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CÚCUTA PARA REÍRLA.

Por Gustavo Gómez Ardila. Ilustraciones: Martha Patricia Yanes Ramírez

CAPÍTULO III
INDEPENDENCIA GRITA EL MUNDO CUCUTEÑO


EN UNA VILLA NUESTRA

Cúcuta no fue ajena a las guerras de la independencia. En estos contornos se encontraban, con frecuencia, realistas y patriotas que venían a pasar unos días sabrosos, en una tierra con buen clima, cielo despejado y una ciudad de calles anchas y bien arborizadas, aunque llenas de huecos. Y al encontrarse tenían varias opciones: O pelear, que algunas veces lo hicieron. O hacerse los de la vista gorda y desviar camino para no tener que mirarse. O abrazarse y convivir como si fueran de los mismos, que nunca lo hicieron.

Era una época en que en las escuelas y colegios se enseñaba Educación Cívica, Historia Patria y Cátedras Santanderista y Bolivariana, de manera que nuestros muchachos se levantaron con la palabra patria en los labios y en el corazón, y con muchas ansias de libertad. Estábamos dominados por los españoles, que se quedaban con nuestras riquezas, nuestras mujeres y nuestros cortados de leche de cabra.

El poder, en cambio, era para ellos solos. A los criollos no nos dejaban ni oler las viandas de la burocracia. Nos tenían pordebajeados, como sucedía en Pamplona y en Santafé y en Quito y en Caracas.

El más representativo de la juventud rebelde nuestra fue un chico que nació, no exactamente en Cúcuta, sino en una villa nuestra que ya formaba parte de la zona metropolitana y que, además estaba consagrada a la Virgen del Rosario , motivo por el cual, para no quedar mal ni con la Virgen ni con Cúcuta, recibía el nombre de Villa del Rosario de Cúcuta.

En las afueras se levantaba una amplia y hermosa casona (especial para las reuniones solemnes de la Academia de Historia), donde vivía don José Agustín Santander y Colmenares (gobernador de la provincia San Faustino de los Ríos). Y con él, (como era costumbre en aquella época) vivía su esposa, doña Manuela de °maña y Rodríguez. Allí nacieron sus hijos Juan Nepomuceno, José Eugenio, Ignacio, Antonio María, Josefa y Francisco de Paula.

Por ahora sólo nos ocuparemos de Francisco de Paula, quien nació el 2 de abril de 1792, día de San Francisco de Paula (¡qué coincidencia!), fecha que desde entonces aprovechan los académicos para efectuar sesión solemne, en traje formal. A veces -según como estén las arcas- dan copa de vino.

Desde pequeño Pachito dio muestras de una inteligencia brillante. Por ejemplo, en lugar de jugar en su play station, prefería montar en su caballito de palo y, en ocasiones, como todo niño cucuteño, no iba a la escuela por irse a elevar cometas, aprovechando las brisas del Pamplonita (no las Brisas, el bambuco, sino las brisas que vienen del río).

Asistió a la escuela privada de doña Bárbara Josefa Chávez, maestra enérgica, pero de muchos conocimientos, quien influyó decisivamente en la formación de la recia personalidad de Francisco de Paula.

- Y para que cuando crezcan no sean unos burros cargados de plata- les vivía diciendo la maestra. También podían llegar a ser unos burros sin plata, pero ella deseaba lo mejor para sus alumnos.

Terminada la primaria, lo enviaron a Santafé, al colegio San Bartolomé, donde era vicerrector su tío materno, el canónigo Nicolás Omaña.

- Jovencito, a dejar la vagancia -le dijo el tío-. Aquí vino a estudiar y a ser disciplinado y devoto. Y a ser patriota. "No me crea tan toche", se di jo el joven cucuteño. "¿A estudiar y a ser patriota? ¿Y es que se pueden las dos cosas a la vez?"

De modo que Pachito estudió y rezó y antes de hacerse patriota se hizo bachiller. Era el año 1808. Estudió Derecho, pero cuando estaba afiebrado con el Civil y el Administrativo, debió abandonar los estudios por los sucesos ocurridos el 20 de julio de 1810.

La presencia de Francisco de Paula no fue destacada en estos tumultos, pero seguía de cerca los acontecimientos pues su tío, el padre °marta, y sus profesores de Derecho, los doctores Emigdio Benítez y Frutos Joaquín Gutiérrez, eran de los jefes revoltosos y formaron parte de la Junta de gobierno.

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SIMÓN JOSÉ ANTONIO

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios no nació en Cúcuta sino en la República Bolivariana de Venezuela, exactamente en la también muy noble y muy leal Santiago de León de Caracas, en un hermoso caserón situado en la plazuela de San Jacinto, donde habitaban Juan Vicente Bolívar y Aponte y doña Concepción Palacios y Blanco. Aunque no es cucuteño, hablamos de él en estas escenas cucuteñas porque fueron muchas las veces que por aquí pasó, dejando no sus huellas sino las de su caballo, y sus enseñanzas, y porque aquí libró la batalla de Cúcuta, -que algunos llaman batallita-, y por la vecindad con su patria, de donde traemos la gasolina y el mercado y el afecto de los venezolanos, a los que llamamos hermanos, a pesar de los zafarranchos que nos forman y de las peleas que les casamos.

¿Pero cuáles son los hermanos que no pelean?

¿Y, acaso, al rato no andan otra vez de cogi pipido?

Sigamos, pues, con Simón José Antonio. - Aquí tiene, mi amo -le dijo la negra Hipólita, esclava escogida para aya del pequeño, entregándole al papá un envoltorio de pañales y por dentro un niño. Era el 24 de julio de 1783, cincuenta años después de la firma de la escritura de doña Juana Rangel.

Juan Vicente abrió el envoltorio, le miró ciertas partes al pequeño y gritó:

- ¡Uepa je! Otro macho en la familia. La descendencia de los Bolívar está asegurada.

Entre doña Concepción, la madre, y la negra Hipólita, el aya, se turnaban para darle de mamar a Simón, de modo que se crió con dos leches -como algunas sabrosas tortas-, lo que contradice la opinión de los antibolivaristas que definen a Bolívar como un tipo muy mala leche.

Lo demás es cuento sabido. El hombre, de noble cuna, se educa con gente de la talla de Simón Rodríguez, Andrés Bello, Miguel Sanz y el padre capuchino Francisco Aldujar -todos de talla larga-.

Va a Europa donde se da la gran vida, jugando, bailando y enamorando, hasta que cae en las redes de María Teresa del Toro, que fallece a los pocos meses de casados.

Viudo, cansado de la pernicia e influenciado por las enseñanzas de la Revolución Francesa, jura un día en el monte Aventino, en Roma, que no dará descanso a su brazo sino hasta ver liberada a su patria del dominio español. Con ese convencimiento regresa y se alista en las tropas de la revolución.

Pelea en Venezuela, pero es traicionado en Puerto Caballo. Desmoralizado y a punto de tirar la toalla que llevaba al hombro, -o sea que Tirofijo no es el primero de la toalla-emprende la campaña del Magdalena de donde saca corriendo a cuanto realista se le atraviesa. Llega a Ocaña y luego se aparece por los valles de Cúcuta, al mando de unos pocos soldados, días antes de la Batalla de Cúcuta.

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NOS HACEMOS PASITO

Las peleas entre miembros de una misma familia suceden muchas veces. Hermanos que no se hablan. Suegras que detestan a los yernos. Cuñados a punto de matarse. Padres que desheredan a algunos hijos. Primos que ni se miran. Y sucede con más frecuencia de lo que uno se imagina.

En política también sucede. Sé de hermanos que militan en grupos políticos diferentes. Algunas veces, por táctica de estómago. Para conseguir puestos con sus respectivos jefes. Otras veces, por convicción política. Y por lo menos durante el tiempo de campaña, las relaciones fraternales se marchitan.

Simón Bolívar y Ramón Correa, respectivos comandantes de los ejércitos patriota y español, que se enfrentaron en la Batalla de Cúcuta, eran hermanos de leche. Habían mamado de los mismos senos de la misma mamá sustituta. Sustituta. Eso dicen. Otros dicen que eran cuñados. Hermanos políticos. Que la mujer de Correa era la que había mamado de los mismos senos que Bolívar.

Por aquellas cosas del destino resultaron en bandos contrarios, pero consta que no eran enemigos personales. be modo que no es raro que la noche del 27 de febrero se hubieran llamado por celular para saludarse y desearse suerte al otro día.

Nos vemos en la Loma mañana, hermano -debió decirle el uno al otro.

Bueno, pero nos andamos pasito, ¿no? -debió contestarle el otro al uno.

Tranquilo, hermano. Además hay que terminar rápido la furrusca porque en Cúcuta están en carnavales y hay que ir a la rumba.

- Listo, hermano.

Chao. Saludos

. - Una cosita, Moncho -debió decirle el coronel Bolívar, antes de que se le acabaran los minutos-. No olvides que yo debo ganar la refriega, porque sonaría muy feo que el barrio tuviera que llamarse la Loma de Correa. Y los colegios no irían los 28 de febrero, hasta la Columna de Correa. Ni los académicos, que, de por sí, son bastante perezosos para estas subidas patrióticas.

Me la pones peluda, Simoncho, porque mis jefes se vana cabrear. No olvides que ahora todo el mundo pide resultados, !resultados!

Hermano, te juro que en otra oportunidad te devuelvo el favor. Tú sabes que yo cumplo mis juramentos. Arrieros somos y en el camino andamos, como dice la canción, ¿vale?

Pudo o no haber sucedido el "arreglo" entre los dos 'parientes. Lo cierto es que los ejércitos se enfrentaron ese domingo, 28 de febrero. Correa estaba en Cúcuta y Bolívar venía de Urimaco. El zafarrancho se armó desde temprano pues Correa le salió al paso a Bolívar, que, en silencio y sin prender ni un fósforo, había llegado la noche anterior a una de las lomas del occidente de la ciudad. Un poco más de dos horas duró el combate. Los realistas comenzaron ganando, pero, como sucede en los partidos de fútbol, no siempre el que abre el marcador es el vencedor final. Vino el empate y, sin necesidad de meterle tiempo adicional ni de ir a tiros penales, Bolívar se alzó con la victoria cuando ordenó atacar por los flancos a bayoneta calada.

Dos soldados patriotas muertos y 12 heridos fue la cuota de sangre que pusieron los nuestros, en tanto que la de los españoles fue de 20 muertos y 40 heridos. ¡Poca cosa!, dicen los que miden la importancia de las batallas por el número de muertos.

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SOL, AGUA Y BURRA

La historia destaca algunos héroes de la batalla. Además del coronel Bolívar, aquel día se hicieron sentir el teniente José Concha, el capitán Vigil, el mayor Juan Salvador Narváez y el coronel José Félix Rivas.

La historia, en cambio, poco menciona a Eugenio Sosa, un muchacho de 20 años que, desafiando balas, pedradas y bayonetas, repartió agua a los soldados de Bolívar.

Sosa era hijo del señor Sosa, a menos que hubiera sido hijo ilegítimo, o natural como se decía antes. No se conocen los nombres de sus padres, ni de sus hermanos. Ni siquiera el de la burra, su animal de trabajo, con el que recorría todos los días, la ciudad, de arriba abajo, cargando agua para vender o haciendo otros mandados, si era necesario.

Cuando las Empresas Municipales o la EIS decidían efectuar racionamientos de agua en algunos barrios, era Eugenio Sosa el que, en su burra, los surtía del "precioso líquido". En calabozos llevaba agua desde la toma y la vendía o la cambiaba por algún plato de comida.

A aquellos sectores donde no entraban los carrotanques, entraba la burra de Sosa. be modo que Eugenio era parte importante de la comunidad, casi imprescindible.

Pero no sólo llevaba agua. Si alguien necesitaba enviar algún recado urgente a otro barrio, o una encomienda, o un alkaseltzer que fuera, bastaba con llamar al servicio de domicilios Sosa. Volando, al paso de la burra, llegaba y hacía la diligencia.

El muchacho sabía de la importancia de sus servicios y por eso nunca se hacía del rogar. Si sucedía alguna demora, era por casos fortuitos o causa mayor, como la caída de una herradura de la burra o el encuentro con algún asno turista. Los burros lugareños no daban lugar a retardos.

Pues bien. Con ese perfil, Eugenio Sosa y su burra entraron a la galería de los héroes de nuestra independencia. Alguien le comentó al joven que en la loma iba a haber jaleo, pues había visto paso de soldados realistas, camuflados y armados hasta los dientes, hacia la colina donde, ya se decía, acampaba Bolívar.

Por primera vez en su vida, Eugenio tomó la determinación de no hacer mandados ese día. Se iría a la loma y se pondría, junto con su burra, a disposición de los patriotas.

Dicho y hecho. Subió y vio que el sol mañanero era bravo. - Agüita para mis soldados -dijo, en una frase memorable, que después le copiaron algunos de la televisión.

Repartía agua en jícaras. de la infantería iba a la caballería; de la caballería a la artillería; de la artillería, a la fuerza aérea; de la fuerza aérea a la armada. A los jefes, a los ordenanzas, a los músicos, a los soldados rasos. Se vaciaban los calabazos y volvía a la toma. Subía y bajaba.

Cuando, después de la batalla, Bolívar lo felicitó y le propuso darle la Cruz de Boyacá por servicios prestados al Ejército Libertador, Sosa le dijo en un gesto magnánimo -que dejó al descubierto su amor por la patria y por su burra-:

- Mi coronel, condecóreme a la burra, que aquí se queda. Yo, en cambio, quiero seguir con usted. Y se enroló con los patriotas. Sin la burra. Parece que los historiadores le perdieron el rastro al recluta Sosa Eugenio, y a la burra. Nunca más volvieron a hablar de ellos.

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LA DE CÚCUTA, ¿BATALLA O BATALLITA?

La poetisa nortesantandereana María Ofelia Villamizar Buitrago escribió en su poema "28 de febrero":

"28 de febrero 
para la historia patria, 
para Bolívar mismo,
día intranscendental; 
pero para la historia cucuteña 
no hay otro igual."

Si las batallas se miden por el número de bajas del enemigo y las armas capturadas y los prisioneros tomados y los territorios ocupados, la de Cúcuta no pasa de ser una escaramuza. Pero si se mide por las consecuencias, la de Cúcuta es de una importancia extraordinaria. Veamos:

- Elevó la moral de los soldados de Bolívar.

- Sirvió de ejemplo a los que luchaban en otras partes por la independencia.

- Facilitó la continuación de la campana hacia Venezuela.

- Le subió el ego a Bolívar pues el Congreso lo nombró Ciudadano de la Nueva Granada (el Congreso le ordenó a la Registraduría que le diera cédula colombiana, de inmediato sin que tuviera que esperar dos años a que le llegara la cédula laminada) y Brigadier General del ejército de la Unión.

- A los españoles les significó la pérdida de los valles de Cúcuta, de algunos materiales de guerra y una derrota moral.

- A los cucuteños nos dio un motivo de orgullo y pretexto para levantar un monumento, que ha sido remodelado y reinaugurado varias veces, en el sitio en donde se produjo el enfrentamiento.

- A la Sociedad Bolivariana, a la Academia de Historia, a gobernantes y colegios les dio la oportunidad de ir todos los 28 de febrero a la Loma, a izar las banderas, cantar los himnos y escuchar discursos.

- A los habitantes de La Loma (en Cúcuta) les infló el pecho y fue causa para que, muchos años después, muchísimos años después, les pavimentaran por lo menos la calle principal.

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BOLÍVAR Y SANTANDER: EL DÚO DINÁMICO

Francisco de Paula Santander había ingresado el 26 de octubre de 1810 como subteniente abanderado, al batallón de infantería de Guardias Nacionales. Él hubiera querido ingresar al Grupo Maza, pero ni el Grupo existía, ni Maza era famoso.

Después del Grito de Independencia comenzaron los agarronazos entre Centralistas (partidarios de un solo gobierno central, del cual dependerían las provincias), y los Federalistas (partidarios de que cada provincia se gobernara por su cuenta). Santander hizo parte de los Federalistas, al mando de Antonio Baraya, y en contra de Antonio Nariño (jefe Centralista). El enemigo común -los realistas- hizo apaciguar las guerras civiles mientras le hacían frente. Después que Bolívar libró la batalla de Cúcuta contra el general Ramón Correa (1813), apareció por los valles de Cúcuta el sargento mayor Francisco de Paula Santander al frente de una compañía militar.

Venía con la orden de proteger la región, de los españoles. Se puso a disposición de Bolívar, quien le ordenó acompañarlo en la campaña de Venezuela. Santander le hizo pistola y se quedó en la zona, como lo había ordenado su jefe, Manuel del Castillo y Rada. Fue el primer choque de los muchos que tendrían a lo largo de sus vidas.

Santander alegaba que aún no tenía cédula venezolana ni permiso fronterizo, que era mejor quedarse defendiendo a su patria chica por si de pronto los españoles llegaban, que necesitaba saludar a sus amigos de la infancia, que debía hablar primero con su jefe Castillo y Rada, y otra serie de pretextos que no convencieron a Bolívar quien, al ver la terquedad del cucuteño, decidió dejarlo en la ciudad. - Está bien, quédese -le dijo Bolívar, pero con la mirada, a punto de fulminarlo, le decía: "A la próxima que me haga este vergajito, lo paso al papayo".

Santander, por su parte, le sostuvo la mirada como queriendo decirle: "Este man creyó que me la iba a montar".

Sin embargo, Bolívar y Santander lucharon juntos. A la hora de pelear dejaban de echarse pullas verbales y madrazos mentales y juntaban la verraquera de ambos. Sin ese dúo tan dinámico, el baile de la independencia seguramente hubiera demorado mucho más en iniciarse. El uno era el complemento del otro.

Y ambos juntaron sus habilidades y conocimientos en la organización de la República. Bolívar, sacando a correr realistas, no sólo de Colombia, sino de Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Y hasta Argertina se quería meter, pero no lo hizo para que no lo acusaran de entrometerse en los asuntos internos de otro país. ¡Bolívar sabía cómo son los argentinos! Y Santander, organizando la cosa pública (res - públicae), la hacienda (no la de él, que no tenía, sino la del país), la educación, las obras de infraestructura. Para cada cosa dictaba un decreto o hacía aprobar una ley, bien aprobada, no fuera que la Corte Constitucional se la tumbara por vicios de forma o de procedimiento, o de lo que fuera. Lo llamaron "El Hombre de las Leyes". Y él se dejó llamar.

Por eso, en honor a semejante dúo, -Bolívar y Santander Asociados-, en Cúcuta tenemos estatuas de Santander y Bolívar, parques de Bolívar y Santander y universidades Francisco de Paula Santander y Simón Bolívar. En la Sociedad Bolivariana se le rinde homenajea Santander, y en la casa natal de Santander se le rinde homenaje a Bolívar. Bajo el alero generoso del Consulado General de la República Bolivariana de Venezuela se reúnen santanderistas y bolivarianos (que son los mismos). Y tenemos monumentos donde se levantan, codo a codo, las estatuas de Bolívar y Santander, como si quisieran darnos ejemplo de fraternidad.

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CARRILLO: LA COSA PELUDA

Después de la Batalla de Cúcuta, Bolívar recibió del gobierno de la Nueva Granada autorización para proseguir hacia Venezuela y ayuda en hombres y armamento. Era lo que el Libertador anhelaba: Volver a su patria en condiciones de grandeza, para reivindicarse ante los suyos del golpe sufrido en Puerto Cabello por culpa de un malnacido traidor. El triunfo en Cúcuta le había despejado el camino.

Santander, como también él quería, se quedó en Cúcuta. Pero las cosas no le salieron bien. Aunque ostentaba el grado de Sargento Mayor del 5° Batallón, sólo contaba 21 arios. Un sardino, para tanta responsabilidad: Defender los valles de Cúcuta.

Pero el hombre era intrépido. Soldados realistas que se aventuraban por estos contornos, tenían que salir corriendo, con el rabo entre las piernas. La fama de la valentía de Santander y sus soldados llegó hasta Maracaibo donde el capitán español Bartolomé Lizón era el chacho fuerte. Lizón, militar sanguinario, temible y de muchos conocimientos en el arte de la guerra, resolvió venirse a Cúcuta a quitarle los humos al imberbe Francisco de Paula.

Conocedor Santander de los movimientos del español, quiso presentarle algunas escaramuzas, lejos de Cúcuta, para protegerla, pero la superioridad numérica de Lizón era evidente. Entonces se atrincheró en la llanura de Carrillo, por los lados de La Garita, a la margen izquierda del río Pamplonita.

Cúcuta y el Rosario quedaron desprotegidos, hasta el punto de que muchos criollos y civiles patriotas resolvieron abandonar la ciudad e irse al monte, antes que llegara Lizón.

El 18 de octubre (1813) los españoles Lizón, Matute y Casas madrugaron a Carrillo. Santander les hizo frente en forma valerosa hasta que sus hombres cayeron. El resultado fue un desastre total. Pocos, entre ellos Santander, pudieron salvarse.

Los españoles tuvieron libre el camino para Tunja y Santafé, y Lizón inició una cruel persecución contra los civiles de Cúcuta que apoyaban a los patriotas. Más de 200 degollados, incluidos varios niños, dicen algunos historiadores que dejó Bartolomé Lizón durante aquellos días, después del desastre de Carrillo.

A Pacho todo el mundo se la montó. Camilo Torres lo llamó cobarde y le quitó el habla. El Congreso le echó pullas. Y los altos mandos militares de la Nueva Granada le hicieron el feo. Sólo el escocés Gregor Mc Gregor lo aceptó de segundo en sus filas. En Piedecuesta reorganizaron el ejército y con Custodio García Rovira recuperaron Pamplona y los valles de Cúcuta.

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MUJERES, CON LAS ENAGUAS BIEN PUESTAS

En todo tiempo, lugar, modo y circunstancia ha habido mujeres que han sobresalido por su heroísmo, su dedicación a la causa, cualquiera que ésta sea, y su temple de armas tomar, aunque nunca las hayan tomado.

Durante el descubrimiento y la conquista, mujeres indígenas valerosas lucharon por la defensa de sus valores. Tiraban flecha que daba miedo. Por estas regiones, tenemos el ejemplo de Zulima.

Cúcuta es lo que es por una mujer de corazón grandote, doña Juana Rangel de Cuéllar, que donó sus tierras para que iniciáramos el trazo de nuestra ciudad. Eran las épocas de la colonia.

En la independencia, el aporte de las mujeres fue extraordinario. Siguiendo el ejemplo de Águeda Gallardo, en Pamplona, muchas de nuestras mujeres se levantaron contra el dominio español. Se levantaron y no volvieron a sentarse hasta ver completada la obra independentista.

Fue tan valiosa la presencia de mujeres cucuteñas en la independencia, que la historia ha recogido algunos de esos nombres para legarlos a la posteridad como ejemplo de lucha. Tal es el caso de Mercedes Ábrego, de Urimaco, y de Florentina Salas, de Los Vados (Los Patios).

De Mercedes Ábrego se han dicho muchas cosas: Que no se llamaba Mercedes sino Francisca de las Nieves y que debió cambiarse el nombre para escondérsele a Bartolomé Lizón, después de la derrota de Carrillo. Otros la bautizan como María de las Mercedes Reyes Ábrego y para algunos es la misma Merced Reyes. Se meten, incluso, con su ortografía: que no era Ábrego (con tilde en la A), sino Ábrego (con acento en la e). Y no faltan los que recuerdan su origen de hija natural: hija de Inés Reyes Ábrego y de padre desconocido.

En lo que sí todos están de acuerdo es en el hecho de que fue consumada patriota, amiga de Bolívar y de Santander. Joven y hermosa viuda, puso su belleza y sus conocimientos de costurera al servicio de la causa patriótica. "Alta costura", decía la publicidad con el que anunciaba su taller en Cúcuta, a donde iban mujeres y caballeros, por lo que se mantenía informada de lo habido y por haber. Información que creía ser útil para los rebeldes, la pasaba de inmediato, no por chismosa sino por comprometida con la liberación.

A Bolívar, después de la batalla de Cúcuta, le confeccionó una chaqueta tricolor, que el Libertador lució en los grandes acontecimientos: entradas triunfales, fiestas, agasajos.

La bandera del ejército de Santander, de igual manera, era obra de Mercedes, cuyas manos delicadas estaban hechas para el arte del bordado y la caricia.

El mismo día de la derrota de Carrillo, el vencedor español, Lizón, mandó a apresarla:

- Tráiganme esa costurerita para conocerla, y yo mismo cortarle la cabeza.

Pero la costurerita se había refugiado en Urimaco, en la hacienda de unos familiares.

Allá llegaron los realistas y la condujeron maniatada a Cúcuta. Lizón no pudo decapitarla porque se le adelantó Ignacio Salas, su competidor en crueldad. Con Mercedes Ábrego murieron ese 21 de octubre Juan Agustín Ramírez, Andrés Colmenares, Francisco Santander, José Otero, Francisco Sánchez, Mariano Quintero y 35 patriotas más.

"...Otra mujer tejió banderas 
cuando en los campos del honor 
fueron tus huestes altaneras 
en pos del Gran Libertador.

Mercedes Ábrego la diosa 
que en los altares de la luz 
y rodó tronchada como rosa 
con un patíbulo por cruz..."

(Del Himno de Cúcuta)

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FLORA FLORECE FLORENTINA

 

De Florentina Salas se sabe menos. Nació en los Vados, (Los Patios). Cuando pequeña ayudó a cuidar los rebaños de cabras de su familia, y cuando fue la hora de llevarla a la escuela, la familia se trasladó a Villa del Rosario, donde creció.

Era una mujer alta, delgada (como hoy se estila), que no pasaba desapercibida donde estuviera. Por eso no pasó desapercibida para los patriotas, a cuya causa se sumó desde muy joven.

Soltera, atractiva y con un gran don de gentes, fue una de las más decididas colaboradoras de los nacientes ejércitos granadinos. Organizó brigadas de apoyo para conseguir elementos de logística (escopetas, pólvora y mechas, y vestuario). Era una hormiguita. Pero no de las santandereanas.

Los días anteriores a la Batalla de Cúcuta, Florentina mantuvo informado a Bolívar sobre las actividades de Ramón Correa, y el 28 de febrero formó parte de las barras que animaban y aplaudían, en la Loma, las acciones de los patriotas. después del triunfo, les llevó a Bolívar y a sus soldados una corona de flores, que pasó de sien en sien y de cien en cien. Florentina hubiera querido coronar al Libertador de otra manera; con laurel, por ejemplo, pero no consiguió laurel ni en Cenabastos ni en el mercado de La Sexta. Y las floristerías estaban cerradas.

Cuando Francisco de Paula se atrincheró en Carrillo, Florentina se encargó de ayudar a salir a los habitantes de Cúcuta y del Rosario que abandonaron las poblaciones, ante la inminente llegada de Bartolomé Lizón.

El mismo día de la batalla de Carrillo, Florentina Salas fue decapitada con 80 compañeros más. Es una de nuestras grandes heroínas, pero pocos se han preocupado por darla a conocer. En Los Patios, su patria chica, hay un busto y un óleo y una sala con su nombre. Y nada más.

!Loor a Mercedes Ábrego, Carmen Serrano y Florentina Salas, mujeres cucuteñas que ofrendaron sus vidas en aras de la libertad!

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SANTANDER Y SU MALVADO HÍGADO

A Francisco Joseph de Paula Santander lo llevó a la tumba su malvado hígado. No es que tuviera un hígado bolivariano, ni que Santander se portara mal con su hígado. Lo que pasa es que desde que Santander estaba joven, el hígado le venía amargando la vida, sin que Pacho fuera un guarapero empedernido. Los legos en asuntos hepáticos creemos, erróneamente, que los que se enferman del hígado son los aguardientosos crónicos, que desayunan, almuerzan y cenan con aguardiente o chicha rastrojera y que refuerzan la dosis con medias marianas etílicas y medias tardes ídem.

Después de las guerras de independencia, Santander organizó la república y ocupó las más altas dignidades del Estado. Pero se vio envuelto en los hechos de la Noche Septembrina, por lo que debió vestir el uniforme a rayas de los presos y después ¡hasta luego el amigo!, Fuera del país

A su regreso fue nombrado Presidente, pero las cosas les siguieron mal. En Santafé la Iglesia, las madres católicas y los sectores más retrógrados del país le declararon la guerra -!otra guerra!- por sus amores escandalosos con Nicolasa Ibáñez. Para colmo de males, en 1837 ganó las elecciones presidenciales su enemigo José Ignacio de Márquez, a quien alguna vez en una fiesta iba a lanzar por la ventana, porque le estaba arrastrando el ala a Nicolasa. !Celoso sí era el Pachito!

De modo que Santander, que había apoyado a José María Obando, tuvo que dejarle la silla presidencial a su rival en asuntos políticos y de faldas. Ya ex presidente, Santander se dedicó a hacerle oposición a Márquez, para lo cual fundó un periódico: "Bandera Nacional". A su turno, los enemigos de Santander se la montaron en el Congreso. Lo llamaron ases¡no y le dijeron hasta de qué mal se iba a morir.

Enfermo moral y físicamente, se remató en abril de 1840. El testamento lo había dictado en enero de ese año, por si las moscas. El 30 de abril se despidió de sus amigos y familiares.

Su mujer, doña Sixta Tulia Pontón Piedrahita Vargas y Mariaca, con quien se había casado en 1836, estaba inconsolable. Llevaban apenas cuatro años de matrimonio y ya la parca puerca amenazaba con dejarla viuda.

Horas antes de colgar la lira, Francisco lanzó una proclama donde les echaba vainas a sus enemigos: "Muero con la conciencia tranquila de no haber cometido los crímenes que se me han imputado, más bien por ignorancia que por malignidad; a todos yo los perdono".

Así, con un hígado del que ya no quedaba sino el gancho, pero con la conciencia limpia, auxiliado espiritualmente por el obispo José Manuel Mosquero, el 6 de mayo de 1840, en Santafé de Bogotá, falleció nuestro ilustre paisano, siendo las 6:30 de la tarde.

La vida de Francisco de Paula Santander estuvo llena de grandeza, de la cual nos hizo partícipes. Por eso a veces le cantamos:

" . . .Si nuestras son sus glorias
y si él nos hizo grandes 
a lo ancho de los Andes 
gritemos Santander'.

(Del Himno de Norte de Santander)

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