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CARMEN, LA SUTE.


CÚCUTA DE OTROS DÍAS.
Por Carlos Luís Jácome «Charles Jackson». Imprenta Departamental Cúcuta 1945

CARMEN, LA SUTE.

Era una viejecita magra y de pequeña alzada", viva de genio, arrugada como una naranja seca, tan agria de cara como dulce de corazón y amable y servicial, como una hermana de la caridad. Vestía siempre a la moda del terremoto: numerosas piezas interiores, de cintura para abajo, aplanchadas con esmero; amplias enaguas de "purciana", largas hasta cubrir el tobillo y sujetas al talle por recios cordones y entre copiosos pliegues; alpargatas de "fique", amarradas sobre el empeine con "ataderos" negros de hiladilla; el busto apenas cubierto porfina túnica con bordados, sobre la cual se cruzaba un gran pañuelo blanco, de seda los domingos y fiestas de guardar y de hilo entre semana; al aire los brazos que parecían hechos de bejuco retorcido, y en la cabeza el típico sombrerito de jipa, de copa chata y ala escasa. El par de zarcillos de oro de complicada ornamentación, jamás le faltó, como tampoco la cadena del mismo metal, pendiente del cuello, flácido y ajado, con la inevitable crucecilla de plata, mina de indulgencias, bendita por el propio Nos Ignacio Antonio, antes de salir por Girón hacia el exilio.

La sute Carmen fue el correo de encomiendas entre Cúcuta y Pamplona, hasta que el progreso, trepado sobre cuatro ruedas, le quitó el negocio.

Semanalmente hacía, un viaje de ida y vuelta, a pie

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y con su maleta de encargos o arriando una renga, que fletaba con todo y resabios por cualquier cosa, si la abundancia de bojotes" daba para el gasto.

Carmen era amiga de todos y de todas, pamploneses y cucuteños; pero no amiga así no más ni más' era íntima de todas las familias y personajes de todas las casas, donde entraba a cualquier hora y anunciándose a voces desde la calle, sin que se le diera un pite perros y porteros, lutos o fiestas. Para ella no se hizo nunca el "dígale que no estoy". Francota e ingenua, jamás sufrió el desencanto de una fría acogida, por que no sólo era útil, por las cuatro puntas, sino buenaza, noble y sana de cuerpo y de ánimo.

Afirmaba con énfasis que era hija natural del General Mosquera, el adusto viejo que, hecho bronce, se perpetuó en el capitolio, y sostuvo no pocas disputas por esa ponderable paternidad:

-Ala, Carmen, ¿deveras sos hija de "masca chochas?,le preguntaban para abrirle el pico.

¡Mascachochas el tuyo! Y si lo quieres creer bueno, como si nó, no me importa!

Pero ....

No, no; dejá la vaina. Yo sé quien me engendró y se acabó el cuento!

Cartas, ropas, ramas medicinales, flores, dulces, colaciones, dinero, viajaban al cuidado de Carmen, más seguros que en las valijas del Nacional y sin riesgo de pérdidas o averías, porque cumplía con su cometido, de bola a bola, o, mejor, de mano a mano, sin interferencia de estampillaje, apartados, buzones, repartidores. Encargo que recibía aquí, lo entregaba élla allá o viceversa, con su correspondiente misiva y una "razón" de ñapa.

Pero aparte de las cosas tangibles o palpables que trasportaba, Carmen venía a ser en cada viaje un escaparate abundante de secretos y confidencias:

—Viejita querida, le decía la inquieta temperadora que remozaba sus formas en la ciudad episcopal, llevámete estos claveles a aquél.....

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—Hum, mi hija ora si me fregátes.

--Cómo me cargo yo ese estorbo para que llegue bien!

—Vos lo sabes hacer. No me digas que nó....

Y la abuela se echaba al brazo, durante los dos días de camino, aquel manojo perfumado, que "Tildaba'', como luego decía, en cuanto chorro cruzaba para entregar frescas y aromadas, las flores del amor.

Carmen, alita, fe rogaba otra, vigiáme a Fulano y me contás que hace ora que está solo, echándolas de soltero, Mira que no voy a vivir aguardándote.

--Carmen, por Dios; conseguíme allá en Pamplona, una migajita de cera de las q' ai al pie del Señor del Humilladero. Vos sabes que pegando con eso el retrato mío al de él, no se me va nunca con otra!

—Ora, pues, ala; ¿vos creés en esas chorizadas? se atrevía a inquirir, aun cuando siempre raspaba el pegote y lo traía a la temerosa enamorada.

Entre las amistades preferidas sostenía Carmen la del general Ramón González Valencia y su esposa doña Antoñita, cuya casa jamás dejaba de visitar en Pamplona ya por verlos y saludarlos, nada más, ya, en muchas ocasiones, por gustar el riquísimo chocolate con queso y mantecadas, con que la gentil y honorabilísima pareja la regalaba. Carmen campeaba en aquel culto hogar, como pariente o allegada tal el afecto y la confianza que le dispensaban.

Electo don Ramón Presidente de la República en1910, hubo de llevarse su familia a la capital a ocupar con los plenos derechos que le confirió el pueblo y que le dieron sus inigualables condiciones de rectitud, honradez y benevolencia, el Palacio de la Carrera, Carmen se sintió poco menos que huérfana. Sus viajes a Pamplona perdieron un alto porcentaje de atractivos. Conoció a los setenta, la nostalgia y aún probó los síntomas de la neura.

Medio año corto llevaría el general González de actuar como auriga en el pescante del carro nacional, cuan-

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do Carmen resolvió hacer la primera visita a sus ilustres amigos. Adquirió de segunda mano una ruana gruesa y pesada, como un secreto vergonzoso; arregló algo de ropas en un maletón, en el que encerró además, los obsequios de cajón y, agregada al correo, que viajaba entonces con nutrida escolta del ejército, para custodia de los valores que portaba, emprendió camino de la capital, alegre y confiada como la ciudad de Benavente.

Mucho tuvo que recorrer y preguntar en Bogotá antes de acercarse a Palacio, cuando casualmente a pocos "pasos de éste y ya con sus pocas pulgas alborotadas, tropezó con un agente:

Oiga, amigo, lo saludó; usté debe saber onde es que asiste por aquí Ramón .....

—¿Qué Ramón, ah?

--Pues Ramón, ah caray! el que está ahora empleado de Presidente!

--¿El general González? repreguntó el chapo!, como con ganas de ponerle la mano a aquella vieja, que consideraba medio ida de la parte de arriba.

—El mismo.

— ¿Y quiere usté ver a su excelencia así como anda?

--y entonces cómo, pues! Ora, no faltaba más!

Dígame ond es y lo demás no le importe, no sea sopas!

La gorda fue la que armó luego, cuando ya a la puerta de la casa presidencial, la echó a la espalda el centinela. Lo poco de Mosquera y lo mucho de santandereana que portaba en las venas nuestra conocida, se le encaramaron a la cabeza y a grito entero se encaró con el soldado:

Qué! ¿ique patrás yo? Y esa vaina, Es que por-que no traigo crinolinas y perendengues no puedo ver a Ramón y a Antoñita! Vaya dígales que aquí está Carmen, pa que vea! Ande, ligero, que ya estoy jarta de tanta bolera! Ande!

El oficial de servicio, un poco para divertirse y otro poco para disolver el grupo de curiosos que se habían reunido a reirse de la "loca", la hizo pasar al patio.

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Desde allí alcanzó a ver al general González, que al es-cándalo se asomaba a un balean interior, y ¡allá va el resto!

—Ala, Ramón, aquí estoy yo. Decíle a este montón de adulantes que me dejen pasar. He caminado veinte días pa venir a tarme con Ud. una semana y estos lambones quesque no permiten entrar...

Carmen subió. Y ante el asombro de la guardia entera fue recibida con abrazos y mimos, con esa sencillez y aquella bonhomía únicas que caracterizaron al patriarca de Iscalá.

Ocho días después se despidió oronda y satisfecha y regresó a sus tierras de Santander, a continuar su trajín de lanzadera entre Cúcuta y Pamplona y a fulminar con miradas plenas de reproches, los pocos autos y camiones que iniciaban, audaces, la fatal competencia.

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