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PUEBLO ALTIVO... EL DE ENTONCES.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

PUEBLO ALTIVO... EL DE ENTONCES.

El Padre Domiciano A. Valderrama fue allá por los años de la guerra civil última, uno de los párrocos más queridos y respetados que haya tenido la ciudad. Hombre de costumbres decentes, vida austera y carácter enérgico se hacía querer fácilmente por la franqueza y afabilidad de su trato y, más que todo, por la manera cabal y generosa con que ejercía la caridad. El Padre Valderrama, como el Hermano San Martín, no vacilaba en desprenderse hasta de lo imprescindible para aliviar y dulcificar la ajena angustia. Día hubo en que por dar temprano una limosna, se quedó sin un centavo para proveer de mercado su modesta despensa.

Como la mayor parte de los curas en aquella época de turbulenta exaltación el Padre Valderrama desde la Cátedra Sagrada tronaba contra el liberalismo al que calificaba de pecado grave y no dejaba hueso sano a ningún liberal de la parroquia. No obstante los liberales todos como sus adversarios los conservadores, profesaban y lo manifestaban sin reticencias el más hondo y leal cariño por su excelente párroco. Y es porque sabían que éste, una vez fuera del púlpito nada tenía que ver con las divisas políticas y lo mismo favorecía con sus donativos, su amistad y su afecto a los rojos y a los azu-

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les: para él sólo había prójimos dignos de consejos, de amor y de benevolencia.

Fervoroso amigo del progreso espiritual así como del adelanto material, al que prestó también constante apoyo, quiso dotar a Cúcuta de un Colegio para varones, a la altura de la necesidad y de la categoría local, y trabajó con ejemplar empeño, venciendo obstáculos a fuerza de optimismo y buena intención, hasta lograr su elevadísimo objeto.

Cuando al fin pudo contratar la venida de los Padres Agustinos como directores del plantel, ya tenía preparada su instalación en la hermosa y confortable casa que hace esquina en la avenida 4a. con calle 15, hoy propiedad de la familia Pacheco, donde había acumulado el mobiliario y enseres que su fecunda actividad y el desprendimiento y loable esplendidez de la feligresía pudieron conseguir.

Seis frailes de la comunidad nombrada fueron los primeros que estuvieron al frente del establecimiento, y a éstos les hizo el pueblo y la sociedad encabezados por el Padre Valderrama la más fastuosa, jubilosa y gallarda recepción tan concurrida y animada que para sí la quisieran muchos de los modernos magnates que se sueñan con espectáculos de esa especie en su favor.

Prosperó rápidamente y merced a la campaña tesonera y vibrante del dinámico Vicario el plantel por su esfuerzo fundado.

Todas las garantías, todas las ventajas, encomios y riquezas parecían pocas para ofrecerlas a los religiosos encargados del instituto, de cuya maestría, capacidad, rectitud y competencia, todos se hacían lenguas y para /todos eran como normas dogmáticas de irrecusable y protuberante autoridad. Por centenares acudieron los alumnos y no obstante ciertas versiones de castigos crueles y otras minucias de peor relieve, el Colegio adquirió rotunda fama y prestigio extenso.

No contaban seguramente los curitas españoles con aquella "abundancia de entradas que tan suculentas re-

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mesas les permitía hacer a la Casa Madre de la península ibérica Abrióseles por consiguiente más de lo debido el receptáculo de la codicia y principiaron a trabajar por debajo de cuerda para desposeer a su protector el Padre Valderrama de la Vicaría que a contentamiento general desempeñaba y conseguir para la Comunidad la riquísima Parroquia con lo cual el negocio dejaba de ser fructífero, para convertirse en opulento. Dueños de la vacilante voluntad del ya caduco Obispo de la Diócesis Monseñor Ignacio Antonio Parra, la maniobra les hubiera resultado de bola a bola en un rincón, a no enterarse a tiempo de los bastardos manejos el propio Padre Valderrama, quien resuelto como era y de fácil y convincente expresión explicó en tremendo sermón el feo mamotreto, a sus leales feligreses y desplegó contra sus antiguos protegidos todo el vigor de su palabra, esta vez más que encendida por la razón y el desengaño que la traición siempre produce.

Algunos amigos y seguidores tenían a su favor los frailes Agustinos —porque ha silo en toda época desventurada condición en esta tierra la de alabar, apoyar y defender a los de fuera— por lo que se formaron apasionados y candentes bandos de 'valderramitas" y "agustinitas". Hubo el consiguiente diluvio de hojas sueltas, panfletos, remitidos y folletos y desde entonces no se reunían grupos de tres personas, cuando menos, donde no se tratara y comentara el debatido asunto con aspereza y acritud contra el bando contrario a los comentaristas.

Se presentaron entre tanto las vacaciones reglamentarias del año 1904 retirándose hacia Pamplona los intrigantes Hermanos de San Agustín, a intensificar en la propia sede episcopal su acaparadora y ambiciosa tarea. Como entre el público profano, entre el clero se presentó también profunda división, y fue entonces cuando circuló aquel explosiva telegrama del Padre J. Natividad Zafra a su colega Valderrama en que decía: "Clero sensato apóyalo. No más tacón extranjero".

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Cuando el pueblo cucuteño por fortuna afecto en su mayoría a su querido párroco tuvo noticia, a fines de diciembre del mencionado año 904, de que regresaban los Agustinos, uno de ellos ya con el nombramiento de Vicario en la sotana, hubo en todos los barrios explosiones verdaderas de protesta. Un clamor casi unánime de airada inconformidad se extendió por la ciudad entera y en todas las conciencias surgió el anhelo alentador y profundamente noble de defender a toda costa a su ofendido y maltratado cura.

Carlos Dávila, conservador de crugientes principios y Luis Eduardo Uribe, liberal que gozaba de gran opinión y muchas simpatías, convocaron al pueblo a una reunión especial con el objeto "de salir a encontrar" a quienes regresaban, ya como victoriosos y listos a arrojar brutalmente de su humilde pero bien ganada posición, al excelente Padre Valderrama.

A las tres de la tarde del día señalado, el parque de Santander contenía no menos de dos mil cucuteños alborotados y alborozados; esto Último porque gozaban de antemano con la estupenda y justiciera sanción que proyectaban ejercer. La manifestación se llevó a cabo sin discursos, porque toda palabra estaba de sobra en aquellos momentos cuando en todos los corazones bullía un mismo propósito, una sola intención.

En silencio desfiló el apretado concurso hasta el Puente San Rafael y cruzada éste se estableció el "campamento" frente a la casa de Ña Mariana, hoy "La Rinconada" y "Pinar del Río".

No tardaron en aparecer los beligerantes frailes españoles, caballeros en briosas y bien enjaezadas mulas y con el mismo aire de dominio y superioridad que debían adoptar los conquistadores cuando se tropezaban con alguna tribu de indios desprevenidos y confiados. Al frente de la cabalgata venia el Padre Numa J. Calderón, entonces en pleno zenit de su prestancia intelectual y política.

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A los gritos de 'atrás los intrusos", "abajo los extranjeros usurpadores", los sorprendidos Agustinos detuvieron sus cabalgaduras, adelantándose sólo el Padre Numa quien con insegura voz dirigióse a don Carlos Dávila para preguntarle:

—Qué es esto, señores? A qué viene esta poblada y estas vociferaciones?

—Nada, Padre, respondió impávido el aludido; es que esos señores no vuelven a entrar a Cúcuta y si dan un paso adelante no respondo de lo que puede sucederles. Ud. puede seguir cuando quiera y como guste, pero ellos jamás!!

El pueblo respetuoso pero firme redobló sus ardientes expresiones de protesta, y ante éstas, ante el coraje y la fiereza que reflejaban los palúdicos semblantes de la multitud, los amedrentados enemigos del Padre Valderrama volvieron grupas precipitadamente seguidos del Padre Calderón, y no sin que aquellos echaran de vez en cuando una prudentísima y rápida mirada hacia atrás, temerosos de que algún exaltado les quisiera averiar las espaldas, de manera contundente.

El escándalo fue colosal. Al día siguiente y por orden del enfurecido Obispo fueron cerradas en Cúcuta las Iglesias; enmudecieron las campanas y los sacerdotes, inclusive el angustiado Vicario se alejaron de la población en entredicho, consumiendo antes todas las formas consagradas que habían en los Altares. ¡Fueron tres días que estuvimos los cucuteños sin Dios, aunque todos lo llevábamos bien abrigadito y venerado en lo más recóndito de las almas!

El Padre Valderrama fue reemplazado, sin consideraciones ni demora en su Parroquia y trasladado a Sardinata, donde al poco tiempo murió de legítimo pesar, llevándose consigo a su furioso adversario superior jerárquico Monseñor Parra, quien falleció también casi a la vez.

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Cuentan los que vieron al Padre Valderrama en los últimos días de su meritoria existencia que al nombrar a Cúcuta, como frecuentemente la nombraba, no dejaba de repetir esta o parecida exclamación, mientras sus mustias pupilas, claros espejos de su alma hermosa y buena, se nublaban de lágrimas:

—¡Cúcuta, ciudad la más liberal de Colombia y por eso la más leal y más noble! Que Dios bendiga siempre a mi bella, mi querida, mi inolvidable ciudad de San José!.

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