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CON DIOS NO SE JUEGA.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945.

CON DIOS NO SE JUEGA.

La abuelita solía contar el suceso cada vez que se le presentaba la ocasión. Por lo visto le había causado tan seria impresión, que no sólo no podía olvidarlo, si- no que lo relataba a menudo para ejemplo y tema de meditación de los oyentes. "Yo lo conocí, decía con temblor en la voz; era un individuo alto, magro, "locho" y de fisonomía amarga y repugnante. Tuvo el disgusto con el Párroco y una mañana disparo sobre éste dos tiros de su revólver. Seis meses después y tras sufrir largos y rebeldes dolores, exhibía el brazo derecho seco, como un "bejuco cadeno", retorcido y espantoso".

Como ésta, conocemos muchas otras histerias, bastante divulgadas. La que damos a continuación la creemos inédita.

Don Gabriel Pérez vivía aquí en Cúcuta, pocos años antes del terremoto, en una casa situada metros más, metros menos, donde se levanta hoy el teatro "Guzmán Berti". Era persona honorable y generalmente estimada y sostenía con el producto de su trabajo constante un hogar que merecía el título de modelo por el afecto y consideraciones mutuas que en él reinaban y el cual se componía de su esposa y tres hijos, Medardo, Néstor y Dolores. Como el primero, Medardo, a quien muchos de ustedes, amables lectores, conocieron, don Gabriel ejercía

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múltiples oficios: era fotógrafo, "polvorero'', grabador en mármol, pintor, relojero, calígrafo y otras tantas cosas más, aunque sobresalía en la pirotecnia y la fotografía, por entonces gateandito entre nosotros.

Se acercaban las fiestas de julio del año 187......y la Junta nombrada para organizarlas, se proponía hacer hasta milagros, si eran necesarios, para que la temporada dejara tamañitas a todas las anteriores y se recordara por los siglos de los siglos entre la gente alegre y derrochadora. El resultado no causaba serios dolores de cabeza en aquel tiempo, cuando para el más flaco de los comerciantes en pequeño del mercado dar 50 de contribución o cuota, no venía a ser cosa extraordinaria ni gracia que diera qué hablar. No hay pues, por qué asombrarse cuando se sepa que la QUEMA del 24, encargada a don Gabriel, fuera contratada por la suma de $ 5.000 y que el afortunado artesano pusiera en la ejecución de la obra sus cinco sentidos completos y el común de ñapa.

Hombre cumplidor y precavido, don Gabriel terminó con bastante anticipación su admirable y peligroso trabajo y, mientras llegaba la noche de volver ruido y humo toda aquella maravilla, guardaba en una pieza de su casa "castillos", "arbolitos", barcos rodantes luminosos, enormes atadas de "requintos", cohetones, cuartos, recámaras, busca niguas, globos y triquitraques, manteniendo sobre aquel volcán la más severa y continua vigilancia, a fin de evitar su contacto con la menor chispita del fogón hogareño.

Días antes de las fiestas se presentaron en el taller de don Gabriel dos agentes de la masonería, en esos días no existía la sociedad serena de ahora sino una especie de institución ravacholista, furibunda en sus campañas y francamente anticatólica. Llevaban cincuenta recipientes, de esos muy íntimos y que se usan de noche casi siempre, para que en el fondo de cada uno de ellos les fijara don Gabriel el retrato de S. S. Pío IX, trabajo que ofrecían pagar a $ 3 cada aludido coroto.

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El buen hombre vió los ciento cincuenta fuertes como ciento cincuenta soles de verano Pero timorato y creyente sincero ante todo, consultó el caso con uno de sus íntimos amigos, quien le respondió:

Hombre, Gabriel; dentro de unos días vas a ganarte, líquidos y saneados más de mil fuertes. ¿Qué halago pueden tener para tí esos ciento y pico más? Y sobre todo, recuerda ésto: con Dios no se juega, con Dios no se juega!

El artista de la luz estuvo vacilando unos días. La tentación fue, empero, más fuerte que sus temores, y ¡qué diablos! aquello, se dijo, no figuraba entre los pecados mortales. Con una confesión saldría del paso.

Y ejecutó el sacrílego trabajo. A las 11 de la mañana, poco más o menos, una semana después, un aerolito, de esos que la gente denominaba entonces "bolas de fuego", cayó como un obús sobre la casa de don Gabriel; abrió un tremendo boquete en la pared y penetró en la supervigilada pieza de la QUEMA! ¡¡Purrupumpún!! Una explosión terrorífica conmovió toda la manzana. Llamas enormes se alzaron iracundas. Voló en pedazos el tramo íntegro de la casa... y gracias a quién sabe qué santo, pudo el señor Pérez salvar sus hijos, no sin que se le quemaran totalmente sus patriarcales, luengas barbas y sufriera crueles heridas en el cuerpo. Todo su esfuerzo, su obra magna se perdió. Perdió sus muebles. Perdió su techo y sus ropas. Y perdió, lo peor su tranquilidad de conciencia!

Coincidencia, dirán los "avanzados". Castigo! decimos nosotros. Porque mis amigos, con Dios no se juega!.

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