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DICHOS DE CÚCUTA "MODISMOS CUCUTOCHES 1".

Por Carlos Humberto Africano.

DICHOS DE CÚCUTA 1.

“Modismos cucutoches” del profesor universitario, ingeniero y escritor Carlos Humberto Africano Apartes de la introducción del libro “Modismos cucutoches”

VAYA (VAMOS) PARA DONDE APUNTA EL INDIO

Esta expresión nace de la imaginería y de la mamadera de gallo del cucuteño. Cuando se hizo el Terminal de Transporte, que fue el primero en Colombia (en Cúcuta se dice “El Terminal”, masculino, mientras en todas partes es “La Terminal”), también se arregló la redoma que queda al norte del Terminal, donde remata la Diagonal Santander, una de las grandes avenidas de la ciudad. Al oeste de la redoma se levantó un monumento en homenaje a la raza motilona: un gigantesco indio motilón con un gran arco y una flecha que, por su ubicación, quedó apuntando hacia el norte. Ocurre que en esa dirección y hacia las afueras de la ciudad quedaba el muy recordado y desaparecido “barrio de tolerancia” La Ínsula. De modo que con la picardía popular empezó a correr el dicho de que el indio apuntaba e indicaba con su flecha hacia donde estaban “las chicas”.

La expresión se hizo popular en ese tiempo del auge del bolívar, cuando los venezolanos invadían la ciudad los fines de semana y gastaban sin tasa ni medida sus marrones. El marrón era el viejo billete de cien bolívares. Buena parte de aquel dinero se quedaba en La Ínsula, lugar muy prestigiado en el vecino país por sus lujos y sus mujeres. De modo que los venecos llegaban como locos preguntando: “Mira chico, ¿cómo se va para donde las nenas?”. “Vaya para donde apunta el indio”, era la respuesta común. Las reacciones eran de todo tipo. Había los que, por no conocer el chiste, se enojaban y protestaban porque no trataban bien a los turistas. Los había que con mucha malicia encontraban que en la respuesta había una broma y pedían explicaciones, y también los que ya la conocían y, para hacerle la broma a sus amigos, preguntaban para oír la respuesta chistosa “vaya para donde apunta el indio, a gozársela”.

En Cúcuta, además del monumento al indio motilón, están la estatua de Cristo Rey, al sur, y la estatua de la Virgen de Fátima, al oeste, sobre columnas de más de treinta metros de altura en colinas que dominan la ciudad. Un chiste de la época sobre el tema, no apto para Carbuco: que Cristo Rey, quien tiene los brazos extendidos, le pregunta a la Virgen: “¿Mami: cómo se va para donde las guarichas?”. Y que la Virgen le contesta: “Vaya, mijo, para donde apunta el indio”.

Otro cuento de la época es que los maridos oprimidos, y perdonen el pleonasmo, hablaban en clave frente a sus cónyuges: “vamos para donde apunta el indio”, decían, creyendo que no serían pillados, como si las cucuteñas fueran tan zoquetas. El remate del cuento es que alguno de ellos contestaba con una pregunta: “¿A Santa Rosa o al charco?”, expresión que normalmente se usa cuando se ha tomado una decisión atrevida, con la cual confundían a la culebra —como también le decimos a las legítimas—, pues la expresión no tenía aquel sentido literal sino el significado en clave que entendían los varones, porque “Santa Rosa” y “El Charco” eran dos metederos de La Ínsula.

El cucuteño usa el término “metedero” como un eufemismo, con toda la malicia y suspicacia, para nombrar aquel sitio donde se va a hacer el amor pagano, (es decir: pagando). Así que expresiones como: “vamos para el metedero de la coja Delia”, “para el metedero de la sorda Esther”, “para el metedero de Esther Mantilla” (muy ponderado, por cierto), “para el metedero de la Tariáculi”, “para el metedero de la Fatal”, eran corrientes. Y después del parrandón, se iba al cenadero de la “Turra Petra”, en el camellón del cementerio, o al cenadero “Montes de Oca”, en la calle 10, o a cualquier merendero o comedero nocturno de la ciudad; o, si ya era de madrugada, a un desayunadero, mientras el carro se estaciona en un parqueadero. (Con esa costumbre que tenemos los cucutoches de acuñar palabras así.)

HAGAMOS (VAMOS A) UN SANGAPURÍ

En la Cúcuta de antes, “cuando aún se podía pescar de noche”, expresión del doctor Darío Echandía para referirse a aquellos tiempos que eran tan sanos que hasta pescar de noche se podía, era costumbre en esta ciudad el paseo con olla, al río.

Para celebrar cualquier evento familiar (bautizo, cumpleaños), se hacía el paseo a alguno de los ríos cercanos a la ciudad, ya al Pamplonita, ya al Zulia o al Peralonso, con olla incluida. Es decir, la fiesta se celebraba alrededor de la olla del sancocho santandereano. Del mismo modo, para “sacar el ratón” el día de Navidad o el 1° de enero —o ambos días—, y para rematar las fiestas navideñas o la del seis de enero —o ambas fiestas—, la gente se desplazaba a los ríos a hacer el sancocho.

Hoy esa costumbre quedó reducida a la rampuchada, que es el viaje al vecino municipio de El Zulia, o a Cornejo —corregimiento del municipio de San Cayetano, al sur de El Zulia—, a comer rampuche. De otra parte, el Pamplonita está contaminado y los ríos Zulia y Peralonso, de aguas claras que bajan de la montaña, están disminuidos y la ciudad tiene sed. Es deber urgente de los nortesantandereanos cuidarlos.

Así las cosas, con ese buen humor ancestral y con fina sutileza, a algún gracioso se le ocurrió acuñar el acróstico “SANGAPURÍ”, cuando planeaban una celebración y al no ponerse de acuerdo, soltó su iniciativa: “Hagamos un sangapurí”. “¿Y eso, qué es?”, le preguntaron. “Pues: un SAN-cocho de GA-llina con PU-tas en el RÍ-o”. Risotada y fin de la reunión.

La palabreja cundió y ahora, en cualquier reunión donde haya discusión acalorada y no se logra el acuerdo, no deja de salir alguien con la charada: “Hagamos un sangapurí”. Generalmente, el humor calma los ánimos. Pero además, la palabreja se sigue usando en el mismo sentido original, aunque con otra connotación. A cualquier fiestón o francachela, entre amigos, lo llamamos “sangapurí”.

De esa manera corriente de hablar, surge una anécdota en la UFPS. Llegó nombrado, de Bogotá, un nuevo rector. Por lo que sabíamos, era un personaje muy serio, de palabras y modales muy refinados. Todo un cachaco. Para recibirlo, se organizó una reunión social en la terraza del edificio de Enfermería. La reunión era bien amena y el nuevo rector quería conocer a todos los profesores. A un corrillo se acercó a departir y comentó lo animado de la fiesta. En una de esas salidas rápidas que tenemos los cucuteños, un profesor le dijo:

—Y ahora viene lo bueno, porque nos vamos a un sangapurí. Lo invitamos, señor rector.

—Con mucho gusto. Pero, ¿qué es un sangapurí? —preguntó el rector.

Ya lanzado al agua, el profesor se lo soltó:

—Un sancocho de gallina con putas en el río.

Y no esperó respuesta, salió como peo de bruja a perderse. El rector, prevenido, como seguramente lo estaba, comentó: “Estos cucuteños y su particular sentido del humor”.

Pero aquella noche otras habían de pasarle. Más tarde, en otro corrillo, comentó lo buena moza que era alguna profesora o secretaria, no recuerdo. Un profesor le dijo:

—Ah, sí, señor rector: ese es el segundo mejor culo de la universidad.

—¿Si? ¿Y cuál es el primero? —cometió el error de preguntar.

—El tuyo, papito —le dijo el profesor y salió a perderse.

Y faltaban más. En esa misma reunión, pasaron a saludar al rector, coincidencialmente, dos profesores. Se presentaron con sus nombres:

—Winston Churchill, señor rector —le dijo el primero.

—Adolfo Hitler, señor rector —le dijo el segundo.

Con las dos que le habían pasado, no estaba para más chistes. Así que un tanto contrariado, y en un tono un tanto severo, los reprendió:

—Déjense de bromitas, que ya está bueno de ellas.

—No son bromas, señor rector, es que nuestros nombres son esos —le dijo Adolfo, y una vez más se presentaron, mostrándole sus respectivos carnés de la Universidad, para confirmarlo: Winston Churchill Méndez Contreras, el primero; y Adolfo Hitler Ibarra Romero, el segundo.

Contagiándose del buen humor de los cucuteños, el rector les dijo:

—En ese caso, no me vayan a armar otra guerrita aquí.

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