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POBLACIÓN E INDUSTRIAS DE LOS INDIOS MOTILONES
Tomado del libro DEL ANTIGUO CÚCUTA de Luís Febres Cordero F.

Población e Industrias

La dilatada comarca bañada por los ríos Tarra, Sardinata, Zulia, Catatumbo, Pamplonita y Táchira, ocupaba los reales de la numerosa tribu de los Motilones, que se distinguió al advenimiento de los conquistadores por el temerario arrojo y porfiada resistencia con que defendieron sus antiguos lares de la irrupción extranjera. En este acogimiento altivo y enérgico que a los castellanos hicieron los Motilones, se descubre la cualidad más saliente de su fisonomía etnológica: un inapeable espíritu de agresión, acompañado de extraordinaria audacia y fiereza, de que también hacían derroche en sus frecuentes guerras con las tribus vecinas. Para defender con tan heroico ahínco el suelo que habitaban, se necesita un concepto algo elevado del amor al solar nativo, y la tribu de los Motilones mostrase ufana en exhibirlo en sus peleas y acometimientos, acaso inspirado por la disciplina de sus ritos, o por la agradecida memoria con que miraban las proezas y hazañas de sus antiguos capitanes.

Por mucho tiempo fueron estas comarcas objeto preferido del asalto de nuestros aborígenes: y tan repetidos eran, que no pocas veces el agricultor abandonaba su heredad, queriendo perder el fruto de su ímproba faena, antes que soportar el sañudo ataque de la tribu destructora. Favorecían a ésta el número y su obstinación en el combatir, su astucia en el guerrear y el odio a la raza dominadora, transmitido de generación en generación, como una consigna de su blasón histórico. Mas no se crea que el campo de sus excursiones estuviese circunscrito al territorio que hoy forma la Provincia de Cúcuta; era por el contrario muy extenso y lo hacía aún más el ensanche de sus conquistas y empresas bélicas: desde estos valles que entonces regaba nuestro río con el nombre indígena de Cúcuta, hasta los confines con los Carates y los Guajiros, hasta el corazón de las selvas donde el Catatumbo derrocha el estrépito de su corriente, hasta las risueñas orillas donde contempló el tranquilo Coquivacoa sus gráciles piraguas, hasta allí y aún más se extendía esa nación temible y opulenta en bizarría y denuedo.

«Extiéndase tanto esta numerosa nación —dice un escrito antiguo— que ocupa un vasto territorio de más de trescientas. leguas de circunferencia: estos bárbaros hacen sus ordinarias correrías contra los Blancos, o Españoles, ya hacia la villa de Ocaña, en la Provincia de Santa Marta o Cartagena, y ya en las inmediaciones de Barinas, villas de San Cristóbal y La Grita, de la Provincia de Maracaibo, haciendo las hostilidades que son notorias en esta última Provincia en las haciendas de cacao de Gibraltar y valles de Santa Maria y otros, con muerte de muchos esclavos trabajadores, tanto, que por no poder los amos reponerlos para el cultivo de sus haciendas, se hallan ochenta y tres de éstas abandonadas en sólo los valles de Gibraltar, Santa María y Río Chama. Es esta Nación tan fiera e implacable contra los Españoles, que lo mismo es verlos, que disparar contra ellos una infinidad de flechas, como varias veces se ha visto en diferentes comerciantes, que de la villa de Cúcuta, del Gobierno de Santa Fe de Bogotá, bajaban sus cacaos por el río Zulia a la laguna de Maracaibo».

Primitivamente parece haber tenido esta tribu el nombre de Patajemenos, u otro tal vez, no conservado por los historiadores de la conquista. El vocablo Motilón, de pura cepa castellana, que se aplica a los que se rapan la cabeza, ha sustituido fácilmente a la antigua denominación que tuvieran, quizás porque en esta voz genérica quisieron los misioneros agrupar con precisión los numerosos núcleos indígenas de la comarca, que si no del todo afines por su carácter, dialectos, ritos o costumbres, conservarían no obstante algún rasgo etnogénico común, diferenciándose unos de otros con diversos apellidos, según fuera el de la localidad que habitaban o el del Cacique a que obedecían Es, por otra parte, curioso el origen de esta designación:

«Los Caribes que habitan las serranías de Ocaña, son llamados Motilones. Estos fueron conquistados en los principios, y poblados en los llanos que llaman de La Cruz y estuvieron sujetos a doctrina; pero habiendo entrado luego una general epidemia de viruelas en Ocaña, acudían temerosos a su Cura, y éste los preparaba haciéndoles tomar baños y bebidas frescas para que moderada su naturaleza cálida hiciesen las viruelas menos efecto en ellos, y últimamente les hizo quitar el pelo, para mayor desahogo de la cabeza. No bastaron estas preparaciones, para que ellos se asegurasen, y cautelosamente trataron de fuga. Hiciéronla todos una noche, llevándose al monte violentamente al Cura, con sus ornamentos y demás alhajas, dejando desierto el pueblo. Seis meses estuvieron fugitivos, enviando sus exploradores de tiempo en tiempo a saber el estado de la epidemia, y luego que se aseguraron de estar acabada, volvieron a La Cruz y trajeron a su Cura. Los vecinos que veían pelados a los exploradores, y después a los indios empezaron a llamarlos Motilones. El Cura que no había retirándose de muy buena gana, tuvo alguna desconfianza en la perseverancia de sus feligreses, y sólo asistía entre ellos a lo preciso, y así no se halló en el pueblo en otra epidemia que hubo pocos años después: de cuya ida al monte no volvieron más los indios a La Cruz, quedándose alzados en la montaña. De esta raza proceden los Motilones, y de este acaso se formó la etimología de su apelativo, que así es la tradición, y por el mismo hecho se conoce la verosimilitud que tiene, no porque permanezcan pelados, sino porque lo estuvieron con aquel motivo sus primeros ascendientes. » (a) De la obra Flore»ta de la santa Iglesia Catedral de la ciudad de santa Marta, por el Alférez José Nicolás» de la Ro»». 1756. cit. por don Jorge Isaac» en sus “Estudio» sobre los indígenas del Magdalena”.

Como en la mayor parte de las tribus, en la de los Motilones encontraron los conquistadores cierto grado de civilización, que aunque pobre y mezquino, resulta un tanto adelantado en relación con las demás tribus del Nuevo Reino. Sin duda alguna, la tribu habitadora de esta comarca recibió su escasa cultura de los Chitareros, que habitaban las serranías de Pamplona, a quienes a su turno había sido trasmitida por la vecindad reflectora del poderoso Imperio de los Chibchas. Fray Pedro Aguado refiere de los Chitareros: «Es toda la gente de mediano cuerpo, bien ajustados y de color como los demás indios; vístense de mantas como los del Reino, aunque viven los más por valles que declinan más a calientes que fríos; la gente pobre y que no hacían por oro con tener en su tierra muchas minas y buenas que después los españoles descubrieron, de donde se ha sacado gran número de pesos de oro; los rescates de que estos indios usan es algodón y bijá que es una semilla, de unos árboles como granados, de la cual hacen un betún que parece almagre o bermellón, con que se pintan los cuerpos y las mantas que traen vestidas; los mantenimientos que tienen son maíz y panizo, yuca, batatas, raíces de apio, fresoles, curíes —que son unos animalejos como muy grandes ratones— venados y conejos; las frutas son curas, guayabas, piñas, caimitos, uvas silvestres como las de España, guamas —que es una fruta larga así como cañafístula— palmitos y miel de abejas criada en árboles; las aves son pauries, que son unas aves del tamaño de pavas de España; hay también pavas de la tierra, que son poco menores que los apunes, papagayos, guacamayas de la suerte de papagayos».

Es acertado creer que los Motilones tenían los mismos alimentos y cultivaban los mismos frutos, algunas plantas textiles como el fique, y además el cacao, cuyo uso no era desconocido a la tribu de los Cúcutas. Ni tampoco lo sería la apicultura, o mejor dicho, el suavísimo producto que en el panal refinan las laboriosas abejas, pues para nuestros aborígenes no era un arte el cultivo de aquellas, sino que encontraban, cuidaban y comían la miel a la ventura, en la misma primitiva forma en que lo hacía el asceta bíblico en los desiertos del Jordán. Este era su dulce, y debía de ser vianda regalada y deliciosa ofrecida en jícaras de honor a los caciques en sus días de fiestas y jaleos.

En las cercanías de San Cristóbal encontró el capitán Juan Maldonado un pueblo de indios que llamaron de las Auyamas, en obsequio a los frutos de que más se revestían sus siembras. Al río Zulia lo denominaron los soldados de Alonso Pérez río de las Batatas, por ser algunas de sus márgenes abundantes en este tubérculo.

Muchas poblaciones y bien aprovisionadas, de que no poco se sorprendieron los españoles, había en estos contornos, cuyos habitantes no siempre les fueron hostiles. Diez leguas al N. O. del valle de Cúcuta, los soldados de Tolosa «pretendiendo aliviarse del hambre en una aldea que encontraron de hasta seis casas, llegando a ellas las defendieron sus moradores, aunque pocos, tan valerosamente, que no les fue a los nuestros posible entrarlas, por la mucha flaqueza con que ya venían. Viendo esta resistencia, dejaron la porfía de entrar en estos bohíos y se volvieron a otro que estaba algo apartado y bien proveído de maíz, carne de puerco asada en barbacoa y algunas raíces, que debiera de ser almacén de la comunidad. Aquí fueron llegando algunos soldados, deslizándose sin orden de la pelea que traían con los indios, porque el hambre no les daba lugar a reparar en los inconvenientes y daños que se les podían seguir en estar divididos y sin concierto de guerra; los indios, que se hallaban con más bríos en ver que no los habían podido desbaratar los Españoles, ni entrar sus casas, viendo el desorden con que aquellos llegaban a aquella donde tenían sus comidas, que era lo que más les importaba, desamparando el pueblo llegaron a dar sobre los soldados que hallaron encarnizados en el pillaje del bohío, con tanta furia que al primer encuentro mataron dos e hirieron otros.

Sus construcciones eran todas rudimentarias, las primeras en que se amparó el hombre salvaje, estacas sembradas en forma cuadrangular, sobre que se ponía un techo cubierto de paja. En el valle de Cúcuta había algunos de estos bohíos, y en Chinácota hallaron los soldados de Pedro de Ursúa «un pueblo de más de setecientas casas de naturales» lo que indica cierto adelanto en la vida social.

En cuanto a artes conocían la cerámica, la tejeduría, la tintorería de telas burdas y la construcción de canoas y piraguas.

En San Luís de Cúcuta, asiento verdadero de la tribu de los Cúcutas, se han descubierto restos de cerámica y argollas de oro. En el partido de «El Rosario» (jurisdicción de Gramalote), diversos objetos de barro, de fabricación indígena. En la región de la Petrólea, al occidente de Puerto Villamizar, notable por las ricas fuentes de aceite míneral que explota allí el señor Virgilio Barco, se han adquirido algunos utensilios de piedra, como hachas pequeñas, destinadas a usos domésticos, y un poco más grandes, como apropiadas para el corte de árboles.

En materia de armas usaban las tradicionales flechas, entre las cuales se distinguían como muy mortíferas las de los Chinatos, habitadores de la comarca de San Faustino. «Las flechas que han usado dichos indios —dice una antigua relación— han sido untadas con hierba tan venenosa, que en llegando a hacer un rasguño con sangre, morían (los atacados) rabiando, sin que tuvieran remedio, ni se hubiese hallado para la dicha hierba».

Las tribus que moraban hacia los confines de Ocaña tejían también el algodón, como los Chitareros, con relativa habilidad: «A más de los cuerpos (momias) se hallan mantas y colchas de cama, tejidas de algodón, enteras y sin lesión alguna, aptas todavía al servicio. De éstas había una en cierta casa de Ocaña». 2 El notable escritor coterráneo don Carlos Jácome, en una bellísima tradición de nuestros antiguos lares, no desapreciada en las crónicas nativas —refiriendo el viaje del Cacique Gualmaral a los dominios del indio Cúcuta— apunta el dato de que nuestros aborígenes navegaban el río Zulia en piraguas y canoas, navegación que aprendieron de los indios Quiriquires, una de las muchas feroces tribus que habitaban los contornos de la laguna de Maracaibo, y que tenían algún comercio social con la de los Motilones:

«Guaimaral era de origen goagiro. Hijo primogénito del famoso Mara, que tenía bajo su dominio todas las tribus que habitaban las poéticas orillas del lago de Coquibacoa, hoy Maracaibo, repugnaba a su carácter emprendedor y altivo la apacible tranquilidad de los suyos y la vida muelle y perezosa que llevaba en sus posesiones, sin empresa alguna de importancia en que pudiera dar a conocer el alto temple de su alma. Pidió y obtuvo el permiso de su padre para explorar las inmensas montañas del sur del lago y los caudalosos ríos que en él desembocan, y provisto de una piragua que hizo construir según sus órdenes, se lanzó al centro de las azules aguas, ávido de libertad y aspirando con delicia el puro ambiente de aquella hermosísima región. Navegando sin brújula y a merced del viento, dio con el delta del sereno Catatumbo que remontó sin cuidado; y después de algunos días, entró al brazo de aquel río que hoy se llama Zulia, luego que hubo devuelto la piragua y tomado una canoa que le fue facilitada por la tribu salvaje que habitaba la montaña. Esta tribu le dio informes acerca del indio Cúcuta, de su riqueza y de la belleza de sus dominios, y sin tener en cuenta las grandes penalidades del viaje, Guaimaral continuó el suyo hacia el sur, acompañado de dos de los cuatro esclavos que había traído consigo. De este modo llegó a la presencia del Cacique, quien lo recibió con agasajo.. .

He aquí los escasísimos datos que hemos podido recopilar acerca de la industria de nuestros aborígenes. Ha habido un lamentable descuido por parte de las autoridades y de nuestros antepasados en no conservar ciertos objetos, fabricados por los indios de esta comarca, que hoy figurarían con honor en cualquiera de nuestros museos. Aún hoy mismo, muy pocos se dan cuenta entre nosotros del valor histórico que presenta una vasija de barro, por ejemplo, laborada por nuestras tribus remotas: esa arcilla está amasada por la industria de nuestros prehistóricos artífices, y al mismo tiempo que representa el sudor de un pueblo cuasi-anónimo y salvaje, evoca las humildes glorias de una civilización rudimentaria, escondida en pretéritos sepulcros, pero noblemente acatada por el actual progreso de la ciencia.

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