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MÚSICA Y BALAS.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

MÚSICA Y BALAS.

Antonio Robles era un mocetón afable, de tez blanca y cabellos castaños y "churros", dueño de una alma demasiado grande para el mediano almario que la contenía, por lo cual su poseedor andaba frecuentemente en apuros para refrenar los impulsos que la sacudían y eludir los conflictos que le presentaba.

Pertenecía Robles a una respetable familia cucuteña muy querida y estimada por los hábitos de trabajo, discreción y cultura, y gozaba el zagal de unánime aprecio por su carácter altivo y su llaneza, no obstante lo cual era por algunos temido a causa de sus inesperados arrebatos y de sus varoniles ímpetus, pues jamás perdonó la más leve o trivial ofensa y acostumbraba cubrir éstas a subido precio, fuese quien fuese el adversario. De muchacho insoportable e incorregible lo tildaban quienes no conocían su lealtad de camarada y su inquebrantable fidelidad de amigo, el valor de su palabra, a la que jamás faltó y la resolución y fiereza con que acudía en defensa de aquellos que confiaban a su carácter enérgico la solución de algún trance inaccesible a su debilidad. Rectilíneo en el cumplimiento del deber y muy seguro de sí mismo, no toleraba jamás bromas que se excedieran en el peso, mi mucho menos reconvenciones no bien justificadas.

El siguiente detalle revela con exactitud el número

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que calzaba su amor propio y nos da la medida del desagrado con que recibía la más mínima falta de consideración, calculada ésta, naturalmente, en su propia balanza, no siempre, como se verá, todo lo fiel y justa que mandan el aplomo y la conciencia:

Pichón estaba aún Antonio —de doce a catorce años a mucho pedir— cuando su padre que trabajaba como empleado de Oficina en la Estación del Ferrocarril de Cúcuta, lo llevó como aprendiz a los talleres de la empresa. Una mañana se ocupaba el presunto mecánico en cualquiera de sus habituales menesteres, en momentos en que la pequeña locomotora de patio, "Floresta", No. 7, manejada por el maquinista Pedro León Castrellón, salía del tambo, a llevar vagones colmados de mercancía a la Aduana y conducir de regreso otros cargados de café, operación que la minúscula maquinita tenía que efectuar en varios "viajes" por su limitado poder de tracción y para la cual debía hallarse en inmejorables condiciones. Castrellón se distinguía como obrero puntilloso, amigo de que en su oficio no se notaran mermas ni deficiencias, por lo cual no es raro que quisiera, antes de iniciar la tarea cerciorarse de que el "organismo" de su locomóvil disfrutaba de plena salud. Revisó llaves, movió palancas, apretó tornillos y por último, para apreciar el grado de ebullición de la caldera, abrió alas purgas", sin fijarse en que por allí cerca andaba el quisquilloso e inquieto aprendiz. Muy descuidado se encontraba el fisgón cuando un violento chorro de vapor lo bañó y envolvió de repente, sin otras desagradables consecuencias que el tremendo susto del curioso y la correspondiente mojadura, ambas cosas acompañadas, eso si, de tan morrocotuda rabia, que casi le secó instantáneamente las ropas, de lo caliente que le tornó la sangre. Demás está decir que el inocente maquinista ni supo del percance.

Robles pensó inmediatamente en lo dulce de la venganza, en el sabor delicioso de la "vendetta". A las 11, hora de salir el personal para el almuerzo. Antonio ha-

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ciéndose el "musiú" se fue quedando atrás, hasta ocultarse dentro • del taller, seguro de que el vigilante lo calcularía durmiendo la siesta, pues siempre fue de los primeros en salir y de los últimos en entrar. Cuando se convenció de que no habían por alli ojos observadores que pudieran dañarle el programa, se agarró con entusiasmo al manubrio de una de las forjas, colocó sobre las ascuas un abultado "pote" de agua y, mientras hervía ésta, se dispuso a esperar, riendo de antemano al imaginarse el resultado de su plan. No fue larga la demora. A las 12, más o menos, cumplida parte de la ardua jornada, regresó Castrellón de su flamante "floresta", condujo esta al garaje, situándola sobre la fosa, y como de costumbre bajó al hoyo con el objeto de examinar las piezas de la locomotora que pudieran haber sufrido daño en el duro ajetreo de la mañana. Bien ajeno andaba el acucioso obrero del obsequio que le tenía preparado el rencoroso aprendiz. ¡Verlo éste descuidado y vaciarle sobre las espaldas el recipiente de agua hirviendo, fue todo uno!

¡Y corra m'hijo que para algo son las piernas!

Varias semanas de hospital, mientras sanaba de numerosas quemaduras, costó a Castrellón la hazaña de Robles, quien no hay para qué decir que se perdió de vista durante el lapso necesario para que le pasara a su papá el deseo de resbalarle sobre el lomo unos cuantos correazos!

En 1896 la buena suerte de Antonio —¿o acaso su hado adverso?---- lo había llevado como empleado de los señores Breuer Moller & Co. al lado de su hermano Marcos, quien desempeñaba las funciones de contabilista vi la próspera casa de comercio. Era gerente de la firma en Cúcuta A. Rehbein, padre del jefe actual y como directór de la sección de ventas figuraba don Carlos Villasmil, ciudadano maracaibero, tío de los conocidos choferes Arturo y Raúl. El detal o expendio daba a la avenida 5a. frente a lo que es hoy Banco de la República

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y sobre el mostrador, como chillona precursora de esos modernos pulverizadores de la paciencia, nombrados radioreceptores, funcionaba, con la misión de asombrar y atraer a la clientela, una de aquellas cajitas de música que tenían por dentro un puerco-espín de acero, cuyas destempladas vibraciones repetían hasta el infinito cinco o seis "selecciones" capaces de taladrar los tímpanos de un sordomudo apático.

Aquel Sábado, luminoso y ardiente por el sol veranero y animado extraordinariamente por el pintoresco ir y venir de las gentes de las cercanías que acudían al "mercado grande" de la semana, con sus "polleros" y "carrieles de cinqueñas" tintineantes, despertó en Robles impetuosos anhelos filarmónicos y desde muy temprano había estado pendiente del torturante instrumento, pasando y repasando el flaco repertorio, como si quisiera aprenderlo de memoria. A media mañana llevaba ya no menos de veinte monótonas repeticiones y tenía a Villas-mil, quien se manifestó siempre enemigo personal del bendito aparatico, en la más punzante tensión nerviosa tan aguda e insufrible como si tuviera los nervios al des cubierto y un dentista de buen humor se divirtiera pinchándoselos con una aguja.

—Por Dios, Robles, estalló al fin, tras mucho contenerse: deje en paz esa maldita caja, que me desespera! —Tápese los oídos, fue la respuesta que obtuvo.

—Bueno, insistió don Carlos; si no hace callar esa música del infierno, me quejo al señor Rehbein.

—Qué qué, le gritó Antonio, para quien cualquier amenaza era peor que un bofetón. Que se lo dice al señor Rehbein? Vaya, vaya pronto con el soplo; vaya de una vez, porque si no, no va a tener tiempo! y fulminando a su "enemigo" con venenosa mirada, se dirigió al perchero, rojo de ira y en el colmo de la furia, agarró el sombrero y de un soberbio manotazo; se lo hundió hasta _las orejas y se dirigió a la calle; no sin advertir de paso a Villasmil con voz entrecortada por la rabia.

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—Mire, maracucho del,... tal, a mi no se me ofende de balde!

El maestro Onofre Atencio, quien se hallaba casualmente en el almacén negociando unos candelabros para su piano, contaba que Robles, ofuscado hasta el máximun y tartamudo por su irreflexiva colera —sin control, que se diría ahora— añadió, ya en la acera exterior: "A este viejo desgraciado le voy a meter un pipazo en la barriga!",

¿Quién no recuerda en Cúcuta al "buchón" Ramón Rosas, el simpático relojero, maestro en el arte de hacer "la tiradera" y cuya perenne sonrisa era secuela de su perpetuo buen humor? Tenía entonces su relojería en el edificio que ocupa hoy el "Calzado Pelayo" y era compañero inseparable de Robles, a quien por un milagro de cariño, jamás disgustaron las chanzas de aquel su amigo insubstituible.

Al taller de Rosas llegó Antonio, visiblemente agitado; pero disimulando como pudo su turbulento estado de ánimo, no tanto sinembargo que engañara a su perspicaz compinche, le dijo apresuradamente:

—Ala, Ramón, qué te parece! Me manda la Casa a El Carmen, con urgencia, a recibir unos pagos y mi revólver está empeñado .. en no servirme. ¿Me prestás el tuyo mientras voy y vuelvo?

Intuición, presentimiento, corazonada o lo que fuera, hizo que Ramón vacilara. No obstante, capituló ante la presurosa insistencia del amigo y le entregó su certero Smith & Wesson, de nueve milímetros, advirtiéndole con recelo:

—Mucho juicio, ala; mirá que para una vaina no falta cuero!

No tardó Robles quince minutos en regresar a la casa Breuer. Entró precipitadamente y pasó hasta el solar del fondo, donde en una hoja al: aneada bruscamente de su libreta de apuntes, escribió sus últimas letras en las que manifestaba su atroz propósito y la razón del acto criminal que se decidía a cometer. Con el arma

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lista en el bolsillo del pantalón volvió a los mostradores; a cuatro o cinco metros de Villasmil le llamo la atención con un hosco "Epa!!" y al darle este el frente, sorprendido por el tono airado de aquella voz ronca, alterada, trémula, le disparó un certero balazo que le perforó el abdomen, con gravísimo destrózo de los intestinos. Avanzó rápido luego hacia los escritorios y como viera al señor Rehbein, que se levantaba alarmado por la detonación, le apuntó a la frente e hizo juego. El proyectil se incrustó en la pared, diez centímetros sobre la cabeza del sorprendido extranjero, quien en su afán de buscar amparo contra el alevoso ataque, tropezó y cayó de espaldas bajo el escritorio.

Convencido Antonio de haber dado muerte a dos hombres y en medio de la confusión producida, entre los gritos y clamores de auxilio, casi en los brazos de su hermano Marcos que avanzaba a desarmarlo e impedirle nuevas agresiones, volvió hacia sí el cañón del revólver y se levantó la tapa de los sesos de un brutal y horripilante disparo que le voló medio cráneo.

Su cadáver y el de Villasmil hicieron juntos el triste recorrido al cementerio, en las primeras horas del domingo siguiente.

Tal fue el pavoroso drama que conmovió a Cúcuta una mañana alegre y soleada de 1896, que tuvo por motivo ciertos compases de música mecánica y unas frases de reconvención sin importancia y sin intención dolosa.

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