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LAS DESVENTURAS DEL TRABUCO.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

LAS DESVENTURAS DEL TRABUCO.

Domingo Lindarte fue un verdadero personaje en el ambiente parroquial de Cúcuta de otros días.

Corto de remos; rechoncho lo que llamamos por aquí requeneto, mofletudo y moreno, con cierto tinte rojo cobrizo, evidente resultado de su desmesurada afición al "agua de panela fermentada", era y aún es en el recuerdo más conocido por su apodo "El Trabuco" que por su nombre de pila. No sabemos si el remoquete obedecía a las frecuentes y furibundas descargas de su lengua procaz y estrafalaria o a su descabalada figura, muy semejante a la del arma antigua de atronadores disparos de que el público lo hizo tocayo.

"El Trabuco" metía su chata naríz en cuanta fiesta, reunión, o manifestación popular hubiere, y aunque no se distinguía por la limpieza y orden de sus vestidos, donde quiera que algunos ciudadanos se agrupaban por algún motivo, allí estaba Domingo, descalzos sus pies deformes, desgreñada su melena y haciendo ruidoso alarde de su palabrería turbia y soez.

El día de los santos siameses Pedro y Pablo, acostumbraban los vecinos de la cuadra comprendida entre las esquinas hoy de "Puerto Arturo" y "El Canario" levantar a mitad del trayecto, uno de aquellos hermosos y

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nutridos arcos, que venía a ser epicentro activo de los festejos en todo el sector sud-occidental de la incipiente ciudad.

A la madrugada del 20 de junio ya estaban los alegres vecinos colgando del mencionado arco patillas, ventrudas badeas, adoríferos melones, deliciosas guanábanas, piñas, guineos y otras frutas, amén de tal cual iguana, sapos o armadillos, que allí iban a pagar las que debían muertos de hambre y sed al sol, maltratados por la muchachada inclemente que hacía de ellos blanco de palos y pedradas.

A las tres de la tarde se daban cita en el lugar, todos los Cucuteños en actividad ese día. Ocupaban las aceras, sentadas en taburetes, bancos y silletas, las mujeres del concurso. Lindas y repicantísimas morenas que habían volcado sus baúles para lucir lo mejorcito de su ajuar y gruesas y venerandas matronas. Endomingados caballeros; entusiastas muchachas del pueblo con sus largas enaguas de pursiana, coquetas blusas y preciosos sombreritos de jipijapa y airosos y gastadores artesanos, con lujosos pantalones de paño, blancas alpargatas y alba y bien planchada camisa, formaban pintorescos grupos que charlaban y reían, se cruzaban obsequios y se tiroteaban con almendras y confites mientras se iniciaba la ejecución del programa.

Principiaba éste generalmente con la carrera de argollas, juego de gran destreza y considerable habilidad en que tomaban parte numerosos y elegantes jinetes, quienes lucían al par que su donaire y apostura, la apostura y donaire de sus nerviosas cabalgaduras. De la vara transversal del arco, colgaban hasta una veintena de pequeñas argollas de metal, sujetas por vistosas cintas de alegres colores. Cada uno de los jinetes portaba una corta y delgada varilla de madera y partiendo a todo galope desde una de las esquinas adyacentes, procuraba ensartar en ella alguna de las esquivas argollitas, que el viento para mayor dificultad, movía en todo sentido. Conseguido su objeto diez a duras penas uno alcanza-

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ba el huidizo trofeo— el caballero galán marchaba, haciendo caracolear gallardamente su esbelto corcel, a depositar el fruto de su hazaña a los pies de la pizpireta cucuteñita de sus pensamientos, la que pagaba el ¡presente con la más melosa y provocativa sonrisa de sus rojos y húmedos labios.

Venía luego la piñata destinada a la chiquillería concurrente. En el mismo arco se colocaba una moya de barro, barrigona y de débiles paredes, sostenida a poca altura por un pedazo de soga. Al muchacho que quería tentar suerte se le vendaba y entregaba un regular trozo de palo, con el cual a ciegas debería romper el artefacto. Al conseguirlo caían de éste verdadera lluvia de golosinas y monedas, pero junto con estos venía al suelo un enorme panal de rayadas avispas que hacían presa fácil y segura en los ambiciosos chicos y hasta grandes, que acudían a recoger el botín.

Cuántas veces el imprudente "Trabuco" no anduvo todo un 30 de Junio con pescuezo, cara y manos monstruosas de hinchazón a consecuencia de la piñata del 29? Por último se celebraba el original e hilirante número de "la sartén esquiva".

Pendiente del socorrido arco se mantenía a un metro poco más o menos de altura, una sartén nueva a la que previamente se había recubierto de gorda capa de hollín mezclado con sebo. En el centro de dicha sartén iba pegada con cera una moneda de cincuenta centavos. El candidato que deseaba hacerse dueño de ésta, debía someterse a llevar las manos amarradas a la espalda y despegar la moneda con los puros dientes en el término no mayor de tres minutos. Superfluo es agregar que en la mayor parte de los casos resultaba el "Trabuco" vencedor en la dentrífica contienda.

Un 29 de junio, cuando mejor y más copioso era el gentío en la tradicional festividad, mostraba arrogante y donjuanesca presencia un rico visitante venezolano, a que acompañaban unas cuantas lindísimas doncellas del vecino país, que las da por cierto divinas en sus formas

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y modales. Vestía pulcramente el hombre, elegante flux de inmaculada blancura y reía como cualquier monzalbete de las peripecias y contorsiones del "Trabuco" para apoderarse de la cigüeña.

Finalizado el espectáculo y revueltos ya todos los asistentes, a la hora de dispersarse, el "Trabuco" que como todos sus compañeros de diversión llevaba la frente, nariz y cachetes embadurnados de negro, acertó a quedar a espaldas del petronio venezolano. No pudo resistir el atrevido ganapán la tentación de aquel traje de deslumbrante blancura y como un gato marrullero se les acercó poco a poco y se limpió la cara en el impoluto traje.

Sentir aquello el ofendido, oír las carcajadas de sus acompañantes y volverse hecho un basilisco hacia el desprevenido "Trabuco" fué todo un relámpago.

Y allí quedó tendido el infeliz Domingo, medio despanzurrado a bofetones y puntapiés propinados en buen número por el enardecido tachirense, quien tuvo que regresar al hotel aquella tarde en puras mangas de camisa como cualquier artesano cucuteño.

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