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LA TIENDA DE DON BENIGNO.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

LA TIENDA DE DON BENIGNO.

No era entonces El Carmen el triste y raído caserío que hoy se desmorona poco a poco ante los ojos velados de sus escasos moradores. Había allí un lindo pueblecito muy claro y muy alegre, con su capillita esbelta, de sonoras y relucientes campanas, un vecindario afable, hospitalario y queredor de su tierra, habitaciones pintorescas, siempre enlucidas y aseadas y muchas tierra das, muchas, aunque ninguna como la tienda de don Benigno.

Cien metros arriba de la plaza se levantaba espléndida y airosa la casa de don Benigno, grande y cómoda como casa de campo, y allí mismo, en la pieza de la esquina, la tienda. La habitación era de las de corredor hacia la calle, ancho como de cuatro varas, empedrado con menudas peladillas de playa y sostenido por gordos y redondos estantillos, pintados de verde, en los cuales se enroscaban, profundas y brillantes, las cicatrices dejadas por el roce de los lazos o las sogas con que ataban sus cabalgaduras los jinetes que, de paso, se apeaban a correrse un trago, o a refrescarse con "una de a medio" del confortable y catire guarapo dulce, especialidad acreditada de la casa.

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Aquello pasaba de tienda a almacén comprimido, donde quedaba práctica y rotundamente comprobado el dicho popular de que "todo cabe en un pocillo, sabiéndolo acomodar".

Cuanto puede ser útil al hombre, de día o de noche, en los momentos tristes o alegres, para el cuerpo o para el espíritu, estaba representado en la tienda de don Benigno, por una o varias unidades, según su grado en el escalafón de las cosas necesarias.

El negocio se hallaba instalado en un salón, relativamente pequeño, con dos puertas hacia la vía principal y una tercera a la del cruce, y constaba de un sólido armario de gruesas tablas de "peraco", una tosca "vidriera" al lado izquierdo y el mostrador, bastante alto y de color caoba, sobre el cual y en el extremo derecho, se alineaba poderosa escuadrilla de totumas de diversos tamaños; dos o tres "tamas" para colar, la "sacadora" y una batea con agua para lavar (?) las "chicaras' entre uso y uso. Para comodidad del público había, además, un par de banquetas rústicas adosadas a la pared, como para que ésta contuviera prudentemente los peligrosos bamboleos de aquellos clientes que preferían al dulce, el amarillo "hiede" llamado cariñosamente "tumba-moscas", que hervía públicamente oculto en barrigonas moyas, bajo el mismo mostrador.

El armario era un verdadero primor de orden y clasificación: en la parte interior, sobre el húmedo suelo y en cajones inclinados con absoluta simetría, se mostraban los víveres de consumo rápido, en grano o en polvo, como azúcar, maíz, café, sal, harina, arroz, etc.; en la primera tabla de la estantería, de anchura mayor que las otras y a determinada altura, se agrupaban, hacia la izquierda, lazos de fique, pretales, espuelas, estribos de bronce y de vaqueta, de aro y de bota, acciones, cinchas, jáquimas, cuanto, en suma, requerían los sistemas de viajar en la época; y a la derecha, pilas de botellas de cerveza "malta" y "franciscana", horchatas, anisado, ron, brandy, eneldo, etc., con vasos y vasitos propios para el servicio y

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algunos platos de peltre con apetitosas pirámides de arequipes, "lengüevacas", almojábanas, cuajadas y quesadillas, todo cubierto por cúpulas de anjeo. En los tramos superiores del sector izquierdo, zarazas, liencillos, pursianas, géneros y merinos, toallas, driles y otras telas; al centro, frascos de tricófero, aceites, yodo, árnica, curarina, ungüentos y pastillas, píldoras y emplastos; kerosene, espermas, mechas, tubos, pantallas y otros útiles domésticos; en el sector opuesto, tabacos "recortados", "pepitos" y "cosecheros", cigarrillos fósforos, galletas, rancho, herramientas para toda clase de trabajo bueno, desde alfileres hasta machetes, desde puntillas hasta alcayatas, desde pañuelos hasta "sobrecamas" de todo y para todos, sin contar lo que colgaba a lo largo de las divisiones verticales, como cinturones de "cuero", carrieles, ropitas para bebé y otros artículos, ni las ristras de zapatos lisos y alpargatas, pendientes de cuerdas a lo largo de los muros y que se bajaban a la mano del comprador con orqueticas de cañaguate, ad-hoc.

La "vidriera" estaba reservada a la mercancía fina y menuda, tal como encajes, viñetas, "patchouli", cascarilla, espejitos, peines y peinetas, cintas y camándulas, mancornas, hilo, papel y envelopes, lápices; efectos baratos para regalo, y todavía, sobre lo alto del mueble, se ofrecían, tentadores jarros y platones de loza esmaltada, jaboneras y otros recipientes de urgente aplicación.

Don Benigno y a ratos su abultada consorte, no daban a basto. En ir y venir del mostrador al armario y viceversa, caminaban leguas al día, desde las cinco, con el último canto del gallo, hasta las nueve de la noche, hora en que cerraban para contar, sonrientes, sudados y complacidos, el "diario" de la venta, que pasaba, convenientemente apretujado en una mochila, al fondo del arcón que guardaban debajo del voluminoso tálamo nupcial.

Y era que don Benigno y su bien nutrida compañero poseían "garabato" especial para atraer a la clien-

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tela. Prójimo que entraba una vez a la tienda, volvía hasta la consumación de sus días.

Llegaba, por ejemplo, un peatón, pantalón arrollado hasta media pierna, ruana al hombro y sombrero de caña, tumbado sobre la nuca, rojo y empapado de sudor.

—Muy buenas, don Benigno .....

—Ala, quiai! Dionde venís con este solonón!

—De Cúcuta, y ah jediondo calor quiace. Echeme una grande, patrón, del güeno pa que me corte el sedán que traigo Ah y enséñeme una estampa de San Isidro, que me encargó aquella.

—Eso es pa yá.

Don Benigno preparaba la totuma más capaz, revolvía concienzudamente el "agresivo" líquido que hacía gorgoritos, y mientras el cliente pasaba litros de saliba, porque la boca se le había vuelto un "magdalena"; sostenía con la mano izquierda la "tama" y colaba poco a poco la bebida, que tendía luego cortesmente al consumidor. Sin disimulo alguno vaciaba a golpecitos contra el mostrador los diez o veinte cadáveres de moscas y los otros cuerpos extraños que habían quedado en la "tama" y esperaba sonreído el tote estrepitoso, el !aah! inevitable de aquél, al terminar la absorción.

—Echeme l' otra, presto, qu' esta ni me llegó al estógamo! era el final obligado de la escena.

Escogida con ostentoso cuidado la imagen exigida, don Benigno la mostraba orgulloso:

—Fíjate, vé, está el santo que habla! Palabra que te llevás la "oliografía" más linda, tanto que yo la iba a dejar para mi cuarto. Pero a vos no te niego yo ná. Esto por ocho dales es un obsequio!

Y el hombre salía feliz, perfectamente convencido de que había adquirido un monumento de arte y confiado en que "aquella" no tendría que reclamar.

El expendio de guarapo constituía la más firme urdimbre del negocio y sus pródigas unidades superaban a todas las demás reunidas. Bien es cierto que era "lidioso" el trato, como lo aseguraba la amante costilla de

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don Benigno y que requería extremas dosis de paciencia y tacto para sortear sus múltiples bemoles, cosa a veces imposible, como, al fin, sucedió aquel sábado.

No eran aún las diez de la mañana cuando de los cerros de Morretón bajaron su compadre "Grabiel", la comadre Lucía y otras dos parejas amigas, cuyos componentes varones parecía que hubieran madrugado a "espantar el diablo", pero con ímpetu excesivo según lo rubicundos, afectuosos, conversadores y expansivos que venían.

Gabriel, que presidía la partida, penetró con todos en la tienda bastante tatareto, y por sobre el mostrador, hecho una avalancha de cariño abrazó a don Benigno:

—Compadre, compadre ya vé venimos a pagar la promesa. Aquistá lo bueno guardao, agregó dirigiéndose a la comitiva. Sírvaselo compadre, pa tós y pa usté también.

Yo ya almorcé, compadre; otra vez lo acompaño.

--Um...narices! Usté toma ahora mesmo!

--Hombre, Grabiel, no siás pesao, terció Lucía. Deja tranquilo al compadre.

Vos no te metás en las cosas de los hombres. Tomemos, cómpa es que me despresea ..... Eso no, Compadre Usté sabe lo que yo lo quiero Ustés mi hermano. Jálele, .pues... Porque yo vengo muy alegre.

—Después, Grabiel Es qui orita comí

—Tá bien Me conjormo; pero entonces grite con yo "viva el gran partido liberal"!

! Don Benigno, que "nao comulgaba" como dicen ahora los literatos, con las mismas ideas del otro, se hizo el sordo.

—Tampoco? le reconvino el alzado, ya con aire de disgusto. ¡Compadre compadre despresiéme a yo... ... bueno pero a mi causa no no, y no. Mi partío es sagrao A ver: grite "viva el partido liberal"!

Y al ver que don Benigno no abría la boca, desenfundó un brillante revólver de nueve y "espejeándolo"

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hábilmente, continuó, ya en voz alta e irritada: Míre, cómpa Yo a usté no lo mato, porque a un compadre no lo tiro yo por ná. Pero si no grita "viva el gran partido liberal", me mato yo palabra, compadre. Usté me conoce.

Grabiel, dej'eso…. Vamonós, mediaron, pálidos, los otros. —Vamonós, no. Aquí va a haber su vaina hoy… Fíjese, compadre, que sí tiene "cápsulas" Apuntó al estante y de dos disparos reventó una lata de kerosén y varias botellas. Al ruido de las detonaciones acudió el Comisario Mayor con tres policías; la calle se pobló de curiosos. Ladraron los perros y chillaron las mujeres, Gabriel saltó el mostrador y desde adentro vociferaba:

--Viva el partido liberal El que se me meta, se muere, adobando la amenaza con ajos y cebollas.

Pocos minutos después aparecieron como brotados de la tierra media docena de morretoneros que volaban a la defensa de su paisano, y ocho o diez carmelitanes "citados" por la autoridad. Aquello se volvió la zambra muy señora mía. Palo, piedras y bala silvestres .. Los atacantes se llevaron en banda, vuelto añicos el mostrador y a don Benigno lo sentaron sobre los restos de una moya, haciéndolo ver luces, rayos y culebrillas de un soberbio banquetazo en la cabeza. Una repetición del terremoto del 75..... Un cataclismo.... El caos......

Ocho días después, eso sí, se reabría el negocio, con nuevo mostrador, nueva "vidriera" reformado el armario, todo en orden perfecto, pero sin rastros siquiera de "totumas", 'lamas", "sacadora" y ocultos moyones del criollo licor.

Y entonces, amigos nuestros, entonces principió, incontenible, la decadencia de la tienda de don Benigno.

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