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DICHOS DE CÚCUTA "MODISMOS CUCUTOCHES 4".

Por Carlos Humberto Africano.

DICHOS DE CÚCUTA 4.

DICHOS DE CÚCUTA (4) “Modismos cucutoches” del profesor universitario, ingeniero y escritor Carlos Humberto Africano

Personajes típicos

En Cúcuta han habido muchos personajes típicos, pero de ellos recuerdo cuatro de los tiempos cuando éramos jóvenes y bellos: Carlos Julio, la loca María, Siete Machos y Carevieja. Cada uno de los cuales vivía en y por su locura: la de Carlos Julio era la de jugador estrella del Cúcuta Deportivo; la de la loca María era la de reina de belleza; la de Siete Machos era la de abogado; y la de Carevieja era la de empleado municipal. Desde luego, ni más faltaba, con la mamadera de gallo cucuteña, a cada cual se le tenía su dicho relacionado con su locura: “No canse, Carlos Julio” o “Cansa más que Carlos Julio”, “Más pintada que la loca María”, “Más rápido que Siete Machos”, “Más puntual que Carevieja”.

“NO CANSE, CARLOS JULIO”

Carlos Julio fue y será por siempre el más ferviente hincha del doblemente glorioso Cúcuta Deportivo. Se sabía de memoria la vida y milagros de todos sus jugadores, conocía todas las jugadas hechas y por hacer, conocía todos los esquemas y técnicas y por tanto se creía su jugador estrella.

Andaba siempre metido en el fútbol, vivía y comía fútbol. Por la calle siempre iba desarrollando jugadas, de modo que siempre se andaba tropezando con alguien. Llevaba entre sus pies una imaginaria “número cinco” con la cual driblaba a sus contendores, hacía gambetas, sombreritos, ochos, la bicicleta, los pasaba, se adelantaba, retrocedía, lance aquí, lance allá, quiebre de cintura, impidiéndoles el paso, hasta que la persona le decía: “No canse, Carlos Julio”. Entonces él decía: “A ver, quítemela si puede”. De modo que, “para quitárselo de encima” (de enfrente, más exactamente), había que patear su bola imaginaria, y entonces él remataba la faena diciendo: “Me la quitó, pero tuvo que fauliarme”, y se iba a buscar otro contendor.

“MÁS PINTADA QUE LA LOCA MARÍA”

María siempre quiso ser reina de belleza y sus deseos se le cumplieron. Salía todos los días al centro de la ciudad ataviada con sus mejores galas, maquillada, arreglada, zapatos de tacón alto y cartera en el brazo, siempre con la esperanza de que alguien “descubriera” sus dotes y su porte de reina de belleza. De ahí que se escucharan algunos dichos que nunca agarraron vuelo: “Más arreglada que la loca María”, “Más pintada que la loca María”.

A María algunas veces le daban sus arranques de locura. Era cuando había que huir, porque empezaba a voliar piedra y, con la mamadera de gallo cucuteña, se decía que era socia de la fábrica de vidrios Peldar, porque siempre le apuntaba a los vidrios de las vitrinas de los almacenes y no era raro que también le cayera alguna al parabrisas de uno que otro carro por ahí mal parqueado. Por lo demás, María era un personaje típico que hubiera pasado desapercibido, a no ser por su atavío y vestimenta de colorines y cara pintoreteada con exceso de colorete, porque siempre andaba con ropa limpia y completa, peinado con cinta y corbatica al frente, que debía ser obra de otras manos.

Pero un día cualquiera a María se le cumplió su sueño de ser reina de belleza. Algunos lo hicieron posible. Un grupo de cucutoches mamadores de gallo (lo cual es un pleonasmo), entre los que estaban Carlos Delgado y Carlos Cuéllar, vistieron a María con una capa, le pusieron cetro y corona y la llevaron a la Foto Eléctrica (avenida 6ª entre calles 12 y 13) de don Fermín Delgado, padre del periodista homónimo, y allí le tomaron fotos. Luego la bajaron por la avenida sexta hasta el parque Santander, donde le tomaron nuevas fotos: de ellos con la reina, de ella con un grupo de niños, y de la reina saludando y besando a la gente. Más tarde, el grupo, al que se sumaron Plutarco Vargas y Pedro Yepes Ruiz, la montaron en un camión y la pasearon por las calles céntricas de la ciudad con gran algarabía.

El reinado de María duró muchos años porque no tuvo sucesora y, para perpetuarlo, la foto de reina ocupó sitial de honor en la Foto Eléctrica, hasta cuando cerró sus puertas tras la muerte de don Fermín Delgado, su propietario.

“MÁS PUNTUAL QUE CAREVIEJA”

Todos los días llegaba a las 7 a.m. en punto al Palacio Municipal montado en su Vehículo Oficial, como rezaba la placa de su bicicleta, que parqueaba en el patio interior del edificio. De no ser porque era tan puntual, se habría podido decir que llevaba en su interior la llama del empleado oficial. Y a medias lo fue, pues era “el lustrabotas oficial del Palacio Municipal” y “el primer embolador” del alcalde de turno. Pero además, era el utilitil todero de la administración municipal: “Carevieja, lleve estos papeles para allá”, “Carevieja, tráigame unos pastelitos con gaseosa”, “A mí, unos cigarrillos”, “Carevieja, vaya a ver si están haciendo la nómina”, Carevieja para aquí, Carevieja para allá. De modo que era un empleado a medias con sueldo de nada y de todos: lo que le daban de propinas y por lustrar los zapatos de la fauna municipal.

Ah, pero a Carevieja también se le cumplió su sueño de ser empleado municipal. Bueno: si no de empleado, sí de jubilado oficial, por la gracia de Dios y del Concejo Municipal de San José de Guasimales de los valles de Cúcuta. Pues en un acto de certera justicia y reconocimiento, el Concejo expidió un Acuerdo otorgándole a Carevieja algo así como una pensión especial de gracia por los servicios prestados al municipio de Cúcuta durante N años ininterrumpidos. De modo que al fin Caravieja entró a formar parte, si no de la nómina de empleados, sí de la de jubilados del municipio de Cúcuta.

“MÁS RÁPIDO QUE SIETE MACHOS”

Quienes personalmente lo conocieron sabían que se trataba del único loco a quien por una decisión de la justicia, fue declarado cuerdo. Y no sólo eso, sino, además, el único que, sin haber dibujado jamás las letras del abecedario, fue graduado de abogado en un acto solemnemente imaginario.

(Pablo Chacón Medina, un domingo en el diario La Opinión, rememorando al “doctor” Jacinto.)

Primero ejerció en Pamplona de lotero, lustrabotas y celador nocturno, profesiones que combinaba con la de tinterillo; esto es, aún no “abogado de las ánimas”. Después se trasladó a Cúcuta donde las siguió ejerciendo junto con la de, ahora sí, “abogado de las ánimas”, como se hacía llamar, y hasta llegó a ser miembro auxiliar de la defensa civil, lo que le permitió obtener licencia para portar revólver.

Su nombre era Jacinto Hernández y su apodo, Siete Machos, le viene de su atuendo cuando era celador. Era un auténtico Sheriff del lejano oeste: botas tipo militar (él decía que vaqueras), jean de color negro con bota recogida de 10 a 15 centímetros, sujetado con correa ancha de cuero y hebilla metalizada en la que refulgían, cuidadosamente brilladas, 2 balas cruzadas entre sí, chaqueta negra, cruzada y tallada a la cintura, solapa ancha donde resplandecía la respectiva estrella de hojalata de cinco puntas sobre la que decía Sheriff, pañuelo rojo anudado al cuello y, en el cinto, un auténtico revólver “ocho y medio” de seis tiros.

Por su profesión de lotero tenía contacto con muchas personas. A cuanto abogado conocía lo llamaba “colega” y una día, algunos de ellos, entre los que se cuentan los doctores Pablo Chacón Medina, Rafael Angarita Serpa, Fabio Peñaranda y Miguel Méndez Camacho, hicieron posible el sueño de Jacinto: en una parodia que llevaron a efecto, graduaron a Jacinto Hernández de abogado, advirtiéndole al graduando que su título era el de “abogado de las ánimas” con énfasis en “derecho mortuorio”.

El día que se recibió de abogado, cambió su atuendo texano por un riguroso traje negro de paño inglés confeccionado en España, que había pertenecido a su amigo, el poeta y ex gobernador Eduardo Cote Lamus, de quien testamentariamente heredó toda su indumentaria. Dicen quienes conocieron el texto del documento que en vida firmó el poeta, que la justificación para declararlo heredero universal de todos sus trajes, camisas, corbatas y zapatos, era que ninguno de los personajes por él tratados, calzaba tanto a la medida de un poema suyo de corte exclusivamente sub-realista.

(Pablo Chacón Medina, en el mismo escrito.)

Graduado ya de “abogado de las ánimas”, mandó a imprimir sus tarjetas de presentación con este texto:

Doctor Jacinto Hernández Contreras, 
Abogado en derecho mortuorio. 
Defensas ante el Ser Supremo. 
Audiencias, rezos y novenarios. 
Enfrentamientos con Satanás. 
Triunfo absolutamente asegurado. 
Tarifas a la medida del muerto. (P.Ch. M)

Su ejercicio profesional era el de asistir a los muertos en el “Último Juicio” ante el Creador, abogando por ellos con rosarios, jaculatorias, credos y oraciones en la noche del velorio y durante las nueve noches del novenario. Seguramente él estimaba que ese tiempo era lo que duraba el juicio.

Ah, ¿pero de dónde viene el dicho: “Más rápido que Siete Machos?”. No es, como muchos pudieran pensar, por lo rápido con el revólver, como cualquier pistolero del lejano oeste. No, sus duelos eran en las salas de velorios y novenarios, a punta de rosarios. Era extremadamente rápido. Un pistolero no alcanzaba a desenfundar, cuando ya Jacinto había terminado un rosario. La primera parte del Avemaría la rezaba así: “Dios te salve, María, vientreee Jesuuús”. Y la segunda parte: “Santa María, muerteee ameeén”.

A este genial personaje, sacado de un mundo sub-realista, como lo anota el doctor Pablo Chacón Medina, desgraciadamente lo mataron unos malvados ladrones cascareros por robarle su también famoso revólver “ocho y medio”.

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