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EL VIAJE DE DON FORTUNATO.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

EL VIAJE DE DON FORTUNATO.

Lo que sigue es aproxima la descripción de uno de aquellos viajes que nos veíamos obligados a hacer los colombianos, años atrás cuando oíamos hablar de carreteras como de cosa exclusivamente propia de países lejanos y maravilloso y pensábamos que los automóviles jamás serían capaces de vencer la agresividad perpendicular de nuestros desfiladeros, ni taladrar la muralla vegetal y poliforme de las selvas tropicales.

I

Don Fortunato Ordóñez y Morales desempeñaba las augustas funciones de juez municipal de Rovira-nuevo, pueblo floreciente y hasta bastante antiguo a pesar de su remoquete de nuevo", con una docena de manzanas en total, médico permanente, botica bien surtida de drogas blancas, billar y acueducto, porque de algún modo ha de llamarse, la serie de guaduas que conducían desde su propio nacimiento en el cerro hasta la esquina baja de la plaza, un chorrillo de agua muy escasa, pero también muy cristalina, dulce y agradable, apenas suficiente para abastecer al vecindario, Don Fortunato Ordóñez y Morales fue hijo único del juez municipal don Praxedes Ordóñez de la Rosa, quien a su vez fue unigénito de don

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Escolástico Ordóñez de Molina y Santos, hombre probo y magnánimo a quien cupo el honor de instalar el primer juzgado en Rovira–nuevo, un par de años después de la muerte del Libertador, en Santa Marta. Don Fortunato contrajo solemnes nupcias con doña Juanita Estefanía Salguero, oriunda de Rovira--viejo. Porque ha de saberse que a unos dos o tres mil metros al sur de Rovira--nuevo, existían aún varias casas, con el nombre de Rovira--viejo, resto de lo que fuera en un tiempo burgo rico y apacible y que se despobló rápidamente cuando, en medio de una terrible epidemia de viruelas, sus moradores pudientes principiaron a construir en el vallecito cercano, la próspera población que ya conocemos como sede judicial de los Ordóñez.

Del enlace de don Fortunato y doña Juanita nació también un solo hijo, que fue bautizado como Antonino de la Cruz Ordóñez y Salguero, a la sazón estudiante de bachillerato, allá por el año de 1904, en las aulas de San Pedro Clave; en Bucaramanga y quien fue causante involuntario de las aventuras, peripecias y desgracias que más adelante se relatan.

Don Fortunato Ordóñez y Morales era alto y huesudo, con pronunciadas reminiscencias de don Alonso Quijano, crespo y abundante cabello gris, poblados y pulidos mostachos y una esmerada barba a la boulanger que le daba acentuada semejanza con Eduardo VII de Inglaterra. Cumplida hasta más allá de la exageración, mantenía tan cronométrica distribución de sus horas que jamás faltó en determinado punto en el momento previsto.

Por eso aquel jueves, cuando llegó a su casa minutos antes de las cinco, si más fallece doña Juanita de un colapso. Aterrorizada, medio despavorida, alcanzó a preguntar:

—Qué su.....cede m' hijito?

--Nada grave. Es decir, nada muy grave. Una inexplicable transgresión de las leyes del estudio por parte de Antonino. Mira esta carta de Hermógenes. (Hermó-

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genes se llamaba el acudiente del futuro juez de Roviranuevo). En ella me informa que Antonino se halla absolutamente disipado; que ni estudia ni atiende a sus lecciones y que en cambio no hace otra cosa que devorar novela tras novela, esos novelones franceses fantásticos e impuros de Zolá, Dumas, Balzac y Fouquier. (Hay que perdonar a don Fortunato. En cuanto a Códigos, Leyes y Ordenanzas cargaba bien el título de "doctor" que todos le asignaban con respeto; pero en literatura Jesús María y José! confundía a Salmerón con Salgadi y lo mismo le daba citar a Fouquier en lugar de Faubert). Ni consideradas amonestaciones, asegura Hermógenes, ni reprimendas, ni la supresión de la cuota monetaria en los días de salida, han sido eficaces para corregirlo. Tengo que ir yo Juanita; y Dios y la Patria me lo demanden si no logro la reforma del cachifo.

¿Pero vas a viajar tú a Bucaramanga? preguntó entre asustada y sorprendida la pobre señora; si tú apenas montás una vez al año para tus cortas inspecciones?

—Cuando la necesidad se presenta, lo pertinente es darle la cara. Debo ir e iré. !Leoncio! llamó en alta voz, a la que contestó desde el interior de la casa otra voz robusta y clara:

—A ver, señor!

--Mirá, continuó don Fortunato al aparecer en escena un negro fornido y jovial, sirviente de confianza del doctor, a cuyas órdenes servía desde ocho o diez años atrás: desenfundá la montura; examinala bien que no le falte alguna correa ni tenga partidas las hebillas; sacá las polainas y las espuelas; arreglá los sudaderos y alfombras y me lo limpiás todo, con el freno y la jáquima, como para salir el domingo en viaje a Bucaramanga.

—¿Va a ir usted a Bucaramanga?

— Y vos conmigo, para que me llevés la maleta. Media hora después el mismo criado se presentó de nuevo ante don Fortunato para rendir su informe:

—Ya está, Doctor, La grupera está rota; el freno

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no tiene barbada y a la bolsa del caucho le faltan dos botones. Todo lo demás está como acabadito de comprar.

Aquella noche, como les era habitual, salieron de visitas don Fortunato y su costilla. Demás está decir que en las tres o cuatro salas que los recibieron, el tema de la charla fué el viaje a Bucaramanga y que en ninguna de tales partes dejó de advertir el meticuloso juez al despedirse: "Va saben que estoy completamente a sus órdes y que si quieren escribir o mandar algún encarguito tendré el mayor placer en servirles.

Y lo mismo sucedió en la noche del viernes en las residencias de otras tres o cuatro de sus amistades predilectas.

El sábado en la mañana lo dedicó don Fortunato a poner en orden los papeles de su oficina, y antes de regresar para el almuerzo, tuvo una breve charla con su francote amigo el general Solano.

—General, enhebró de una vez, necesito su mula de silla para una salidita a Bucaramanga.

— ¡Caramba! mi querido Doctor, la mula no le sirve; no sé cómo me le hicieron una matadura atroz; pero con mucho gusto le facilitaré el mejor de mis caballos, el "Uribe". Ud. sabe que aquí hay para escoger.

Y tenía razón el General, pues en sus pesebreras y potreros pastaba extensa cantidad de bestias, de todos los pelos y tamaños, las que según las lenguas desenfrenadas y corrosivas de los rovirenses, procedían de distintas brigadas de la revolución y del gobierno, muy hábil y discretamente podadas por el marrullero veterano en el último año de la guerra que acababa de pasar.

Al despedise, el General con enigmática sonrisa hizo la siguiente e intranquilizadora aclaración.

--Debe tener en cuenta, Doctor Ordóñez, que el "Uribe" tiene un pequeño resabio; para montarlo hay que taparle el ojo izquierdo y conservarle doblada la mano derecha; pero una vez sobre la silla es como si estuviera Ud. montado sobre una dama.....

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---!Caramba!

—Bueno es un decir....... Le aseguro que Ud. lleva la mejor bestia de todos estos contornos.

Cuando hinchada el alma con las ilusiones florecidas a la sombra de aquella proyectada excursión, regresó don Fortunato a su casa, en el filo de las doce, en pos del bien sazonado yantar, se encontró estupefacto con lo que sigue: una caja de cartón bastante voluminosa y pesada, en cuya tapa escrita con grandes caracteres de tiza, se leía esta dirección : "Señor don CrisóstomoOrdóñez.—Bucaramanga. —Fina atención del Doctor Fortunato Ordóñez y Morales"; un atado con dos paraguas y un bastón para el Padre Benítez; un pequeño baulito de hojalata, de 50 libras lo menos, dirigido a doña Eufrasia Troncoso; una pequeña ollita de barro plena de blando y provocativo arequipe, sobre 'a cual en un papel pegado con almidón pedía leerse la siguiente dedicatoria: 'Para Antonito Ordóñez. Recuerde de su vieja amiga Raimunda Moros"; tres docenas de cigarrillos Legitimidad para un capitán Medina y tres o cuatro paquetes más, de menor cuantía, aunque no menos inoportunos y estorbosos.

Ante aquella avalancha de encargos, el espíritu de don Fortunato se sintió profundamente abatido. No obstante, en tono rabioso que denotaba ira y sorpresa en mancomunada compañía, clamó estentóreamente:

—Leoncio Leoncio cerré donde el general Solano y le decís que además del caballo me flete, una mula de carga aperada; y prepará las petacas para meter todos estos bojotes.

--Mangaras, Doctor, ni que juéramos el correo de encomiendas.

Amaneció por fin el domingo del viaje. Desde las 4 de la. madrugada tenía ya Leoncio ensillado y enjaezado el brioso caballo moro, que debía conducir sobre su redondo y afelpado lomo al digno Magistrado de Roviranuevo. Iban ya a partir después de tiernos y melosos abrazos entre don Fortunato y doña juanita y luego de

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oír por centésima vez emocionadas recomendaciones.

—"Tené mucho cuidado, m'ijo-- con los malos pasos; mirá que vos sos muy lerdo. Y no te olvidés de ponerte mañana la franela de lana. Ahí entre los bolsones van tus píldoras, no te quites el escapulario y decile a Leoncio que vaya siempre al lado tuyo".

Iban ya a montar, repetimos, cuando, desalada y fatigadísima por la carrera, llegó una sirvienta que llevaba en la mano algo así como una pequeña casa de madera:

—Don For ... tunato, buenos días; que misiá Rudesinda lo manda a saludar y que le dá mucha pena pero que de por Dios le haga el servicio de llevarle este regalito a la niña Panchita que está en casa de las Mantillas en Matanza. Y descubriendo una jaula de madera y anjeo, dejó ver un amedrentado miquito, que horrorizado de tanto sacudón, se mantenía hecho un ovillo en el rincon más defendido de su metálica prisión:

—Es un monito "Araguato" pero muy mansito y no da guerra. Aquí le manda doña Rudesinda p'al camino, terminó entregando a Leoncio envueltos en fresca hoja de plátano un biscochuelo, dos guineos "quinientos", un par de cocadas y una latica vacía redonda, diz que para servirle el agua.

Don Fortunato se rascó detrás de la oreja con la uña del índice derecho, signo evidente de enorme contrariedad y contestó a la doméstica:

—Decile que está bien, y ordenó a Leoncio: ¡soné esa jaula como sobornal; si hace sol le echás la manta y si llueve el encerado. El pobre animalejo no tiene por qué pagar la impertinencia de su dueña.

—Esta sí es. vaina, subrayó el negro; ora si que quedamos igualito a los gitanos Mucho será si ese bicho no se despega en el camino.

II

Y con los pantalones arrollados, ruana al hombro y después de ayudar a montar a su amo, de acuerdo Con las instrucciones del General Solano, descargó un soberano foetazo en el anca de su acémila que salió co-

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1 rriendo torcida por el dolor y echó. calle abajo, seguido de cerca por den Fortunato, muy erguido y elegante en su caballo "Uribe".

Por el: oriente principiaba a pintar el sol un asombroso pentagrama de líneas multicolores y brillantes.

Atravesaban, ya en las horas del medio día, a media falda y bajo el palio frondoso y murmurante de las ceibas y caracolíes, una extensa y rica zona de cafetos en producción. Habían callado las chicharras aquel pi pipi-pi i i í que llena de monótona melancolía la ruta de los viajeros y. hace más denso e impresionante el silencio de los montes.

---Los bejucos, cargados de pepitas rojas, azotaban la cara del doctor. quien de vez en cuando arrancaba una, la llevaba a la boca y mordiéndola poco a poco iba chupando el dulce y mucilaginoso jugo que envuelve y protege las gemas vegetales del aromoso fruto. Leoncio caminaba a pasos largos entre don Fortunato y la bestia carguera, la que de trecho en trecho intentaba detenerse a ramonear, viéndose obligada, al intuir el latigazo del arriero, a emprender cortos trotecitos verdaderamente fatales para e! desventurado araguato que la cabalgaba.

---De pronto una enorme nube oscura que se extendía muy baja haciendo más sombrío el sombreado camino, principió a soltar gruesas y pesadas gotas.

---¡Mula, cara....!gritó Leoncio; arza, so recondená que parece que no habés tragado en toa la semana. Corré Y le atizó dos sonoros cuerazos. Pique, doctor, agregó; pique, qui aquí nomasito hay una casa pa que se ponga el caucho.

---El "nomasito" aquel resulto cosa de un kilometro o más, de modo que cuando entraron, al cabo de la carrera, bajo el tejado protector de un corredor, don Fortunato iba punto menos que ensopado. Sin embargo, con la dignísima paciencia de un funcionario ecuánime, extrajo de los bolsones un amarillo forro de hule, con elcual cubrió su ya averiado jipijapa y abrochándose hasta las orejas el amplio encauchado, compuso como pudo

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un cigarrillo que fumó con deleite —seguro de que aquel placer no se repetiría en toda la tarde— mientras el negro desplegaba lonas y encerados para salvar lo ya mojado y entre esto, sobre todo, la próvida mochila del avío que colgaba junto a una lonja de carne oreada, de la parte posterior de la carga.

El camino era un torrente de aguas sucias que arrastraban piedrecillas y basuras. Rayaban los relámpagos el horizonte, seguidos de retumbantes truenos, cuyo fragor corría a lo ancho del cielo hasta perderse en lo infinito. Leoncio daba un paso y un resbalón, acompañando cada uno de éstos de enconadas maldiciones. El cafetal entero retemplaba bajo los chaparrazos de la lluvia con estruendos de batallas.

Llovió hasta las cercanías del pueblo donde debían pernoctar los empapados caminantes. A eso de las seis enfiló el "Uribe" la única y solitaria calle del misérrimo pueblucho, y luego de recorrerla toda, penetraron al fin don Fortunato, Leoncio y el araguato en un gran patio, convertido entonces en laguna de lodo, especie de recibo según el peón, de la también única posada del poblado.

Doña Pía era la dueña tdel negocio. Vieja en aumentativo, de caderas solemnes y pomposas: senos enormes que, aunque y?, semi exhaustos proclamaban época anterior de exhuberancia apocalíptica; manos y brazos rollizos y pecosos; siempre tocada con -minúsculo sombrerito de paja y con dos largas y grasosas trenzas, de un pelo que fue rubio y ahora de color de greda blanca, que le caían a ambos lados del robusto pecho, como “elásticas” antiguas. Era doña Pía, tal vez por influencia de su nombre, la única persona que en aquel destarlalado caserío brindaba cobija bsjo su techo a los transeúntes que por desgracia recorrían aquella vía. —Que si nos da posada, mi sia Pía, v salud todos, dijo Leoncio dósle el patio, mientras su devencijado señor se desmontaba con un profundo ¡aaah! de satisfacción.

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—Si se acomodan con lo que haiga......respondió desde la cocina la monumental maritornes.

El menguado corredor de la hostería estaba “hasta el tope” con las cargas y aperos pertenecientes a los cuatro o seis arrieros que habían acampado allí desde temprano, apenas sí quedaba despejado un reducido espacio en un extremo para la “mesa de comedor”, si es que tan halagador distintivo podía aplicarse a tres tablas montadas sobre dos “burros", todo ello abundante en pegotes y chorreaduras de cuantas substancias habían desfilado por sobre su accidentada superficie en el curso de los años.

—Tiene algo de comida? indagó el peón, mas para darle trabajo a la lengua que con esperanza de obtener respuesta favorable.

—Ay m’ ijo, contestó con voz placentera la patro- na: naíta, naitica,ni payo hay ná entanainas! Si no trén ..

—Giieno, aquí tiene cacao y giievos; hágale unos pericos al dotor y nos asa este pedazo de carne oriá.

—Asina o digo que nó.

—¿Y onde le va a tender al patrón?

—Esa ej otra! La sala t’ astal techo, atisbe y verá. Lo único que queda es el cuarto de la tienda, pero ai tengo el maíz de la cosecha Vea a ver si les sirve!

Como la pieza enunciada no tenía comunicación con el resto de la casucha, dieron la vuelta por la calle y doña Pía destorció, a dedo limpio —bueno, lo de limpio es mera eufonía— el grueso alambre que, a modo de candado sujetaba las argollas de la puerta y empujó a puntapiés los batientes, los cuales, más que en las bizagras, descansaban sobre el físico suelo.

El panorama que se descubría ante los ojos de los desanimados viajeros no acusaba ni un mediano porcentaje de consuelo!

Contenida por un par de burdos tablones superpuestos y otros trebejos similares, que hacían represa frente al vano de la puerta, una cantidad enorme de maíz desgranado colmaba la habitación —tres metros por dos,

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a mucho conceder— hasta una altura no menor de treinta centímetros. En el rincón de la derecha, como un viejo barco al garete, emergía de aquel océano amarillo, un destartalado armario, de cañas y palos, vacío por completo. En el izquierdo, colgaba del techo un descabolado "zarando” de madera sucia y carcomida, repleto de pansudos calabazos tapados con tusas, garabatos para ‘angarillas”, pretales, sobrecargas y otros enseres de labor, a una vara escasa del maíz, y recostados a la pared del fondo, varios “cueros” de res, duros y arrugados, doblados como las paginas de un libro colosal, ofrecían la única posibilidad de cama en aquel obligado hospedaje.

El cuarto había sido blanqueado recientemente con “lechada”, pero largos chorretes negros, en el muro, indicaban que allí habían pasado ya otros desventurados y que habían pegado sobre la rugosa pared vehs de sebo, para alumbrar y hacer menos tétrica su nocturna tragedia.

Doña Pía corroboró esta hipótesis cuando, al notar las nubes de desagrado que ensombrecieron el semblante de don Fortunato, afirmó con énfasis rotundo:

—Aquí se han quedado muchos y qu’ esque han pasado muy buena noche! Lo que hay ....

—Así será, señora, cortó el ambulante funcionario y dirigiéndose a Leoncio, añadió:

—Vos le diste de comer al mono?

—Sí, señor, palabra!

— A ver, miráme a los ojos.

El mozo se mostró remiso a cumplir esta orden por lo que aquel le amonestó con severidad:

—No seás embustero, Leoncio. Ya se me ponía a mí que vos te comerías los dulces y las frutas de ese pobre mico. Señora, agregó, tenga ustéd la bondad de ver que este hombre le ponga unas sopas de chocolate, pericos, carne y agua a ese animal y que cubra la jaula con una manta. Esas bestezuelas son muy sensibles al frío, y aquí hace del bueno!

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—No pase aján, doptor. Dende que toy viuda le he cogío harto cariño a los animales porque me recuerdan al dijunto. Ese sí que les ponía afeuto!

—Ah, mire: mándeme con la comida una botella de aguardiente y velas.

Y mientras la pía ama de casa se alejaba con el mohíno sirviente, don Fortunato pidiendo a Dios fuerzas extraordinarias, como quien se resuelve a tirarse a un pozo de agua helada, penetró al dormitorio", hundiéndose hasta más arriba del tobillo en la granulosa alfombra que chirrisneaba como un dorado aunque traidor tembladal.

Consumida la frugalísima merienda que casi en su totalidad pasó a los elásticos estómagos de Leoncio y el hambreado macaco; porque valiente apetito iba a tener don Fortunato con aquel cansancio que le destrozaba los huesos. Extendió el primero para su amo uno de los in- dómitos cueros, precisamente bajo el “zarando”, de manera que éste hiciera las veces de dosel; suavizó la cama con una piel de oveja, lanuda aunque nada limpia, más algunas frazadas o cobijas; colocó la jaula del ara- guato en lo alto del estante y terminadas cabalmente sus tareas, se tendió sobre el puro maíz, echándose encima un encerado, a guisa de cobertor.

Don Fortunato realizó varias operaciones antes de estirarse en el lecho: desvistióse con minuciosidad; se regó generosamente el adolorido cuerpo con aguardiente; elevó a las alturas sus acostumbradas plegarias y de un soplo apagó la pestilente candileja, convencido plácidamente de que —oh los espejismos de la ilusión— iba a dormir como un santo varón, como un canónigo bien alimentado!

Diez minutos llevaría “en brazos d«l amor feo”, co- mo decía doña Pía, cuando despertó sobresaltado. Se revolvía en la cama furiosamente, como un contorsionista loco y se rascaba frenéticamente, como si las dos ma- nos se las hubieran multiplicado por diez, las corvas, la cintura, el pecho, la nuca, los pies, la espalda, todo al

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mismo tiempo. Un ejercito numerosísimo, astronómico, in- finito de diablejos raudos y microscópicos, extraordinariamente móviles e intangibles, le clavaban con enardecimiento sus aguijones, que parecían puntas de alfileres calentadas al rojo blanco. Don Fortunato no podía ex- plicarse qué clase de bichos eran aquellos tan feroces y volátiles. Empeñado en identificarlos fijaba su atención en el recorrido de uno cualquiera y al notar que se de- tenía para arponearlo, ¡paf!, se daba un tremendo mano- tazo, apretaba los dedos contra la carne y los juntaba con máxima precaución. ¡Nada! Sus enemigos debían ser gaseosos porque no atrapaba ni uno!

Se hallaba entretenido en una de estas interesantes cacerías cuando sintió que otro animal, ya de regulares proporciones, le cruzaba veloz el torso, rozándole de paso una oreja, a tiempo que otro de la m sma especie, le mordía suavemente uno de los callos. ¡Santo cielo, aquellos callos que él cuidaba con celo extraordinariamente paternal, para que nada ni nadie los tocase!

No pudo resistir esta nueva prueba y de un violento brinco se sentó, produciéndose en el acto el más estrepitoso y formidable choque de su testa contra el “zarando”, que se bamboleó peligrosamente con gran ruido de calabazos que bailan, angarillas que se desplazan, pretales que ruedan y tusas que vuelan al espacio. Del artefacto colgante le cayó sobre los ojos —pues que el topetazo lo tiró de espaldas— iría lluvia de tierra y a la vez comenzó a gotearle sobre el cuello y la barriga un líquido espeso, helado y pegajoso que lo alarmó. ¿Sangre? Pero, sanare fría? ¿Y de quién y porqué?

Humedeció en aquello uno de sus dedos y lo llevó a la nariz, pero le resultó Inodoro; se aventuró a probarlo y lo halló ... dulce.

¡Miel! Miel, sí, de la que guardaba doña Pía, para servirse de ella en cambio de panela!

Mientras adelantaba toda aquella investigación, la meloza le había empapado la franela y una gran zona

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del cuerpo y le corría en pequeños ríos por brazos y espalda.

Desesperado y furioso buscó a tientas los fósforos, mas no acertó a encontrarlos y entonces principió a dar voces:

Leoncio, Leonciooó, Leonciooó! Despertáte condena- do! y sumó a sus clamores un zapato que arrojó con fuerza hacia donde suponía dormido a su edecán..El tiro dió en blanco, seguramente, porque el hombre se levantó de un salto, asustadísimo y casi sin poder articular palabra:

—Qué su......su cede? Qué pa ..... pasa? preguntaba. —Encendé pronto la vela, que estoy siendo víctima de una fantástica confabulación de poderes infernales. Me pican, me chupan, me muerden, tengo un chichote en la cabeza y estoy enmelotado como un alfandoque revenido! gritó en el colmo de la ira y la impaciencia el acongojado Juez de Rovira-nuevo.

Al brillar la luz centenares eje ratones huyeron a ocultarse en sus cuevas y algunas conchudas cucarachas emprendieron la ascensión al techo por las rugosas paredes. En la jaula el pobre araguato mártir se arrancaba gruesos mechones rascándose febrilmente con las manos y contra el anjeo de su estrecha morada.

—Qué demonios son estos invisibles animalejos que pican tan duro? indagó ante todo el viejo.

— Ah! esos son cuescas, dotor; “quemadores”, que lla- man puaquí, respondió el otro.

—¿Y esto? preguntó de nuevo don Fortunato, que con el auxilio de la vela había cazado al fin un diminu- to insecto negro.

—Eso? Eso es un gorgojo del maíz. Pero no pica.

—No pica, pero se pasea, que es peor, casi rugió don Fortunato, impaciente ya de veras. A ver, dáme el aguardiente y componé la cama mientras me fricciono.

Con lo que restaba indemne de la franela limpió el Juez de Rivera-nuevo el tórax, se regó después generosamente piernas y brazos con el mismo aguardiente, con

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la utópica esperanza de que aquellos ”quemadores” fueran abstenios y se retiraran ofendidos al olor del "miche”; metió los pies entre las mangas del saco y se los envolvió con cuidado, para evitar nuevas depredaciones en los callos y con cristiana conformidad, resuelto a que se lo chuparan todas las cuescas habidas y por haber, ordenó:

—Apaga, a ver si duermo siquiera una hora!

III

Eso, a mucho conceder, habría hilvanado, cuando las voces apuradas de Leoncio le hicieron abrir los ojos:

—Dotor, dotor, párese que son las cuatro y hay que madrugar. La cuesta es larga y malucona.

—Todo sea por Dios y por Antonino, exclamó Dn. Fortunato poniéndose de pie con heroico esfuerzo.

Con un café clarete y “silbadito“ por todo desayuno, salieron ya aclarando de la recomendable posada, para iniciar la subida hacia “el páramo”, que era, según versiones, la más brava de las etapas.

La mañana se presentaba húmeda y obscura. Una finísima llovizna caía oblicuamente, aventada desde el páramo por brisa tenaz y costante. La mole gigantesca de la montaña se alzaba hosca y ceñuda por el sur, tocados sus más elevados picos con un capuchón de niebla pesada y renegrida. A intervalos retumbaba uno que otro trueno, con fragor opaco de artillería lejana. El camino, resbaladizo y angosto, trepaba por aquellas laderas en grandes zig zags, a trechos embovedado por ramasones tupidas y cargadas de rocío. Las bestias avanzaban lentamente, deteniéndose cada ciento o más metros para respirar y reunir fuerzas.

Habrían andado un par de leguas cuando notó Dn. Fortunato que su “galápago” se deslizaba peligrosamente hacia la cola del caballo. Desmontóse con presteza, pero apenas pisó tierra le dió un tremendo vuelco el corazón: recordó los resabios del “Uribe” y con terror vió que Leoncio y la carguera se habían perdido de vis-

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ta, cerro arriba. Compuso como pudo los escurridizos aperos, mas al tratar de introducir el pie en el estribo, el marrullero cuadrúpedo dio principio a una serie de vueltas y zafadas que lo colocaban siempre a distancia del jinete. De nada le valió sobarle cariñosamente la ca- beza y hablarle con ternura suficiente:

—Quieto, quieto, “Uribito", quieto......!

El animal no atendía a razones sentimentales. Lo condujo entonces al lado de una gran piedra, para ver de acaballarse por el costado derecho. El picaro bucéfa- lo esperó hasta que don Fortunato dió un brinco que le hubiera envidiado el mejor acróbata, para salir de estampía .....y el severo magistrado rovirense flotó un instante en el aire, cayó luego como un bulto sobre el sendero y quedo allí grotescamente boca abajo, mientras el "Uribe” corría cuesta adelante, en pos de la muía amiga y camarada......

Subía ya el desventurado, hecho una lástima de ba- rro y moviendo dificultosamente las piernas, pues llevaba no menos de una arroba de greda adherida a las suelas de sus botines, cuando el asistente, alarmado por la presencia del caballo sin dueño, bajaba con aquél de cabestro, en busca del amo y temeroso de oir sus gemidos en el fondo de un barranco.

— Pe .. pe .. ga...le un tiro a e ...se .. bruto! alcanzó a pronunciar el señor de Ordóñez y Morales, respirando ansiosamente por la boca, como que las fosas nasales le eran insuficientes para suplir de aire sus pulmones, congestionados por la fatiga y la cólera.

Al ponerse de nuevo a la vera de la carga tuvo don Fortunato otra contrariedad. El infeliz araguato, vuelto un ovillo, con los ojos de par en par y arriscados los labios hasta dejar ai viento toda su menuda dentadura, daba tumbos y más tumbos dentro la jaula, al menor movimiento de la asémila. .

—Mirá a ver qué le pasa a ese mico! dispuso don Fortunato.

—Nada, dotor, repuso Leoncio, al examinar de cer-

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ca el caso, que se murió emparamado nada más! —Claro, exclamó el doctor, nada de comentario necrológico: muerto de hambre ayer, trasnochado anoche y sin desayuno y sin abrigo hoy, tenía que pasar a mejor vida. Bueno, al fin y al cabo dejó de pasar trabajos!

Y en su acento había, sin duda, un leve matiz de irrefrenable envidia!

—Tiralo con jaula y todo por el primer rodadero que encontrés, terminó como parte final de la fúnebre oración.

Poco a poco coronaron el “Alto”, donde, cortado en el filo mismo de la imponente cordillera, se abría un estrecho boquerón, adornado con miles de cruces de bejuco, de chamizas, tejidas con hojas de helecho, que testimoniaban el fervor con que daban gracias al cielo los viajeros que arribaban allí salvos y completos. Un “ventarrón” friísimo se colaba por aquella puerta, con tétricos silbidos, procedente del mar ¡límite de niebla gris que se divisaba al lado opuesto.

Dn. Fortunato y su sirviente se ajustaron los sombreros para atacar el mal paso, pero......justamente, en pleno boquerón y sobre un “provocativo” charquito de agua sucia, se detuvo bruscamente el “Uribe”, obligado por una de esas necesidades que no admiten plazo ni reemplazo.

—Era lo queme faltaba,prorrumpió don Fortunato, lanzando enormes chorros de vapor por boca y nariz....... Y al despegar los labios, un repleto puñado de agudísimos cristalitos de hielo le lastimó dolorosamente la lengua, las encías y el paladar!

Sesenta días, en vez de quince, permaneció Dn. Fortunato Ordóñez y Morales en la capital de Santandtr, junto a su pimpollo, el heredero de la Magistratura. No se resolvía, por ninguna consideración, a repasar aquel camino de cabras, inhóspite y cruel, trazado por los conquistadores, decía, para poner a prueba las energías de la raza y capaz de desinflarle el ánimo a cualquier aburrido de la vida.

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Sometió a su propio estudio el proyecto de renunciar el cargo y enviar por la consorte adorable, pero el tal no resistió el primer debate. Pensó luego en bajar por Barranquilla a Maracaibo y dar la vuelta por Cúcuta. para retornar a Rovira nuevo por una vía exenta de páramos, pías, cuescas, “uribes” y encargo. Y tampoco. Hizo y deshizo otros planes, ideó diferentes soluciones, pero el remedio de su tribulación no aparecía en ninguna.

Al cabo, urgido, conmovido y convencido por los insistentes telegramas de doña Juanita Estefanía, del Concejo Municipal y dominado por la nostalgia de su pueblo querido, como General que se decide a librar en malas condiciones la batalla definitiva de la guerra, llamo una tarde al ordenanza y, una a una. grave y solemnemente, emitió las siguientes memorables palabras:

—Leoncio: traé las bestias y arreglálo todo, porque mañana nos vamos !!!

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