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CUSTODIA LA "ODONTÓLOGA".


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

CUSTODIA LA "ODONTÓLOGA".

En el cruce de la calle 4a., con la avenida 8a., en pleno barrio de El Callejón", vivió durante muchos años, quizás si toda su vida, Custodia Zerpa. Era mujer robusta, laboriosa, clásicamente cucuteña por el lenguaje el vestido y los modales y había descubierto la forma decorosa de aumentar sus flacas entradas con el ejercicio de una profesión en que rara vez trabajan las mujeres: la dentistería:

Aclaremos: Custodia no era "dentista", como ella misma lo decía; no pasaba de sacar muelas. Practicaba esa rama de la ciencia odontológica con el auxilio de un par de viejas y oxidadas dentuzas, una de las cuales carecía de media pierna y respaldada por la potencia de unos molledos duros y pecosos, ante cuya fuerza de tracción no había muela que resistiera dos tirones, así tuviera más patas que una araña.

Colocaba la víctima de cara al sol, para que tuviera que conservar cerrados los ojos, sobre un rústico y resistente taburete, sacaba de un cajón el instrumento fatal; agarraba la pieza como mejor pudiera y colocando la apelmazada mano izquierda sobre el pecho del ya espantado paciente, cerca de la "hoyita", como para poder ahogar sus gritos con leve presión, y principiaba a re-

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moverla, tal como se hace al tratar de aflojar un clavo bien enterrado, hasta que de un tironazo brutal la arrancaba de cuajo. En ocasiones se venía con la muela un pedazo de encía, pero tan nimio detalle en nada afectaba el buen éxito de la operación, ni el pago de honorados, los que la compasiva doctora cobraba a razón de veinte centavos por extracción.

La clientela mayor de Custodia la formaban muchachos y muchachas pobres del barrio y esto explica el recio temple de la raza callejonera ante la adversidad y los dolores; pero con frecuencia acudían también a "la clínica" algunos hombres y mujeres que, desesperados y enloquecidos marchaban hacia aquella especie de patíbulo, resueltos a todo!

No todo eran triunfos y sonrisas en la carrera profesional de la Zerpa. De vez en cuando le amargaban sus glorias incidentes desagradables que la obligaban a pegarse "chupones de sebo" en las sienes, para atacar el dolor de cabeza. Cuando no era un hombre que a raíz de la "ejecución" y entre buche y buche de sangre, le decía: "Cará… pero usted sí es bestia, ña Custodia", resultaba que otro se iba sin pagar o le pasaba una "cocobola", para recibir "las vueltas" en tres legítimas moneditas de a real.

—Condenaos desagradecíos ...... rezongaba mientras derretía en una cuchara vieja la grasa para el remedio, Un caluroso mediodía se presentó en "el gabinete", una mujer con todas las trazas de vendedora. Llevaba a remolque un zagalón de doce o catorce años, el cual exhibía un cachete templado y rubicundo y gritaba y pataleaba como un endemoniado.

Ai le traigo a este arrastrao que ya no me deja vida con el dolor de muelas, explicó a la dentista. Vea a ver cuál es la que tiene podría y se la saca.

Entre las dos y tras hartos sudores y resoplidos lograron amarrar el rebelde muchacho al "banquillo" y la madre se situó a la espalda, a fin de impedirle todo movimiento con los brazos.

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Custodia procedió a abrirle la boca por la fuerza, mas cuando el chico sintió que un dedo carnoso y salado le hurgaba por las inmediaciones de la zona adolorida, cerró sobre el intruso los dientes, que por cierto los tenía muy sanos y cortantes, y apretó, apretó, apretó hasta que no pudo más.

La doctora lanzó un grito y en respuesta a la inesperada "caricia" largó al paciente una tremenda bofetada que le espaturró el voluminoso flemón de que el pobre chico padecía.

Ver aquello su progenitora y saltar como una tigre sobre la Zerpa, todo fue cuestión relámpago.

—¿Por qué me trata así al chino? demandó indignada.

Ajá, contestó la otra, mostrando el índice sangrante; atishe cómo me puso el dedo!

—Mas que sea. A m'hijo no me le pega ninguna mondongona!

Más mondongona serás tú!!

Vocablo va y palabrota viene, aquellas dos tintoreras se fueron a las manos y mientras la enfurecida visitante hacía surcos con las uñas en la cara de su adversaria, ésta le partía en la cabeza una palangana de barro.

En resumen. que si los vecinos no intervienen, sabe Dios en qué hubiera parado la reyerta.

El recuerdo de Custodia Zerpa se conserva fresco en la memoria de quienes la conocieron y trataron. Muchos reviven con cariño sus favores. No pocos sienten, sinembargo, sienten que los toca "la muerte chiquita" cuando se acuerdan de aquel par de terroríficas dentuzas, mohosas, torcidas, inclementes.

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