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CÚCUTA PARA REÍRLA.

Por Gustavo Gómez Ardila. Ilustraciones: Martha Patricia Yanes Ramírez

CAPÍTULO VII
RECORDAR ES VIVIR

 

ALÓ, ALÓ

A los cucuteños de antes definitivamente les hacía mucha falta el teléfono. Si lo hubieran tenido, los colonos del valle de Guasimal no hubieran tenido que ir hasta Tonchalá (El Carmen de Tonchalá) a visitar a dolía Joana Rangel de Cuéllar, para pedirle que, por caridad, les donara unas hectáreas de tierra -aunque fuera una media estancia de ganado mayor-, para fundar un caserío que los alejara de los motilones (dueños y señores del Pueblo de Cúcuta -San Luis-) y les evitara tener que medírsele al río Pamplona todos los domingos y fiestas de guardar. Les temían, como ya hemos dicho, a las crecidas del río y a la bravura de los Motilones (los indios Cúcutas).

Hubiera bastado con una llamada telefónica y una cita:

- Aló

-¿Está doña Joana?

¿De parte de quién?

- De los vecinos del valle de Guasimal.

- Aguarde a ver ...

Y doña Joana, como toda una matrona culta y bien educada, hubiera pasado al teléfono y hubiera cuadrado una cita con los peticionarios:

Está bien, mijo, nos vemos mañana en el parque Santander... Sí, sí, el de las palomas...Hacia la catedral...Cómo no...No hay de qué...Ay, mi amor, tan formal... Chao.

Las cosas se hubieran facilitado en extremo. Pero no había teléfono. A Alexander Graham Bell no se le había ocurrido inventarlo.

Si hubiera habido teléfono, la cruel noticia del terremoto de Cúcuta se habría sabido más rápido en el interior del país, sobre todo en El Socorro, capital del Estado Soberano de Santander.

No hubo otra sino mandar un razonero, a caballo, que volara hasta Bucaramanga, desde donde le pusieron un telegrama, cuatro o cinco días después de la catástrofe, al Presidente del Estado, Aquileo Parra: Terremoto borró Cúcuta mapa punto Urge ayuda bomberos coma defensa civil coma comité desastres punto Damnificados reclaman presencia suya punto.

Por eso, por la falta que hacía, los cucuteños de la generación del terremoto se dieron a la tarea de conseguir el teléfono, como fuera. Con la ayuda del venezolano José María Polanco trajeron a Cúcuta un aparato telefónico, catorce años después del invento de Graham Bell.

La instalación de los primeros aparatos y su puesta en funcionamiento parecía algo increíble para los habitantes de la ciudad. No era posible que con sólo hablar a través de una bocina, la voz se fuera por un cable largo y al otro lado escucharan exactico lo que se estaba diciendo. "Es el fin del mundo", exclamaban algunas viejitas, asustadas ante tanta tecnología.

El aparato, negro y grande, había que ajustarlo con puntillones a la pared. Tenía una manivela que, al accionarla, hacia repicar el otro teléfono hacia donde iba la llamada. Se hablaba por una bocina, a gritos. Un audífono grande se descolgaba para escuchar, a su vez, los gritos del que hablaba al otro lado.

Desde entonces la gente aprendió a hablar por teléfono:

Aló -

¿Quién habla?

¿A quién necesita?

¿Pero quién habla?

¿A quién necesita?

-¿Qué número es ese?

-¿A qué número llama?

-¿Familia qué?

¿A qué familia busca?

Tan cordiales diálogos telefónicos se los debemos a José María Polanco y a otros intrépidos cucuteños que se adelantaron al progreso del país: Cúcuta fue la primera ciudad de Colombia en tener servicio telefónico. Era el año de 1890, quince después del terremoto.

Después vendrían la Compañía Telefónica de Norte de Santander y más tarde Telecom y ahora los celulares. Se ha popularizado tanto el celular que ya uno no sabe si es a uno a quien le repica, o es a la vecina a la que le suena.

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HÁGASE LA LUZ

Y la luz eléctrica se hizo, para Cúcuta, en 1897. Hasta ese año la gente se alumbraba con lámparas de kerosén, elaboradas manualmente con un frasco y una mecha de trapo. Donde no tenían kerosén acudían al aceite de tártago. En el parque y en algunas esquinas había farolas para el alumbrado público, que un empleado prendía a las 6:00 de la tarde y apagaba a las 6:00 de la mañana.

Las señoras servían la comida a las 5:00 de la tarde, con el fin de terminar sus arreglos de cocina con la luz del día. Luego la familia se reunía en la calle, a recibir la brisa que venía del río y a comentar sobre los últimos chismes que circulaban en la ciudad.

Los novios tenían que hacer sus visitas formales durante la tarde. De noche les era absolutamente prohibido acercarse a la casa de su prometida: La oscuridad impedía el control del suegro o de la suegra. - Sí señor, puede visitarla -le decía el suegro al novio, el día que le concedía la entrada para visitar a la muchacha.- Pero la visita debe ser de día y no más de media hora. Ojalá no venga sino una o dos veces por semana. ¿Está claro?

Tan claro como el medio día, cuando el abrasador sol cucuteño está en todo su apogeo. Pero se necesitaba la claridad de la luz eléctrica.

Augusto Duplat Agostini fue el prohombre que sacó de la oscuridad a los cucuteños. Movida por el agua del río Pamplonita, montó la planta hidroeléctrica de Los Colorados, con una capacidad de 240 kilovatios.

Otra vez las viejitas pusieron el grito en el cielo:

- ¡Santo Dios!, a dónde iremos a parar. Se están cumpliendo las profecías del fin del mundo: "La tierra se verá envuelta en alambres y cables".

Era lo que veían: alambres y cuerdas por donde, a velocidad espantosa, pasaba la luz amarilla que llenaba los bombillos de la calle y de las casas. "Calabacitos alumbradores", como dice una canción.

Las señoras tuvieron luz en las cocinas para terminar los quehaceres del día, y los novios, tímidamente, comenzaron a hacer, de noche, sus entradas a la casa de la novia, siempre bajo la vigilancia expectante de algún adulto.

El progreso seguía su marcha incontenible. Y otra vez fue Cúcuta la primera ciudad de Colombia en tener alumbrado público.

En 1914 se formó una segunda empresa que se llamó "Eléctricas del Norte", con otra hidroeléctrica instalada en el río Peralonso, frente al sitio denominado "El Alto de los compadres", la cual fue 5 vendida a las Empresas Municipales de Cúcuta, en 1946.

En 1952 arrancó la sociedad "Centrales Eléctricas de Cúcuta" con aportes de la nación, el departamento y el municipio, que se trasformó, en 1955, en Centrales Eléctricas de Norte de Santander, la que se encargó de llevar electricidad a todos los municipios del departamento.

Con la luz en los pueblos, desaparecieron los fantasmas, las brujas (las de escoba y nariz larga, no las muchachas que brujean a los demás) buscaron otros aires para sus vuelos, las gentes comenzaron a acostarse más tarde y los jefes de familia empezaron a conocer una de las siete plagas modernas: el pago mensual de los servicios públicos.

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DEME LA COLITA...

A los cucuteños nos gusta pedir la colita. Pedir la colita es solicitarle al amigo que tiene carro que lo acerque a determinada parte de la ciudad. El del carro arruga la cara, pero contesta hipócritamente: - ¡Con gusto! ¡Ni más faltaba!

De las mujeres dicen que son gasolineras. Significa no que vendan gasolina en pimpinas, traída de San Antonio. Ser gasolinera es tener desarrollado el gusto por montar en carro ajeno.

La costumbre viene desde 1912, cuando llegó el primer carro a Cúcuta. Llegó por partes. Desarmado. Siguiendo In ruta del lago de Maracaibo, el río Catatumbo y el ferrocarril. Lo trajo el italiano Enrique Raffo. Era un automóvil marca Ford.

Varias semanas demoró Raffo armando el automóvil, pues en cada intento le sobraban más tornillos. Cuando pudo hacerlo y lo sacó a la calle, la novelería fue grande. Los muchachos corrían detrás, las muchachas pedían la colita, los grandes echaban dedo y los gamines se le trepaban sobre la defensa trasera. Los madrazos eran en italiano y las viejas se hacían la cruz.

El primer recorrido lo hizo el mismo Raffo desde la calle 11, por la avenida 4, hasta el asilo Andresen. Pero había que sacar lo de la inversión, así que Raffo empezó a cobrar por los paseos (desde el parque Santander hasta San Rafael, y viceversa), y ese mismo año organizó el servicio de taxis. ¡Con un solo automóvil!

La empresa se llamó "Automóvil San Rafael" y tenía el siguiente reglamento:

-Se prohíbe en marcha hablar con el conductor. 
-No se admiten paradas intermedias.
- Las familias tendrán preferencia. 
- El valor del pasaje es de $0.50 oro, por persona.
- Los niños pagarán pasa je entero. 
-De noche la tarifa es convencional.
-Una sola persona puede comprometer todos los puestos.
-El conductor queda en libertad de no admitir pasajeros cuando lo crea oportuno. 
- Los billetes son personales.

Enrique Raffo era el gerente de la empresa, el conductor, el ayudante y el cobrador. Y el mecánico.

Alguna vez los usuarios consideraron que Raffo se estaba aprovechando de la situación y le apedrearon el carro. Tuvo que bajar el pasaje a $0.30.

Fue tan bueno el negocio que al ario siguiente pudo importar el segundo automóvil y así la empresa logró ampliar sus servicios hasta la Estación Cúcuta del tren (hoy Terminal) y hasta El Salado.

A partir de 1914, otros comerciantes de la ciudad se arriesgaron en el negocio, y la ciudad comenzó a llenarse de vehículos. En 1915 había diez automóviles, varias empresas trasportadoras y una escuela de choferes. El Concejo de la ciudad aprobó "enlajar" las calles, para evitar que el intenso tráfico dañara las vías.

Pero todo progreso tiene su cuota de sacrificio y de dolor. Carlos Arocha, cucuteño, murió en el primer accidente de tránsito que refieren los cronistas, al atravesarse imprudentemente al paso de un vehículo. Fue la primera "estrella negra" que se ganó la ciudad.

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VISTA DESDE ARRIBA

Roberto Marín fue el primer aeronauta cucuteño. En 1911 fabricó un globo inmenso de tela, que inflaba con humo (como nuestros globos de papel, de navidad), y del cual pendía un trapecio sobre el que se columpiaba Roberto Marín.

Los domingos, después de misa mayor, (eran dos misas: la rezada, a las 5:00 de la mañana, -a la que iban los liberales para que nos los vieran- y la cantada, solemne o misa mayor, a las 10:00 a.m. -a la que iban los conservadores para que los vieran-) Marín brindaba el mejor espectáculo en el parque Mercedes Ábrego, donde no había estatua ni columna, sino sólo potrero y algunos árboles.

Marín se acomodaba en el trapecio, soltaba el globo inflado para que ascendiera y tomara cualquier dirección según el viento. El hombre iniciaba entonces una sesión de acrobacias en el aire, que los de abajo, con los nervios de punta y los pelos parados, aplaudían.

Para bajar a tierra, Marín dejaba salir el gas (el humo) del interior del globo. Algunas veces caía fuera del poblado, pero siempre repetía la hazaña, después de pasar la gorra pidiendo algunas monedas.

Fue 1922 el ario que marcó un hito en la aviación colombiana. El primer colombiano que manejó un avión se llamó Camilo Daza, nacido en Pamplona, pero vinculado desde muy joven a San José de Cúcuta.

El 2 de septiembre de 1922 Camilo Daza sobrevoló los valles de Cúcuta, por lo que se le considera el Precursor de la aviación colombiana. Benito Hernández Bustos, más tarde Gobernador del Departamento y Ministro de Guerra del país, (y quien después moriría en un accidente aéreo) lo acompañaba en ese vuelo, realizado en un biplano de propiedad de Camilo, quien lo había traído, desarmado, desde Europa hasta Maracaibo, y luego, por agua y tierra, hasta Cúcuta.

Camilo había logrado convencer a algunos amigos de que formaran una sociedad de aviación, la que fue bautizada como Compañía Nortesantandereana de Aviación, primera empresa comercial de aviación que hubo en Colombia. Alguno de los socios le sugirió al padre de Camilo que formara parte de la compañía, y éste respondió:

-No, señor. Yo no hago más aportes: Yo pongo el muerto.

Después del exitoso vuelo sobre Cúcuta, presenciado por las autoridades y el pueblo, Camilo realizó otra proeza, el 16 de marzo de 1923: Aterrizar en Pamplona, su tierra. La meta era hacerlo en la cancha de fútbol del colegio Provincial, pero había tal cantidad de gente esperándolo en la improvisada pista, que se vio obligado a arborizar cerca de allí. El piloto salió ileso, pero no el avión. Para repararlo, un carpintero pamplonés fabricó el fuselaje; un latonero, el tanque de gasolina; los arrieros suministraron las lonas para los forros; los amortiguadores del tren de aterrizaje se acondicionaron con tacones de zapatos, y la hélice nueva la hicieron en un taller de mecánica. Pamplona nunca ha vuelto a tener un avión en sus predios, pero puede darse el lujo de haber reparado un aeroplano con sus propios medios.

Camilo baza siguió realizando, después, vuelos de paseo sobre los valles de Cúcuta, por los que cobraba $35.00, por persona, con duración de 30 minutos. El campo de aterrizaje era el "Alonsito" y por entrar a él a presenciar la salida y llegada del aparato, las gentes pagaban 3 centavos por persona.

El aeropuerto de Cúcuta lleva el nombre de Camilo Daza, como un homenaje a quien es considerado como el pionero de la aviación comercial en Colombia.

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..Y CATE QUE SÍ TE VI

Sin agua, nanay cucas. Los indígenas, primitivos habitantes de los valles de Cúcuta, se habían instalado aquí, precisamente, por las cercanías del agua. El Pamplonita les quedaba a la mano. Los ríos Zulia y Táchira, ahí nomasito. Abundaban caños y quebradas. De modo que por agua no penaban.

Después, los colonos se fijaron en lo mismo. Se fueron estableciendo cerca de los ríos, y haciéndose los socos les fueron quitando a los indígenas sus tierras, fértiles y con buenos riegos.

A San José de Guasimal lo fundaron a orillas del Pamplonita, sabedores los intrusos, de que donde hay agua no hay sed. Tampoco hay hambre, porque el pescado es un alimento no sólo para la Semana Santa. - Les doy los lotes, pero ustedes se encargan de instalar los servicios: agua, luz, teléfono y parabólica -les di jo doña Juana, en aquel memorable 1733. Empezó por el agua.

- Listo -contestaron ellos. Sabían que para la luz les bastaba con la luz del día. Para comunicarse lo hacían con gritos de cerro a cerro, o tocando cacho, o con señales de humo, como cardenales en cónclave. Y en cuanto al agua, ahí estaba, fresca, trasparente y pura. "Tenemos agua putable", añadieron.

- Potable -les corrigió la matrona.

A medida que el pueblo fue creciendo, los nuevos barrios iban quedando lejos del río. Entonces se idearon el sistema de "tomas públicas" o canales por donde traían el "precioso líquido". De ellas se surtían para los menesteres de cocina solamente. El baño corporal y el lavado de ropas lo hacían en el río. Como las tomas no subían a las lomas, se utilizaban burros en los que trasportaban el agua en calabazas. Así comenzó el negocio de vender agua, que continuaron los carrotanques y que perfeccionaron las empresas de acueducto.

En la Batalla de Cúcuta, Eugenio Sosa les llevaba agua a los patriotas en una burra. Pero como los soldados no tenían sencillo en el momento, Sosa resolvió distribuirla gratis.

Las tomas arrancaban desde el Pamplonita, más arriba de San Rafael, y recorrían el centro y barrios cercanos, hasta desembocar de nuevo en el río, fuera de la ciudad. Algunas empresas, como el ferrocarril de Cúcuta, construyeron tanques de almacenamiento.

Francisco de Paula Andrade, al planificar la ciudad, después del terremoto, tuvo en cuenta la distribución del agua y proyectó el sistema de depósitos en las partes altas, a donde el agua llegaría por presión, y ; tanques y surtidores en las partes bajas.

En varias partes construyeron tanques inmensos de ladrillo, en mitad de la calle, con varias llaves para que los vecinos se surtieran del agua. Mientras las ollas y pimpinas se llenaban, las gentes tenían tiempo de chismosear y comentar los últimos sucesos del barrio. Se recuerda, por ejemplo, la "Pila Grande o Pila de los chismes", ubicada en el barrio El Comento (calle 12 con avenida 10), de donde salían muchos cuentos, chismes e invenciones que luego circulaban por toda la ciudad.

A partir de entonces, el sistema se ha venido perfeccionando. Cuando no hay agua, los sedientos huelen a feo y se alebrestan. En octubre de 1934 hubo una manifestación multitudinaria para pedir la construcción de un acueducto que llenara las necesidades de la ciudad. La manifestación salió del parque Mercedes Ábrego, donde habló Manuel Díaz. Llegó al parque Santander donde Gregorio Acevedo se encaramó a la tribuna. Pasó después a la gobernación donde el orador fue José Manuel Villalobos.

Con el paso de los años el asunto ha mejorado. Las administraciones de Cúcuta se han preocupado siempre porque la ciudad tenga agua. Y si el agua no llega a todos los barrios que por lo menos todos paguen el servicio. Para que se vayan acostumbrando.

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