de intervenir el prefecto de la ciudad, que ordenó trasladar la imagen a su oficina.

En el nuevo trazado de la ciudad, se dejó, frente al lote de las mulas, un espacio para una iglesia, donde se levantó la de San Antonio, en 1891. Los vecinos aprovecharon y se hicieron, de nuevo, a la imagen de San Antonio, que entronizaron en la iglesia. La plaza, entonces, empezó a llamarse plaza de San Antonio.

Desde esta plaza, en 1911, Roberto Marín, el primer aeronauta de que se tenga noticia en Colombia, echaba a volar su globo de tela en el que hacía acrobacias en un trapecio que colgaba del globo. El aeronauta aprovechaba los domingos, a la salida de misa, para ofrecer el espectáculo, a cambio de algunas monedas.

En 1913, el comité pro estatua de Mercedes Ábrego logró que se destinara la plaza para instalar allí la estatua de la heroína cucuteña, con cuyo nombre se comenzó a denominar este parque. La iglesia quedó con parque, el parque quedó con iglesia, Mercedes quedó 5 con parque y con iglesia, y la ciudad quedó con iglesia, parque y estatua de heroína.

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EL PARQUE DE LA BOLA

Su verdadero nombre es Plazuela del Libertador. Situada entre calles 8 y 9, y entre avenidas 3 y 4, según la nomenclatura que se utilizó en la nueva ciudad, después del terremoto, esta plazuela, que algunos llaman El parque de la Bola, está dedicada a Simón Bolívar, aunque casi nadie lo sabe.

En la Cúcuta antigua había allí un peladero donde jugaban fútbol, se hacían corridas de toros en los días de las fiestas julianas y se realizaban peleas de gallos. Con motivo de las festividades patrias que se celebraban, auspiciadas por el Concejo de la ciudad, en el mes de julio, para conmemorar el Grito de Independencia, las principales actividades se desarrollaban, alternamente, en los parques Santander, Mercedes Ábrego, Carora y la Plazuela del Libertador.

Para las corridas de toros encerraban con tabla toda la plazuela y montaban las tribunas. La gente se fue aficionando a la fiesta brava. Cuando los toros no daban la talla, la concurrencia salía brava. Y salía brava si los toreros no se dejaban agarrar de los toros. i La fiesta brava!

Se cuenta que en cierta ocasión, en temporada de fiestas, Camilo Daza, en su avión, descendió demasiado sobre el parque, donde se desarrollaba una corrida de toros. El público y el torero se embelesaron en el biplano de Camilo y el toro aprovechó para llevarse en los cachos al torero. Se prohibió, entonces, llevar a cabo corridas en los momentos en que el piloto efectuara sus vuelos. Y a los toros se les prohibió cornear cuando su contrincante, el torero, estuviera descuidado.

En cuestión de gallos la afición era menor. Sólo asistían los que tenían el vicio de apostar, o el vicio de tomar cerveza estimulados por la calentura de los gallos, o el vicio de ver gallos vencidos o gallos victoriosos. En alguna esquina del parque armaban la caseta con el pequeño ruedo para las riñas de los animales.

Cuando el cubano Federico Williams y el venezolano David Maduro trajeron la fiebre del fútbol, el parque se destinó casi que de tiempo completo para este deporte. Allí se enseñó, allí se practicó y allí se disputaron los primeros partidos de balompié.

Fue en este parque cucuteño, que no era parque, donde por primera vez, en Colombia, se jugó el fútbol. Fue en este parque, que aún no lo era, donde nació el Cúcuta Deportivo. Y fue en este parque, sin serio, donde se formó, entrenó y de donde salió el primer equipo de fútbol de Cúcuta, que participó en los Juegos Olímpicos Nacionales, de Cali, en 1928. De modo que más que parque era una cancha.

En 1940 el municipio donó a la nación un pedazo de parque para que construyera dentro de él el edificio Santander, que la gente conoce como Palacio Nacional. El Libertador se quedó sin plazuela. Los jugadores se quedaron sin cancha. Cúcuta vio 148 jugadores se quedaron sin cancha. Cúcuta vio mermado uno de sus espacios públicos. Y el parque empezó a llamarse Parque Nacional.

La colonia italiana donó ese mismo año un globo terráqueo, que aún permanece en aquel lugar, motivo por el cual al sitio se le conoce como Parque de la Bola. A veces tristes, a veces jubilosos, allí se refugia un grupo de escribanos y tinterillos que se ganan la yuca de cada día haciendo declaraciones de renta, memoriales de solicitud, derechos de petición y borradores de tutelas.

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